30 de diciembre 2008
Adela y su marido tienen una furgoneta. En realidad es de él. Adela la odia, pero nunca se lo ha dicho. Adela querría tener otro coche, un utilitario pequeño con el que poder hacer cosas, tal vez grandes, en su vida. Ellos tienen un niño y diecisiete años de vida en común, de los cuales han pasado tres subidos a esos asientos altos y algo incómodos de la furgoneta gris. No sabemos mucho más. Sabemos que Adela, esa mañana, la del 31 de diciembre quiso ir a la capital y le fastidió coger la furgo, con la tapicería envuelta en una bruma de polvo de yeso y moquetas sucias en los asientos traseros.
1 de enero de 2009
Langenhagen, Hannover. Mika y Anna Lenna han madrugado y salen muy pronto de su casa mientras todos duermen. Hace frío, mucho, nada más salir juegan a tirar vaho por sus bocas, como si fumaran, y se ríen. Llevan gafas de sol y se dirigen con sus maletas a la estación más cercana. Han cogido sus bañadores, quieren casarse bajo el sol y pasar la luna de miel en África. Caminan durante una hora edulcorados por la ilusión. Podemos imaginar que el camino está nevado y aunque tratamos de escuchar sus voces no entendemos de que hablan durante el trayecto, pero son felices, es un gran inicio. Suben al tranvía que les acerca a la estación central de tren y allí, antes de poder llegar al aeropuerto su conducta levanta las sospechas de los revisores. Mika y Anna Lenna son detenidos, con cariño, imaginamos, y conducidos de nuevo a su dulce hogar. Mika tiene 6 años, Anna Lenna 5.
5 de enero de 2009
Suena el móvil, estamos llegando a Valencia. Oscar se alegra de hablar con Pedro, atravesamos un túnel, el de la estación del Cabanyal, no escuchamos lo que dice. Sabemos que ahora vive con sus padres en la capital. Sin que sea alarmante parece no ser habitual. Oscar lleva una mochila y ropa de trabajo, parece un yesaire. La conversación se entrecorta por el sonido grutesco del subterráneo. Le habla de ella, primero afirma tímidamente: -no estamos bien, sí tío… Luego se atreve un poco más, con ironía: -he tenido un “buen” regalo de navidad… al fin le dice: -sí, el día 31, lo dice con sorna, como debió de decírselo ella, año nuevo, vida nueva… Dice: -yo estaba bien, no pensaba que estuviéramos tan mal, pero ella… al parecer ella no pensaba lo mismo, fue a coger la furgoneta y ahí salió todo. Diecisiete, se oye que llevaban diecisiete años juntos. A Oscar no se le nota demasiado afectado, sí contrariado, pero no parece, pese a todo, nada grave. Tal vez es porque habla con otro hombre y no muestra sus sentimientos, tal vez simplemente es porque como dice, no se lo cree, porque: -estoy esperando que me diga algo definitivo.
6 de enero de 2009
Sam abre el regalo con una contagiosa histeria. Es un paquete mucho más alto que él, apenas puede manejarlo. El año pasado su madre le abría los regalos. Él, disfrutaba más de los montones de papeles y cintas de color bajo los que se enterraba para desaparecer. Lo abre, sí, ya lo ha abierto, ha rasgado el papel con su nombre, -Sam, le ha dicho ella, -es para tí. Sam no sabe leer aún. La caja tiene dos ventanas de celofán por las que se transparenta un tren. Es un tren de vapor, bueno, en realidad es de plástico y va a pilas. La máquina es azul y tiene dos vagones cromados, uno de falso carbón y otro vacío, de mercancías. Este vagón abierto a la imaginación es el que Sam irá rellenando con poliespán, fresas y restos de turrón, aleatoriamente. Las vías montadas forman un círculo que los adultos atraviesan para llevar las copas de cava a la cocina y despedirse, porque está justo a la entrada, en el recibidor. Sam ha aprendido a apretar el botón del mando a distancia, hace sonar un villancico y acelera en las curvas, él baila y pide a los adultos que encarrilen de nuevo el tren cada vez que, siervo de su histeria infantil, éste descarrila. Todos aborrecen al final del día el villancico y sortean las vías ya con los ojos cerrados, aunque con una sonrisa.
8 de enero de 2009
8:20 de la mañana. Llego tarde al tren. Corro para cogerlo. He soñado con osos polares disecados y aves migratorias, eso me hace pensar que tal vez no debiera correr para coger ningún tren, y cuando me subo, en el momento en que me agarro con fuerza a la maneta cromada pienso: -una nunca sabe si se corre para coger el tren de la muerte y si más valdría dejarlo pasar, sin tanto afán por subirse, sin que subirse sea motivo de alivio, a fin de cuentas, ¿qué importa llegar tarde a los sitios?.
Recorro los vagones por dentro. Están llenos de gente y llego así hasta el primero. Los intersticios entre vagones se mueven mucho, el suelo de acero es inestable y en ellos duele el exterior, estamos a 2º. Me siento, aún no leo. “Death and the Maiden” de Schubert suena en el hilo musical. Pienso, miro por la ventanilla pero en realidad estoy visualizando las lápidas de Marguerite Duras y Beckett, hay una pulsión poética algo oscura en el día de hoy, sin que pueda identificar su procedencia.
Atravesamos el túnel del Cabanyal, hacia la Malvarrosa. El tren de pronto suena, está pitando, pita cada vez con más insistencia y al final es un sonido constante, como de alarma. El cuarteto de Schubert sigue sonando en el hilo musical. Sigue sonando incluso cuando el tren impacta con algo. Algo muy contundente que se quiebra ha chocado contra la máquina. Lo que sea se fractura y el impacto se reparte por todo el vagón, por delante, a los lados, haciendo tambalear por un instante la dudosa seguridad del monstruo. Y suena sordo, toc, toc, como un madero descomunal que se hubiera partido en dos, o en tres, no lo se. El tren frena, en seco y para. El tren se para, en la nada y la nada tiene vallas muy altas por donde ningún ser humano en su sano juicio pasaría. Pienso, empiezo a pensar que a un madero no se le avisa. No quiero pensar, aunque lo cierto es que la certeza se asoma a las alquerías blancas. La playa está ahí, inmutable, las hormigoneras hacen su camino a lo lejos, el día levanta la penumbra de la noche, la temperatura en el interior es constante y los violines siguen a lo suyo.
La prensa no ha dicho nada. Lo dijo el revisor, a las 8:45: – una persona se ha arrojado a las vías. Nunca había imaginado cual sería el sonido de un cuerpo humano golpeando un tren de cercanías. Al parecer todos nosotros, los viajeros, pasamos aquella mañana por encima de su cadáver, formamos parte del arma que asesta el golpe. Todo el tren lo hizo. Cuando el maquinista salió de la cabina sus pupilas estaban fijas en el cruce de las vías, en el único punto, el de la inevitabilidad, que no podrá dejar de ver durante toda su vida. Los demás no vimos nada, protegidos, preservados, aislados, desinformados de la tragedia, ajenos a ella, en ese demonio encarrilado en un círculo perfecto. Y no sabemos nada, no conocemos la historia, ni el desenlace, ni los nombres, ni los porqués. Tan sólo llegamos tarde a nuestra cita, y Schubert, como un villancico macabro, siguió sonando apaciblemente el resto del viaje, inhumanamente, diría yo, hasta el final.
TREMENTINA LUX
There are no comments published yet.