«Nada en el mundo era tan blanco como tu cuerpo. Nada en el mundo era tan negro como tus cabellos. Nada en el mundo entero era tan rojo como tu boca. Tu voz era un incensario que esparcía extraños perfumes y cuando te miraba oía una extraña música»
Oscar Wilde, Salomé.
No hace mucho que vi a Eli Paperboy Reed & The True Loves. En la sala se agolpaba público entendido. La expectación era enorme, el directo fue lo que las críticas hayan dicho, que no las he leído, pero imagino buenas, muy buenas, y a la salida se escuchaba bullicio, incredulidad y admiración. De todo, me perdonáis, recuerdo un momento atípico.
Eli, bozarrón, se descoyuntaba en escena vibrando en rojo con una energía propia del demonio o de tantos y tantos maestros negros reencarnados en un muchacho blanco de infantil apariencia. En esas estabamos con los tímpanos orgasmando cuando en un brinco a Eli se le soltó un pelo del flequillo. Repito, se le soltó un pelo del flequillo.
Eli siguió siendo The satisfier, desencajando su mandíbula, enseñándonos los premolares, auditando nuestro entendimiento de lo sublime, ajeno a la decisión de su pelo, separado para siempre de su folículo, lost in translation, for ever, en ese loco tablao.
El pelo, por prosaico que parezca, cayó en un delirio sin premura, se dedicó a observar el vacío, como quien mira la vida desde otro punto de vista, se dilató en mecerse, en volar, y coqueteó durante largos segundos con el saxo y los instrumentos de viento que le impulsaron más alto, acarició también en su viaje iniciático las baquetas del batería, sin jamás mostrar prisa o disgusto. Y a mí me pareció que ese pelo, dibujado por las luces verdes, rojas, amarillas, separado para siempre de su amo (el ídolo) y antes de caer definitivamente al suelo, en su último momento de libertad – también quizás el primero-, adquiría forma de sonrisa.
Y se hizo el silencio, y escuche el sonido que produce un pelo de Eli Paperboy Reed al caer junto al set list.
Incluso cuando todo bulle hay partes íntimas en nosotros que van a la suya. Pelos que se desprenden, ingobernables en su soledad o en esa forma anárquica de caer despacio, cuando todo va deprisa, cuando el amo, va deprisa. Partes de la vida y de la coyuntura vital que te dan el alto o te secuestran a la baja.
Quizás es por eso que el pelo de Eli me hablo de la transgresión y la vicisitud, también de la tragedia, de la independencia y de la muerte. Fue el único gesto iconoclasta de la noche. Creo que he perdido la noción natural de lo importante.
TREMENTINA LUX
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