¿Quién no ha tenido alguna vez un sueño despierto, quien no ha fantaseado una locura? Piensa en… en un maníaco que se enamora, qué sé yo, de una prenda de ropa interior sucia; que a fuerza de ruegos, de amenazas, desdeñando todos los peligros, adquiere ese miserable trapo idolatrado. Cosa rara ¿no? Un hombre que simultáneamente se avergüenza del objeto de su codicia y lo adora más que a todo en el mundo, un hombre dispuesto a sacrificar la vida por ese amor, pues experimenta quizá sentimientos tan vivos como los de Romeo y Julieta… Hay casos así ¿no es cierto? Tú comprendes entonces que deben existir cosas… situaciones que nadie se ha atrevido a materializar y que el pensamiento ha engendrado por accidente, en un instante de desvarío, de demencia, llámalo como quieras. En la siguiente etapa, la idea se materializa. Eso es todo.
Estupefacto con la garganta seca, repetí:
– ¿Eso es todo? – La cabeza me estallaba. – ¿ Y la estación, qué tiene que ver la Estación?
– Se diría que te niegas a entender – gruñó Snaut, observándome-. He estado hablando de Solaris, sólo de Solaris, y de ninguna otra cosa.
Stanislaw Lem. «Solaris»
Es una chica, joven. Pasea por el campo, hay trigo, muchas gramíneas, pero ella no es alérgica, la alergia es el fruto de la decepción. En un patio tres hombres se afanan por encordar un enorme y antiquísimo tonel de vino. Es tierra de vinos. Este tonel es un clásico, pero lo han restaurado con barnices y esencia de Trementina, ahora parece nuevo.
El tonel es tan grande que no entra por la puerta de la casa. La casa tiene muros de piedra y amapolas que nacen del vacío entre las piedras, siempre nace algo bello de la nada. Los hombres no han tensado las cuerdas y se aflojan tanto que será imposible izar el tonel así, hasta el primer piso, el balcón, lo más alto. Algunos paisanos empiezan a curiosear.
La chica está ahí, pensativa. Piensa en las cuerdas, en las cinchas, en la dificultad de atar algo curvo y hacerlo resistente a los envites de la vida, a ser apedreado. Al fin ella se acerca y se dirige a los muchachos. Uno de ellos es guapo, fornido, atento. La escuchan, no se sabe por qué. La chica joven, que no los conoce de nada, dirige las ataduras, dice: -así, ahora tensa, ahora pasamos la cuerda por aquí, ahora, levantadlo, eso es, fuerte, y ahora la cruzamos, perfecto, y una vuelta más, que no se escape, otro nudo, eso es, ya está, resistirá, resistirá.
Luego les ayuda a llevar el tonel hasta la base del balcón. En ese balcón se escucharon canciones de amor cortés, trenzas por las que treparon ingratos amantes. El muchacho fornido espera arriba junto con otro hombre, confían en ella, la desconocida. La chica les pone la escalera, les proporciona una vista común, les indica como ejercer la fuerza en la tarde en que entre todos suben al fin el tonel a lo más alto. Las piernas les han temblado. Las muchachas casaderas han salido a los alféizares a aplaudir a los muchachos, hay vítores y amores tempranos.
El tonel está en su sitio y la chica joven se aleja en silencio de la casa con paredes de piedra donde nacen las amapolas hijas del vacío. El muchacho, seguro de sí mismo, le aprieta el hombro, a la chica discreta que ya se iba, y le ofrece una copa de buen vino antes de que salga la luna tan llena llena que el crepúsculo se ha quedado indefenso.
Ella piensa entonces que la poesía está en todas partes, incluso en ese miserable tonel idolatrado, en su interior sucio, en esa panza que nadie se ha atrevido a materializar cubierta de telarañas y gusarapos. Brindan y caen las cuerdas que ataban los pies, dicen gracias al caer. El día funde en negro, el pensamiento, el desvario.
TREMENTINA LUX
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