Estado de ánimo actual:bien
Viajar a Madrid es conducir un rato escuchando en el coche a los Who, los Byrds y los Kinks acariciando campos epiteliales de trigo cebada y centeno. A veces hay una carrasca solitaria que hace de linde en el continuo de tus ideas, es sincera y trotas con su presencia a otra conversación o a otro silencio.
Vas a ver a Paula Rego. Es esa manía. La de propiciarte experiencias estéticas auráticas, como si fueras una discípula tardía de W. Benjamín y la reproductibilidad técnica te diera grima por confusa y mentirosa. Tres horas se tarda en llegar. Una en aparcar. El sitio libre está frente a un buzón. En el buzón hay un cartel que anuncia la gira de los Sidonie. Aquí enlazas con el último post y tu coche queda ahí, en las calles de Madrid, vigilado por tres gorrillas de lujo. Te vas para no haberte ido. Así es la vida.
Al fin entras. A ver la obra de esa mujer a quien le escribiste una reseña cuando por estas tierras era posible escribir reseñas sobre arte. La foto que encabezó el artículo fue la chica de la palangana. La «Sin título». Ahora que has vuelto sabes su nombre, se llama «Aborto». Te parece excesivo. Evidente. Te quedas con lo que sabías pero ahora es un conocimiento sin retorno. La mejor obra, sin duda. Esa chica que te mira, lo dice el comisario, se llama Lila y en el fondo oculto de la palangana negra no hay jabón, sino entrañas. Eso hace que entiendas aún más su mirada sin bragas de mujer heroica, alejada por fin de cualquier estereotipo femenino o feminista, valiente. Ojos directos que ocultan el sexo mostrado perversamente por las circunstancias.
Poco a poco vas reafirmando tus expectativas, intentando en vano que el cansancio aprehensivo no te venza. La exposición de Paula Rego es brutal. Por extensa y sobresaliente. Vemos cincuenta años de su trabajo en apenas unas horas. Bocetos, litografías, grandes formatos…. Estoy frente a la axila de «La durmiente» apreciando muy de cerca la belleza y el gesto rabioso del color modulándolo todo, iluminando la nada… y te nace la pregunta: ¿Oscar: A quien hay que vender el alma para pintar así?…
«La vendas a quien la vendas, fíjate en el joven Dorian, acabarás mal querida…» Es un diálogo antiguo. Estamos sentados frente a «El baile», ese lienzo nocturno compuesto en pirámide que toma como vértice la luna y como figura principal una mujer sola, a la izquierda. Ella a diferencia de Maruja Mallo, Frida Khalo, Lee Miller, o Camile Claudel, que bailan agarradas a su artista fetiche, acaba de ver morir a su «descubridor», el pintor Victor Willing…»A quién le importa el final si la muerte nos alcanza a todos»… Llega un gran silencio, ha brotado una carrasca a contraluz en un campo de trigo.
La retrospectiva, si la escuchas, ofrece respuestas sencillas.
No hay que vender el alma, solo hipotecar la vida. Los días. Enteros. Hasta ver pasar cincuenta años de soledad frente a las telas, los andamios y los pigmentos. Empezar por el principio, el miedo, el titubeo, el compromiso débil con las formas, los collages, las pinceladas torpes, el colorismo ingenuo, recursos para seguir adelante. No pretender resultados maestros en los diez o veinte primeros años, simplemente trabajar sin descanso. Ir avanzando bien acompañada de la confianza y la formación. No dejar nunca de confiar, de pelear, de aprender. Y de sobrevivir a las heridas…creando.
Los pinceles con su cerda blanda, desde entonces, desde la muerte del descubridor de su parte oscura, se convierten para ella en molestos intermediarios entre la fuerza creativa de la mano y el soporte expectante. Paula Rego empieza a trabajar el Pastel con una furia que debería bastar para cambiarle el nombre y dejar de considerarlo por siempre una técnica cosera, efectista y difusa. Sus mujeres empiezan a ser tensas, escultóricas, macizas, molestas, terrestres, anatómicamente precisas, y sin embargo, aberrantes. Es ante todo un perfecto trabajo de dibujo, imposibles escorzos manieristas que volverían loco a Buonarroti, condensados y adictivos trabajos del natural sin un error en el entendimiento de las tensiones y los planos. Pero más aún, si cabe, Paula Rego es una bárbara colorista que pondría en un brete las históricas y denodadas discusiones entre dibujo y pintura sostenidas por Ingres y Delacroix. Hay piezas además, en las que el color recibe ese tratamiento vibrante y aterciopelado que perseguía con tanto entusiasmo Anish Kapoor.
Historias, narraciones. Que dan la vuelta a lo visto y lo hecho. Al margen de la muerte del arte y de sus profetas. Personajes construidos y relacionados entre sí con una coherencia interna capaz de asustar la mirada poco instruida. Las «Bailarinas», «Las Blancanieves», «La metamorfosis de Kafka». Intimidades obscenas y verdaderas que salen de una mente privilegiada, con una infancia construida a golpe de imaginario, sin putrefacciones televisivas ni invasiones mediáticas. Crear es en buena medida recuperar la infancia, decía Baudelaire, ese lugar aún sin pervertir, hecho desde dentro, propio, privado y diferente al resto. Diferente a Disney hasta la burla.
A la salida compras el catálogo. Ese horrible libro con horribles plagios de la obra original. Descubres cosas interesantes por ejemplo que es la suegra de Ron Mueck, ese genio de la escultura hiperrealista que conociste en Edinburgh. Luego buscas malditamente los primerísimos planos que necesitas, a ras de lienzo, robándole la mano a la Rego, viéndola dejar la huella, arañando el papel. No están. Las fotos desvaídas, pequeñas, desenfocadas, sin detalle nunca te podrán satisfacer… sólo te quedan los textos y la memoria y te dices, a la vuelta le pondré una vela a San W.B.
Ahora Madrid es otro. Sigue siendo entrañable, castizo y casposo, el único lugar del mundo en que se venden las papas a granel en un escaparate de cristal. Pero sus camareros de bares de tapas y rabillo selectivo tienen desde hoy los párpados del «Sueño de José». Las viejas ricas y conservadoras besan a sus nietas con el celo papal de «La abuela» y todos los indigentes se rascan, te miran, duermen en los portales y se peinan igual que las «Mujeres perro».
Ver a Paula Rego no deja indiferente. El paseo por otras salas del Centro plantea una serie de interrogantes. El «Retrato de Sonia de Klamery» de Anglada Camarasa se muestra más fantasmagórico, sutil y decadente que nunca. Nuestras pupilas descansan en sus lánguidas manos de la tortura a la que nos ha sometido Paula como si de un bálsamo curativo se tratara. Y te preguntas, visto lo visto, por qué un hombre fue capaz de tanta sutileza.
En la esquina de otra sala se aglomera el público ante «El Guernica». Te acercas, la duda te asalta: ¿Dónde está el original?!!!. No encuentras la verdad que siempre tuvo la mano de Picasso, no distingues el trazo, los goterones, el estudio y la inmediatez. Buscas, buscas, buscas, escudriñas el toro, la luz, el caballo, la mujer, la angustia aumenta… Sólo ves traducción y miedo. Por primera vez no te impresiona la autenticidad del Guernica y te sorprende que pese a sus problemas de conservación esté expuesto sin cristal.
Vuelves a casa el domingo casi de noche. No has visto más carteles de la gira, arrancas el motor, los iluminas, les das una sonrisa cómplice por propina. Ya en ruta vas escuchando lo nuevo de Radiohead y cantando a Love of Lesbian. Recuerdas especialmente a «La hija del policia», con ese trasunto sexual de darle betún a la bota de papá y la amenaza de algo transgénico apuntado por la falta de una pierna, la omisión de un brazo y la acuciante vigilancia nocturna del gato negro. Indescriptible.
Definitivamente ver a Paula Rego ha dañado tu sistema perceptivo. Después de disfrutarla cuestionas hasta lo incuestionable y por ello, por aportarte esa amplitud de miras nueva, le estás sinceramente agradecida.
UN PLACER PARA EL ALMA
TREMENTINA LUX
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