Los pintores académicos definían las formas mediante una gradación tonal, utilizando el negro para las sombras. Los impresionistas utilizaron los colores primarios —cian, magenta y amarillo— y los complementarios —naranja, verde y violeta—y crearon las sombras a partir de la yuxtaposición de ellos, desterrando el negro de su paleta.
Estoy en el parque, sentada, almorzando. En un banco de madera, frente a mí, se acoda un hombre. Su vientre le antecede. Fuma. Es verano, lleva una camiseta gris de tirantes que le desborda las axilas. En su mano izquierda un reloj digital de caucho le suda la muñeca, con un gesto se lo despega de la piel, así lo hace, este gesto, repetidas veces. Su mano izquierda duerme sobre un carro de bebe desmantelado. El esqueleto de este carro es obsceno, las ruedas son su sexo, el hierro del manillar está desnudo sin telas ni guatas, todo lo mullido parece haber sucumbido a la verdad, a la verdad de los días de ese hombre de gran vientre que fuma una colilla y acuna sus miserias frente a mí.
Observo sus pertenencias, amontonadas, en ese carro de combatiente viudo. Forman una cumbre en cuya cima se sienta una maleta rígida también gris, a su lado un tablero de ajedrez de taracea, en la base algunos apuntes encuadernados, bolsas de plástico embarazadas y libros, varios libros de lomo amarillo que apuntalan su existencia.
En 1960 George Pal realizó una deliciosa adaptación al cine de la novela de H.G. Wells «The time machine». En aquella película los días corrían la suerte de ser mondas de naranja peladas por la relatividad del espacio-tiempo. Al final el científico acababa largándose a un lugar paradisíaco, un futuro de chicos y chicas por instruir, portadores de la inocencia y se llevaba consigo un par de libros. Ese par de libros, estrategia de buen comunicador, no tenían título, jamás lo han tenido, dejando abierta la puerta a que fuera el espectador quien lo decidiera.
Yo llevo años poniéndole título a esos ejemplares. Cayendo en la paradoja de que cualquier libro escrito, por grande que fuera su excelencia, llevaría a esa sociedad virgen la desdicha de la socialización, sus estigmas, la idea del bien y del mal.
Esta mañana, precisamente, en el almuerzo, me debatía en ello. Trataba de ponerle título a los libros que sustentan la soledad de ese hombre vagabundo. ¿Qué libros llevaría allí el ser amado, el admirado, el odiado, el diferente? ¿Qué libros me llevaría a ese banco si yo misma fuera naufraga de afectos en una isla de cirrosis? ¿Cuál llevarías tú?
Seguramente, en el caso de Trementina Lux no serían grandes libros. Incluso a lo mejor era poesía. La poesía es, tal vez, como la música y el histograma, la mejor utilidad (hagamos que Bataille se revuelva en sus límites) para conocer el rango tonal de una vida, que no es otra cosa que la distribución más o menos equitativa de luces y sombras en los días. Es decir su nivel de brillo y de contraste. O si estamos compuestos por soles en mayor o en menor.
Hay vidas en clave alta, con muchos días brillantes, hay vidas en clave baja, con muchos días oscuros y hay vidas en clave media, grises, apagadas, mediocres, cómodas, narcotizadas, sin dopaminas.
Para corregir el histograma de una imagen es necesario identificar su rango tonal y actuar en consecuencia. Lo mismo sucede con las vidas. Es necesario identificar que clase de vida llevamos, si somos presa a diario de las luces, de los medios tonos o de las sombras. Y saber que lo importante no es tanto lo que sucede, sino como lo sentimos.
Yo, por ejemplo, soy fotofóbica y hay otros casos de fobia a la nocturnidad, lo que hace que determinadas personas se acoplen a los extremos y su histograma vital adquiera forma de cráter de profundísimo volcán. No hay dos histogramas iguales, de hecho la falta de detalles en un nivel determinado es difícil de corregir y en algunos casos hasta imposible. No hay nada mejor para vivir en sociedad que poseer un histograma cuajadito de grises.
El hombre del banco, hoy, con su histograma en clave baja y sus libros y su presente sin pasado, como si una máquina del tiempo le hubiera apisonado los minutos me ha hecho reflexionar. A las horas en clave alta hay que cogerlas con el cuentagotas y evitar que las zonas de luz queden sin emulsión y nos deslumbren, a los días en clave baja hay que corregirles la dominante para evitar que la tinta nos emborrone la autoestima, a los días grises hay que matizarlos pra que no nos conviertan en cenizas y descubrir, al fin, como dijo Wilde que las sombras también pueden ser azules.
FELIZ HISTOGRAMA.
TREMENTINA LUX.
Al final, hoy, sabiendo que lo mejor de Sergio, para siempre, bajo sábanas está, es un día en rotunda clave baja.
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