Quién soy y qué hago

Soy TREMENTINA LUX, soy artista plástica, teórica y práctica de la comunicación audiovisual y los estudios de género. Pinto, escribo, leo, locuto, diseño, fotografio, reflexiono y analizo. Todo esto, sobre todo, me hace evolucionar como profesional y como persona, me motiva y me divierte. Creo este contenido para ti, que me lees y para mí, que también me leo. Soy del mundo y vivo en Valencia.

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FRANZ FERNIDAND

FRANZ FERDINAND: LA NOCHE DE LOS ZAPATOS BLANCOS

“Me aturde pensar en lo difícil que es fascinar en la intimidad siendo nadie o fascinar sinceramente en la intimidad siendo alguien.”

Anoche intenté ver y escuchar a Franz Ferdinand. Primero entré en el recinto de forma inocente. Después, al comprobar que dentro solo se podía consumir horchata y esa bebida negra cuya inocuidad nadie pone en duda, salí de forma convicta a beber cerveza clandestina. Las inmediaciones estaban controladas por fuerzas de seguridad que a lomos de briosos corceles vigilaban a la muchedumbre ebria de cubalitros y sustancias psicoactivas liadas a escondidas en el descampado que circunda la “ciudad”.

Pasé dos veces el control. Abrí mi bolso a desconocidos que me requeríeron con un ímpetu marcial y ante los que de nada me sirvió poner cara de muchachita inocente: -abra su bolso, abra su bolso, he dicho! …( y aquí su brazo gris me detiene, me toca, me invade, me frena y claro, abro la cremallera y la cierro, ha sido un parpadeo… y a él que le importa si llevo preservativos, dildos, brownies o anabolizantes…) -gracias! No, en verdad, no me da las gracias, me empuja hacia el interior dándose por satisfecho, ¡tiene tanto trabajo esta noche!

Una se pregunta porque son gratis este tipo de conciertos. ¿Qué hemos hecho los valencianitos de a pie para merecernos a Franz Ferdinand?

Normalmente los conciertos se producen mediante la colaboración de distintos actantes existiendo la posibilidad de incorporar variables, a saber: imprescindibles, dos, el artista fascinador y el público fascinado. Si el público fascinado es sólo un individuo/a es que el concierto es priveé y se produce al oído, por lo que la voz llega directa al epicentro del placer. Si el público es más numeroso aunque es factible ver al fascinador a escala humana entonces podemos considerar que se trata de un concierto íntimo. En esta clase de conciertos el espacio importa, pero puede ser sustituido sin afectar a la honorabilidad del resultado. Los priveé funcionan muy bien en una terraza al anochecer, en una playa invernal, en una suite, en un taxi o en el hall de un hotel al albor de la imaginación. Los íntimos pueden darse en lugares acústicamente preparados para ello, requieren más medios, una sala, un teatro o un pequeño escenario en la fiesta de un pueblo en verano.

Luego están los macroconciertos, eventos que en parte tratan de preservar el sabor de lo íntimo, al menos en la iluminación, el tratamiento de la escena y del público que paga por acceder a ellos, consumir y evacuar a un ritmo frenético refrescos y/o alcohol. Por último están los conciertos como el de anoche que son una espectacularización de lo real. Un evento que cuenta con dos actantes que se suman a lo imprescindible: el espacio urbano como tercer protagonista y el Gran Ojo del medio televisivo.

Es éste último actante, el Gran Ojo, el que vehiculará todo el evento, el que lo tornará mediático y conducirá la finalidad de todas las acciones emprendidas, el tratamiento y el control del público fascinado y también del artista fascinador. Tanto es así que incluso asistiendo en directo no te queda otra alternativa que observar las gigantescas pantallas instaladas junto al lejanísimo escenario, pantallas que ya deciden por ti los planos que miras en cada momento y que median por tanto en tu experiencia convirtiéndola en algo diferido.

Llegados a este párrafo, el público ya no es público, es masa, y como tal es tratado. La masa no debe consumir alcohol, debe consumir horchata, porque existe una alta probabilidad de que se desvíe de la norma y la cámara registre actividades no deseadas, cosa que al parecer, con el jugo de la chufa, no pasa. La masa debe estar iluminada y también debe estarlo el entorno. La luz densifica la masa, le confiere protagonismo de fluido mediático y visibilidad a sus botes, vítores y alegrías, aunque al público que la conforma le reste el placer del recogimiento místico, el derecho a la nocturnidad y porqué no, a la alevosía carnal.

El entorno urbano, la arquitectura esquelética y espectral contra la que se estampan nuestros impuestos también está estratégicamente iluminada, es protagonista a tres para ese gran ojo que todo lo ve y todo lo registra. El telón de fondo importa, ya lo creo que importa. Si alguien ha visto la foto que publican los medios puede hacerse una idea de lo que digo: por este orden en la imagen panorámica se aprecia un entorno envolvente, lo que llaman “la ciudad”, la masa, unas 30.000 personas y allí, a lo lejos, la escena, brillante e inflamada, donde podemos imaginar entregándose al artista fascinador.

Alex Kapranos salió a escena pareciéndose mucho a Brett Anderson. Flaco, elegantísimo, adepto a la religión de los pitillos y el cuero, con un corte de pelo glamouroso y una pose de deidad algo andrógina muy apetecible desde el punto de vista sexual, claro. Franz Ferdinand estuvo impecable. Su dominio profesional de la escena y del repertorio deslumbró y sorprendió en un directo con un sonido puro, brillante, audaz y limpio muy superior incluso al de sus discos. Y la voz, potente y madura, indescriptible. Tras de mí alguien apelaba a los chicos para que se metieran algo y empezaran a transmitir, a comunicar, a cantar de verdad. Parecía haberlos visto en otra ocasión y le decía a su amigo: – empiezan así, pero luego se calientan, ya verás… Se calentaron, es cierto, pero sin perder jamás la compostura, el control y la profesionalidad, se despeinaron, pero sin que se les torciera la raya, digamos. En los bises unas 5.000 personas que se hallaban por casualidad cerca de las primeras filas comenzaron a abandonar «la ciudad» dejándonos a los verdaderamente interesados por el grupo y situados en la lejanía, con cara de idotas.

Me llevé la cámara e hice fotos. Son de horrible calidad, es lo que tienen estos conciertos en los que el gran ojo y los medios acreditados monopolizan la construcción de las imágenes y gobiernan las ubicaciones estratégicas de poder icónico. Sin embargo he de deciros que estoy contenta. En cierto momento (fue al verle a Alex los zapatos blancos de punta italiana, mmmm), tuve la percepción de que el amor inundaba aquello. Los zapatos blancos de Alex evocaron en mí ideas acerca de la fascinación que emanamos, personal o públicamente, de la fascinación que emanan los seres a los que la vida les sube a una tarima para actuar frente a otros. También pensé en lo difícil que puede llegar a ser gestionar después la vida vulgar, esa que sucede cuando te bajas a tierra, un miércoles por ejemplo y te quedas en casa, tranquilamente con tu pijama y tus cereales, escribiendo un post o contándole a una amiga íntima lo bien que te fue anoche defendiendo “Tonight” para 30.000 desconocidos y varias cámaras de TV que retransmitirán el concierto dentro de unas semanas.

Pensé en la capacidad de dejarse querer, en que determinadas personas son patrimonio amatorio de los demás y que no les queda otra verdad que dejarse aplaudir, dejarse seducir por su propio poder seductor. Y utilizar con valentía ese don para fabricar sonrisas y levantar pasiones, sin amilanarse, cuando la pasión llama a su puerta. Todos somos a veces seres fascinadores y siempre, seres fascinados. Fue ahí, entrando en sincronía con ese pensamiento casi obsceno, cuando los preservativos comenzaron a volar milagrosamente por el cielo de “la ciudad”. Fue ahí cuando al parecer los efectos de la horchata se tradujeron en algo procaz y al fin rebelde y humano: decenas de condones inflados comenzaron a volar expandiéndose henchidos de amor hacia el infinito. Unos lisos, otros con estrías, algunos pequeños, otros talla XXL, los más atrevidos emasculando el rostro orgasmático de los Franz Ferdinand, ¡!!Que divertido!!!.

Seguí su estela en la transposición de las pantallas gigantes, la cacé para vosotros y me deleité en la anécdota que salpimentó poéticamente una noche tan correcta, tan… “polite”. De esos intangibles sueños sexuales que los medios evitarán mostrar preservando nuestra efímera mediocridad, trata este post.

Pues eso, siempre vuestra y algo pícara,
TREMENTINA LUX

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