Quién soy y qué hago

Soy TREMENTINA LUX, soy artista plástica, teórica y práctica de la comunicación audiovisual y los estudios de género. Pinto, escribo, leo, locuto, diseño, fotografio, reflexiono y analizo. Todo esto, sobre todo, me hace evolucionar como profesional y como persona, me motiva y me divierte. Creo este contenido para ti, que me lees y para mí, que también me leo. Soy del mundo y vivo en Valencia.

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Nacer

La semana que escribí la entrada anterior leía una novelita de Luis Racionero comprada en el supermercado más cercano a la aldea en la que me encontraba, en gran parte incomunicada. En la novelita ambientada en el moderno Egipto, Racionero, experto en estética taoísta, lanzaba una hipótesis que me hizo pensar.

Viene a decir algo así como que el ser humano, lejos de ser un animal evolucionado es un animal cuyo cerebro ha crecido tanto en tan poco espacio que ha visto apretujadas sus capacidades, por eso dicen que utilizamos sólo un 10%, y por eso siguiendo este hilo narrativo las mujeres, cuya masa cerebral es discretamente menor, somos más intuitivas que los hombres. Tenemos más espacio para que fluyan las sinapsis en las autopistas neuronales.

Por eso entre nosotros los espacios de la comunicación han desaparecido, oprimidos, y es por ello que somos el único animal que no se entiende con los suyos mediante conexiones supraverbales. El único animal idiota que requiere de un idioma que aprende tarde y con tales variables dialectales que hace dificil, sino imposible el entendimiento con los suyos. En la naturaleza los seres siguen utilizando métodos de comunicación suprasensorial, los peces se transmiten las direcciones, los árboles los peligros, las aves las alegrías, hasta los gatos nacen sabiendo comunicarse. Están conectados consigo mismos y con su entorno, sin necesidad de hablar, sin necesidad de preguntarse por el sentido de la vida, porque la vida, es el sentido.

En esta teoría el lenguaje se convierte en esa prótesis, tan loada, que lejos de legitimarnos como seres desarrollados nos convierte en verdad en auténticos ignorantes.

La semana que escribí la historia de M. esa mujer que pierde a su hijo a los 7 meses, una persona a la que amo profundamente sufría algo parecido. Yo no lo sabía. Pero la fuerza de la letra fue tal que no comí en días escribiéndolo, hasta que estuvo acabado. Y la firmeza bestial con la que aquello salía de mí, esa necesidad rabiosa y decidida, sin tregua, me asustaba, -¿Porqué sale esto, así? -me preguntaba sin poder dejar de escribir, sin importarme. La fuerza del dolor fue tal que ví a M. salir resucitada, de entre las piedras y llenarse de tinta en la página: la dibujé. Tan excepcional fue todo, que la dibujé.

Yo no lo sabía, no sabía esto, lo de mi amiga amada. Lo supe ayer. Y pensé que tal vez algo en mi, aislada como estaba en aquella aldea, sin móviles, ni internet, ni tecnología alguna que no fuera la del alma, conectó con ella, con su sufrimiento, con sus gritos extenuados, con su angustia y su ira, y su rabia y su sentimiento maldito de culpa e impotencia, con ella, vacía. Hasta tal extremo que en las mismas horas en las que ella perdía a su hijo a cientos de kilómetros de distancia, yo creaba esa ficción sobre una mujer fuerte, valiente, que regresa de la tumba para seguir viva, después de todo, para contarlo.

No es la primera vez que siento, presiento y conecto en la lejanía con las emociones de los seres a quien amo, y aún así no puedo explicarlo. Intentar hacerlo es otra historia. Sólo sé que las palabras y los abrazos en silencio son ahora la fuerza bruta que nos mantiene vivas.

El libro de Racionero no es muy bueno.
TREMENTINA LUX

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