Anoche me acosté leyendo a Chesterton.
No se quién me lo recomendó. El caso es rescaté de su letargo un ejemplar suyo que compré en el rastro hace años y me divertí leyendo varias páginas sobre anarquía y arte, hasta que di con un parrafito cargado de ironía misógina impropia de una mente presuntamente progresista a caballo entre dos siglos.
Así me fui a dormir con un mohín de desconfianza que se instaló con fuerza entre mis rizos y la almohada. Bueno, esto ya me pasó con «Mi hermana y yo» de Nietzsche. Es revelador ver que los grandes de la civilización occidental tal vez no eran tan grandes si su trama neuronal no estaba preparada para respetar y no invisibilizar a la otra parte de la humanidad.
A las cuatro y media me despertó la lluvia sudándome la nuca. Soñaba que el IVAM albergaba una muestra de podología justificada con un catálogo razonado de detritos anulares. Me dije que nunca más confiaré a ciegas en las recomendaciones literarias de desconocidos, lo que no implica que deje a medias la lectura del «Hombre que fue jueves» y que no vaya, me disculpen, a ver la muestra del peluquero de la corte, alambicada sobre parámetros de interdisciplinaridad tan inverosímiles como mediáticos.
Así somos hoy. De lluvia, de viento. Flexibles como un tallo ejerciendo la resistencia intelectual en un país de fábula. La flor y la tormenta. Ese es mi nombre. Y que la lluvia que hoy nos azota sea el alimento del color que se despierta, del fruto que nos espera y la raíz que nos sujeta a esta tierra de orxata.
FELIZ DILUVIO
TREMENTINA LUX
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