«Si cada día nos esforzamos
por hacer las cosas lo mejor que sabemos
el progreso sucederá naturalmente».
Vincent Van Gogh.
Empieza a llover ahora. Por eso, esta mañana he visto el cielo en blanco y negro. Por Chema. De camino a su exposición, en el Palau de Valeriola, se atraviesa un descampado solariego con un impresionante tótem urbano a su izquierda. Es un edificio viejo, de piel ocre que ya no colinda con nada. Ni con nadie. Mide al menos cuatro pisos de altura. Está sólo, erecto, desafiando a la gravedad. Es absolutamente escultórico y tiene una presencia escénica abrumadora. Los obreros rascan excavando sus cimientos, trabajan dejando al descubierto sus tobillos, por debajo de la línea del horizonte, desnudos y sublimes como L´origine du monde según Courbet.
Luego, en el camino, precedida por una banderola viene «El brillo del sapo. Historias, fábulas y canciones». Una muestra de lienzos mates, impresionantemente realizados, coherentes en su discurso, sombríos y puros, matizados y maduros con una factura técnica tan sólida como argumentada. A la entrada, un audiovisual nos seduce con imágenes de sapos y caballos de panza giratoria humanizados por la falsa voz negra de un blanco sublime, Johnny Cash. Entramos en el juego de lo que nos atrae y nos repele, el veneno y el brillo de la piel, el latido de la loneta, de la reflexión siempre áspera que el autor nos propone.
Chema es un experto contador de historias. Tal vez lo ha heredado de su abuela, cuya voz familiar nos recibe en la sala del segundo piso. Allí se cuestionan la moral pública, la moral privada, el poder y la persuasión, la naturaleza y la naturaleza humana. El debe y el haber dialogan en paisajes de ausencia. Nacemos a una civilización de blanco sobre negro. Creada siempre con violencia. Historias de asesinos célebres y víctimas no siempre inocentes.
Al principio esto se reflejaba en un contenido pero eficaz gesto pictórico. La rabia estaba ahí, en la pincelada, discreta. Sin embargo, en las últimas obras, Chema elude el compromiso de la materia y se convierte casi en un alumno aventajado de Greenberg: el plano pictórico se transforma en la superficie física de la obra, la planitud de las telas es sólo comparable a la extrañeza que produce la ausencia de trazo y la presencia militante de un realismo monocromo que supera y pervierte lo fotográfico.
Las dobles facciones baconianas, las bandas atmosféricas desmintiendo la tridimensionalidad y las polaroids en negro absorben la luz del que mira. Casi tanto como las pinceladas acuosas y enigmáticas, presencias nada gestuales, recibidas en el lienzo negro, imprimado apenas con dos capas de cola de conejo, para que su textura de hilo vibre, agitando los pliegues de los retratos y las manos, Love and Hate, un rastro sutil, los mil grises del miedo. Influencias de los medios, de Durero…Dolores y los viejos…auspiciada por la noche que se hace en la pared.
Salgo, como siempre, después de ver a Chema López, admirada, agradecida y sorprendida de que algo así suceda. Que se den cita su talento ejercitado, su tesón atemporal, su obra y la iniciativa en gran parte privada que la exhibe. Que esto sea posible en la ciudad de la mercadotecnia gris.
MERCI, CHEMA.
TREMENTINA LUX.
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