«Algo sugerente que te reviente, desde la mente, que no te sea indiferente, algo sugerente que te reviente, desde la mente, que no te sea indiferente…» D’callaos.
Hace una semana estuve con MX en el show de Anthony Blake, el mentalista. Mi padre tenía una biblioteca en su gabinete. Once años después de su muerte la desmantelé. Conservé algunos ejemplares, otros los regalé. Entre los que conservo hay un libro de finales del S.XIX titulado “Magnetismo teatral”.
Fui al teatro pensando en asistir al espectáculo de Onofroff, Nenima o Caseneuve. Pero no fue así. ¿Cuántas veces os han dado la espalda?
A Lennon lo mataron por la espalda, cuatro balas. También fue acuchillada por la espalda la “Venus del espejo”, unas diez veces, por Mary Richardson, sufragista iconoclasta.
Kristeva definía lo abyecto como aquello que escapa al borde, a la frontera de nuestra piel. No se refería a la telepatía ni a las fibras de lino que se asoman de la nuca herida de la Venus, pero está claro que ambas están ahí, haciéndole cosquillas al concepto. Como ese dedito telépata, trasunto fálico del caballero.
Una vegana decía en la radio el otro día que los cerdos de granja industrial viven recluidos en celdas de un metro. Mi celda mide metro cincuenta y cinco. Viajo mucho, duermo en sitios diferentes, no tengo amigos de toda la vida, parezco libre, sin embargo, por toda frontera: mi piel.
«Don’t need a gun to blow your mind»
Los cerdos son socialmente aceptados como carne muerta, etiquetada. Vivos son abyectos. Es la suciedad entendida según Mary Douglas. La suciedad como idea no necesariamente asociada a la falta de higiene, sino al desorden. Lo que está fuera de su categoría cultural nos incomoda, nos contamina. La teoría de las etiquetas, de los humanos como carne de mercado.
Los pensamientos que salen de la mente. A veces… Un desorden.
El mentalista forja su discurso en la sucia pero atractiva frontera entre la vida y la muerte. En el diálogo postrero con los antepasados que se angostan en un nicho. Utiliza las emociones de su público vulgarizando lo inexplicable.
El resto, esto, está en mi mente.
La sangre de Lennon contaminando el suelo o los sexos abiertos en los jamones de la Venus. Con esas cuatro balas el chico revolucionario pasó a ser producto en una estantería, representación de sí mismo, esencia desactivada; frontera clara.
Con esos cortes la Venus pasó de mujer «ideal» a mujer adultera, engañosa; frontera inestable. El sistema se afanó en restaurar la fisura por la que se escapó lo que de cerda abyecta había en ella. Permitiendo así de nuevo la mirada de los hombres que estamparían un beso en su cuello de diosa y magrearían su nalga en un hotel, de madrugada.
A mi me han dado varias veces la espalda. Es mi celda, de frente inspiro confianza.
TREMENTINA LUX

Tampoco es necesario hilo para zurcir la mente cuando se vuela.
O mejor no zurcirla, no sé