Quién soy y qué hago

Soy TREMENTINA LUX, soy artista plástica, teórica y práctica de la comunicación audiovisual y los estudios de género. Pinto, escribo, leo, locuto, diseño, fotografio, reflexiono y analizo. Todo esto, sobre todo, me hace evolucionar como profesional y como persona, me motiva y me divierte. Creo este contenido para ti, que me lees y para mí, que también me leo. Soy del mundo y vivo en Valencia.

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INCENDIO

«En ocasiones me tomo el pulso
y prefiero contar los instantes
en que el corazón no late»
Jordi Cabo, «La danza secreta del Alba»

Hoy es la última vez que tomo los diez céntimos del cambio, en ese café frente al centro musical. Hoy es la última vez que cruzo la avenida sin hacerlo por los pasos de peatones. Hoy la luz parece escarcha, porque han podado los plataneros y es invierno y hace frío y de alguna manera, me despido. Hoy me despido del verano o de lo que de él se derivaba. Hoy es el último día que escucho a los Pixies de fondo en la tele del bar, el último día que leo la prensa sentada en esa mesa, siempre la mesa junto a la ventana, el último día en que una noticia me hace reir o me inspira una idea que apunto con ambición en mi pequeña agenda Moleskine, mientras saludo a la chica vestida de blanco que pide la leche fría o a los clarinetistas que se frotan las manos junto a la barra.
En la agenda las anotaciones ya han superado el calendario de los días, incluso lo han masacrado pasando sin respeto por todo noviembre, tatuando diciembre, infectando de poesía algo matutina enero. Y eso me recuerda el motivo de este post. Leo ‘Doctor Pasavento’ de Vila-Matas. Habla de la desaparición, creo, (es muy difícil saber de qué habla exactamente) y ese es tal vez, o no, el motivo de mi post. Habla de Robert Walser, un viejo amigo de letras que frecuenté cuando descubrí que tengo mucho de Flanêur o de Flaneusse, como me han dicho que también es correcto decir.
Hace unos días apareció en prensa la noticia de un hombre al que habían desalojado de su casa por almacenar en ella más de 5.000 libros, dos tortugas y algunas aves. Los vecinos, alertados por las grietas que su techo presentaba, avisaron a los servicios municipales y estos con una eficiencia rayano lo esperpéntico vaciaron el piso del inquilino culto en apenas unas horas. Se llevaron toneladas de lo que la prensa y los observadores calificaron de ‘basura’, metieron en bolsas de plástico los libros y salieron del patio, con una cinta negra en los ojos, llevándose también las aves y las tortugas.
Esto es lo que apunté entonces en mi Moleskine. Al parecer este tipo de dolorosos desalojos están justificados legalmente. Existe una ordenanza que el hombre culto, con cierta filiación por el síndrome de Diógenes, incumplía: la ordenanza sobre la carga térmica permitida en un domicilio particular. Es una ordenanza cuyo objetivo es prevenir el riesgo de incendio. El riesgo de que un fuego diminuto se exceda leyendo, por ejemplo al ‘panteón negro de la literatura’, Lautréamont, Sade, Rimbaud, Jarry, Artaud, Roussel, y se convierta en un llamadazo imparable que dure horas y extinga paredes, cuerpos mojigatos y poses refractarias.
Y de eso venía a hablar. De la carga térmica permitida en el domicilio particular más intimo, que es lo que podríamos llamar, para entendernos, nuestra alma.
No hay al respecto una ordenanza aplicable que permita saber cuantísimos kilos de superávit térmico lleva en dentro de sí una persona que, por ejemplo, pasea envuelto en el frío invierno expuesto a la luz flacucha de los plataneros talados. No podemos saber cuanto de incendiario hay en el camarero que nos prepara un zumo de naranja, en la chica vestida de blanco con las puntas de los botines desgastados, tal vez no podamos saberlo ni de nosotros mismos. No podemos saber quien excede la normativa tácita, quien de pronto, puede pasar de sentir un incendio amoroso al estilo de Santa Teresa, a lo que los expertos en asuntos paranormales denominan una C.H.E.: Combustión humana espontánea.
A mí me pesa hoy la despedida. Me pesa perder de vista a los enamorados que han nacido al calor de muchas horas compartidas, y sus horas de seducción y arraigo acariciándose los ratones o enviándose fotos hechas con los móviles. Me pesan térmicamente hablando todas las hojas que han caído al suelo de la avenida con un ruido de adiós, y las otras, las hojas de letra que han caído, al ser leídas, al fondo de mi garganta.
Alguien debería avisarnos si alguna vez damos síntomas de exceder la carga térmica permitida para ser albergada en nuestro cuerpo o en nuestro volumen de resistencia emocional. Se han hecho experimentos con cerdos y confirman que el efecto mecha de la combustión humana espontánea, en este caso combustión porcina espontánea, prende los huesos, los hace hervir y los calcina, llevando a lo más inquebrantable de nuestra anatomía el quebranto de la desaparición. Es un fuego lento y pequeño, pero como todo lo lento y pequeño, siempre que sea constante, es devastador.
Hoy desaparecen cosas, algunas cosas hoy son ceniza, nadie me previno, nadie me ordenó, nadie me dijo que rociarme de Chanel puede ser una acelerador. A nosotros no nos entra nunca con tanta eficiencia, como en el caso de los 5.000 libros, una especie de empresa a sueldo de la racionalidad que saque a la calle la basura mental potencialmente inflamable que acumulamos en nuestro interior. No existe nadie que nos libere de tan pesada carga.
Es decir que considere, sin consideración, basura a lo que más amamos y nos perturba, que meta en bolsas negras cadáveres de letra apasionada, que se apropie las tortugas lentas como reflexiones y las aves enjauladas que son nuestros delirios. Profesionales que despejen de dudas antiguas el camino, que barran el suelo del mañana para poder pasear sin riesgos y crear y vivir y volver a amar. Que nos conviertan en seres de allendidad y frío capaces de volver a pasear sin saberlo entre gente discreta, al límite de las ordenanzas, quizás a una cerilla del incendio, como estos amantes cuya primera llama congelé este verano en la Torre Galata.
¿Se habrán convertido en ascuas ya?
TREMENTINA LUX

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