Quién soy y qué hago

Soy TREMENTINA LUX, soy artista plástica, teórica y práctica de la comunicación audiovisual y los estudios de género. Pinto, escribo, leo, locuto, diseño, fotografio, reflexiono y analizo. Todo esto, sobre todo, me hace evolucionar como profesional y como persona, me motiva y me divierte. Creo este contenido para ti, que me lees y para mí, que también me leo. Soy del mundo y vivo en Valencia.

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So I sing a song of love for Julia

«Qué deprisa suceden las cosas extraordinarias, y como se vuelve luego a la vida de siempre!
-Yo no
La ansiedad la llevo a preguntarle.
Su respuesta fue desconcertante:
– Probablemente querré vivir.
– Pero, ¿porqué, señor Emerson? ¿qué quiere decir?
– Digo que querré vivir.
Con los codos apoyados en el parapeto Lucy contempló el río Arno, cuyo estruendo sugería a sus oídos una melodía inesperada»
E. M. Forster » Una habitación con vistas»

Pasaban de las doce de la madrugada. El día ya era otro. Pero yo no me había dado cuenta, seguiré durante mucho tempo anclada, en el 31 de enero, entre las ocho y las nueve de la noche. No creo que nunca pueda salir de ese día.

Mucho más tarde, mucho más, eternamente tarde después, vino a casa una amable desconocida, vestida de negro, con unas largas ojeras sobre sus mejillas, era alta y desgarbada, pero amable, hablamos durante un rato, me explicó cosas que ya sabía y me preguntó mi nombre. Después, sin tomar nada, nos fuimos. Me subió en su coche, conducía a trompicones. Miré por las ventanillas observando la noche, los semáforos, los otros coches, las chicas que salían de fiesta de tres en tres cruzando muy lejos del paso de peatones. Y quise notar algo diferente. Algo distinto. Algo que faltara en las paradas de los autobuses, en las vallas publicitarias, en las sonrisas de los anuncios, en los rótulos de los bares, pero no noté nada, ninguna diferencia, la noche del sábado era a todas luces indiferente a mi pequeña gran verdad.

Pasamos por la casa y abrimos los armarios y escogimos algo de ropa. Las perchas se amontonaron en mi ánimo, las faldas no servían, las chaquetas eran grandes, las blusas viejas y deshilachadas, las rebecas pobres, los pantalones anchos, en una semana todo se ha quedado grande e inútil. El suéter de las rebajas, el vestido de la noche de reyes, cuanta responsabilidad para una simple prenda. Ser la ropa de por vida, que eufemismo, la ropa de por muerte.

Paramos en una avenida llena de naranjos, salimos del coche y el viento fuerte y frío golpeó mi abrigo antes de que pudiera abotonarlo. Enfrente una rotonda con enormes cactus, muchos cactus, de gran tamaño, y el viento, frío, fuerte, en la cara, en las manos, sin poder encontrar los botones, y el frío, en el pecho, en las piernas, y los cactus de la rotonda, semáforos, y no hay luna, o no la veo, y no hay estrellas aún, o no las veo por la luz de las farolas, y no es entonces cuando pienso que debería haber una más, pero que no puedo contarlas porque hace mucho viento, y el viento me cierra los párpados.

Veo mi reflejo en una puerta de cristal que se abre cuando llego. Hay un hombre muy obeso y ella, la mujer ojerosa y amable me describe como un servicio. Soy un servicio. Pasamos al otro lado del mostrador y me piden cosas, papeles que llevo en una carpeta azul, papeles muy antiguos, con firmas de personas muertas, un papel que guardo desde hace once años, un papel que no supe que existía hasta aquel momento y que he vuelto a saber que existe, ahora.

Empiezo a firmar cosas, a responder preguntas, escojo flores y horarios y cajas de colores, será roja, brillante, preciosa. Hablamos de peinados y maquillajes naturales. Acabo escribiendo un verso para un periódico y el hombre obeso pone tipex en unas frases hechas que no me gustan, y la mujer lee lo que he escrito y no se muy bien porque siendo una profesional derrama dos o tres lágrimas y me mira desde sus dos metros de tamaño con ternura y debe de verme pequeña, con una cara callada, aunque llena de ojos y se da cuenta, de que no estoy indefensa, de que soy letra y la letra me asiste, sin un tachón, incluso en esa noche de viento y cactus y ropa tendida inútilmente en la percha de los días del futuro, en los días en que ya nadie la calentará con el calor de su cuerpo.

Antes de irme de ese elegante edificio de acero, mármol y puertas de cristal pregunto si podré leer algo y poner música. El hombre gordo y la mujer ojerosa se miran y me consienten, como a una hija única mimada y caprichosa. Me dicen que sí, que lo que yo quiera. Y yo no se lo que quiero, No se si quiero que suene Muñequita linda para que la grite desde el armario en que estará metida y se rebele como cuando cantar entre la ropa la hacía libre. No se si quiero que suene Smile de Nat King Cole para que la serenidad y la sonrisa sobrevuele la sala, no se si quiero que suene Julia de Lenon, porque es así, sencilla y tremenda. Pero haré sonar algo, y escribiré algo.

Febrero empieza hoy. Cuando salí de allí, cuando la puerta de cristal reflejó mi espalda y el viento desencajó mi abrigo y los cactus seguían tiesos en la rotonda, ya era febrero. Era otro mes, otro año, otra era, y yo, otra mujer.

Nunca abandonaré el 31 de enero, entre las ocho y las nueve de la noche. Se puede sentir felicidad en el horror. Se puede sentir calma en la agonía, se puede sentir presencia en la ausencia, se puede sentir fuerza aún incluso cuando las sístoles y las diástoles hacen un fade out y se desvanecen en la noche, se puede sentir voz aún en el silencio y ahora sé que la música puede hacer sonreír incluso a los muertos.

Tal vez esto sea pornografía, no lo se, es mi forma de seguir viva, las lágrimas me hacen menos daño si se convierten en letra, y veo las cosas más claras si además alguien, al otro lado de este nuevo tiempo, las lee.

TREMENTINA LUX
Agradecida.

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