Quién soy y qué hago

Soy TREMENTINA LUX, soy artista plástica, teórica y práctica de la comunicación audiovisual y los estudios de género. Pinto, escribo, leo, locuto, diseño, fotografio, reflexiono y analizo. Todo esto, sobre todo, me hace evolucionar como profesional y como persona, me motiva y me divierte. Creo este contenido para ti, que me lees y para mí, que también me leo. Soy del mundo y vivo en Valencia.

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TAMAÑO NATURAL. ELOGIO.

LUNES: Va un semiótico por una acera y se encuentra un perro atado a una farola. El semiotico escruta sus gestos. El can es amable, ojos vidriosos, mirada lánguida, amigable. El semiótico lee melancolía, le recuerda a aquel ser, tan querido, tan lejano. Y siente amor por el can mientras se acerca, mientras se miran descubriéndose, con dulzura. El semiótico pierde tres dedos a mordiscos, no puede huir a tiempo. Es el misterio de los signos. Siempre hay una tara en aquello que se interpreta, una oquedad del discurso.
Era amor, sí, el tipo de amor que inspira la presa.

He vuelto a ver «Tamaño natural», «Grandeur Nature» de Berlanga.
La vi siendo niña. No la vi entera, claro, no me lo permitieron. A mis padres aquello les resultaba repugnante. Corría el año 1973 cuando se rodó en Francia, imaginad la época y las gentes en España… A mí, ahora que la he vuelto a ver me parece sublime, en la acepción filosófica del término, es decir, produce atracción y repulsión en la misma medida y provoca un placer algo insano, más allá de lo meramente contemplativo. Me parece una obra maestra con más aristas que un dodecaedro. De apariencia simple y sin embargo, complejísima.

De niña no me gustaba el color de su muñeca, la de Michel Piccoli. Tampoco su pelo ralo. No entendía el rechazo que mis padres sentían por el hecho de que un adulto jugara con muñecas, yo lo hacía ¿Por qué dejar de hacerlo?… Lo que me parecía sucio era ese color de piel cetrino, moribundo, ese pelo estropajoso, tan distinto al color rosado y la brillante melena de la Nancy. Las feministas se cabrearon bastante, también los puritanos, no debió complacer a nadie.

AHORA PASO A REVENTAR LA PELÍCULA DE BERLANGA Y A AGRADECERLE UNA BARBARIDAD QUE SE ATREVIERA A REALIZARLA.

Por eso, quienes no la hayáis visto, vedla antes de seguir leyendo. O leed a sabiendas de que no la veréis igual.

No he leído ninguna crítica que la trabaje desde lo que a mí me parece su mensaje más inminente. Seguramente estoy mirando al perro con afecto de carnicero. Desde mi punto de vista, las feministas y los conservadores debieran haberle levantado un trono a Berlanga, o yo no entiendo nada, o ellos y ellas se perdieron en los pliegues de la metáfora.

Michel es un profesional de éxito que goza de una relación de pareja basada en el amor libre. Un ideal de la sociedad moderna. Sin embargo, compra en Japón una Real Doll a escala natural que le permita mantener con ella un idilio clásico, un primer amor pasional, secreto, monógamo, pasado por el altar, aceptado por la familia, santificado por los hijos y con final trágico a causa del adulterio femenino.

A mí personalmente, Berlanga, atado a esa farola que es «Tamaño natural» me habla de lo capaces que somos de proyectar en los otros nuestros propios delirios. En como los modelamos y les otorgamos ahora un status de benignidad, ahora de malignidad, según nuestros propios instintos, carencias y apetitos.

En como nos inventamos a los otros para encajarlos en nuestro laberinto, sin respeto ninguno, ciegamente.

Esa muñeca, siempre muda e inorgánica, es: «la amada» para él, rival imbatible para su mujer, amiga para su madre, madre para un bebé, puta para un regimiento y adultera infiel, merecedora de la muerte, de nuevo, para él. Lo que los demás necesitan en cada momento cobra forma en ella. Todos la utilizan en función de lo que esperan de su cuerpo, de lo que ella representa en tanto que mujer estereotipada. Amante, amiga, madre, víctima de la violencia de género. !Y todo esto sin dejar de ser un trasto inerte!

Ella habla por boca de los demás que ponen palabras en su boca, caricias en sus manos, leche en sus pechos y sexo en un hueco de poliuretano. Ella solo finge mirar y calla, eso sí. Y con este silencio esperpéntico, insulta o escucha, merece el encierro en un armario o un desfilar en un paso, dependiendo de lo que su interlocutor requiera. Es un guión brillantísimo y maquiavélico porque incluso genera diálogos basados en el consenso y la comprensión, -¿No tienes hambre? -estás cansada… Y ahora, ¿qué hacemos?…

Ella tiene cada vez un nombre, el nombre que él le impone, con el que la presenta en sociedad, un nombre cuyas connotaciones libertinas van cada vez más lejos, hasta llamarse Justine… No tener derecho a un nombre, ser una y múltiple es aceptar, en definitiva, que en nuestras relaciones con los otros estamos sujetos a la variabilidad de su juicio, de su consideración arbitraria, vivir en un no-ser nosotros, sino en una perpetua y mutable construcción, en un ser-para-el-otro.

Lo más aterrador, lo más repulsivo es reconocer en esa mirada que Michel le dedica a un pedazo de plástico, la mirada que tu has visto a veces en quienes te han cortejado, o reconocer en esas palamadas en el culo, en ese: -eres mala, ¡mala! La ira de quienes a veces te han culpado, o reconocer en ese afán de vestirla y ponerla guapa para charlar el enfasis de tus amigas por acicalarse antes de salir… Y así hasta el infinito. Porque en todos los ejemplos que Berlanga desarrolló, meticulosamente, escena tras escena, podemos reconocernos y reconocer a algunos de nuestros conocidos. Incluido ese horrible bebé inocente que mama de ella por instinto, y que viene a decirnos, esto es inevitable, forma parte de la condición humana.

Lo más sublime es eso. Descubrir en la mirada de Berlanga que todos somos muñecos para los demás y que eso son los demás para nosotros, muñecos. Muñecos que se defienden del rol impuesto, que pegan, lo dice la mujer de carne y hueso violentada, que se resisten a ser clasificados, poseídos, cosificados convertidos en objetos de deseo o de saña, al margen de nuestra voluntad real. Y esto duele, saber que incluso ser de carne o ser de plástico da igual, todos acabamos apresados por lo que se espera que seamos, si es que esto puede ser independiente de lo que somos.

Berlanga viene a decirnos, entendiendo que esta es mi lectura y puede que me cueste un bocado, que sólo podemos ser libres, renacer a una especie de bautismo en el mismo momento en que nadie proyecta sobre nosotros su mirada. Y que ese instante es muy breve, diríamos inexistente, porque incluso en el pequeño fotograma en el que por un segundo nadie la mira nosotros seguimos ahí jueces impasibles de su condición inhumana, como espectadores.

Acabaré con el fabuloso inicio, para no fastidiaros el final. Michel recibe el paquete, grande como él, y se va a su gabinete a desenvolverlo tranquilamente, en penumbra. Allí, en un plano magistral en plan velatorio abre la caja dándole la vida al sueño. Al abrirla suena una maravillosa música erótica y se hace la luz, Michel por este orden, le retuerce amorosamente los pezones, comprobando su sexo, le entreabre los labios, comprobando su salud, y examina su manual de instrucciones, eso que todo hombre desearía tener a mano cuando conoce a una mujer (y viceversa).

El manual es simple, una foto desplegable, como los desnudos del Interviú de los años 70. Sin texto, sin letra pequeña, la mujer representada, fin y confín en sí misma, empieza donde acaba lo que ves. Y entonces Michel sonríe, y se sirve una copa, brinda con ella, incrédulo, afortunado.

Sin imaginar que lo temido no emana del objeto, sino del sujeto que lo percibe.

INTENTANDO MIRAR SIN SER VISTA…
TREMENTINA LUX

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