Quién soy y qué hago

Soy TREMENTINA LUX, soy artista plástica, teórica y práctica de la comunicación audiovisual y los estudios de género. Pinto, escribo, leo, locuto, diseño, fotografio, reflexiono y analizo. Todo esto, sobre todo, me hace evolucionar como profesional y como persona, me motiva y me divierte. Creo este contenido para ti, que me lees y para mí, que también me leo. Soy del mundo y vivo en Valencia.

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Me gusta más que desayunar olerte…

Anton Chejov, dramaturgo nacido en 1860 y Olga Knipper una de las actrices principales del Teatro del Arte de Moscú que puso en escena Las tres hermanas y El jardín de los cerezos, mantuvieron durante su vida una extensa, (más de diez tomos en la última edición rusa) y entrañable correspondencia.

La edición, traducida al español que ayer tuve en mis manos, está inundada de ternura, de telegramas breves y epistolarios largos, de ausencias y presencias benefactoras creadas a través de la palabra precisa.

Son cartas íntimas donde la persona supera al personaje y en las que se vive de primera mano la evolución de la relación que mantuvieron. Chejov y Knipper pasaron de la admiración mutua a un romance marcado por las largas separaciones, una historia bellísima que finalizó años más tarde en Alemania, en un balneario al que habían acudido juntos cuando Antón, tras beber champán alegremente, murió en los brazos de Olga.

Antón debió de preferir oler a Olga que desayunar con ella, olerla, sin nariz. El frío de la estepa rusa y los largos desplazamientos ferroviarios hicieron que «cada caricia fuera un gran hotel». Imagino el olor de las sábanas calientes de sus mañanas y los edredones revueltos, los huelo, con la magia de la letra, los aspiro sin nariz.

Confieso que tal vez me gusta practicar una suerte de voyeurismo literario. Adoro leer las cartas de Vincent a Theo, las de Charles Baudelaire a su madre, las de Freud a sus múltiples destinatarios o los diarios de Nietzsche a su hermana, los grandes así, se convierten en personas… valga la redundancia, humanas.

Conocí a Sergio Algora en el mismo sitio que a Nacho Cagiga, frente a una retractiladora, en un teatro donde los tres éramos temporalmente marionetas de gran almacén. Sergio aprendía a retractilar cds, Nacho películas de vídeo, y yo, libros. Retractilar era lo mejor que se podía hacer en aquel burdel. Entrabas a retractilar allí, un domingo, de once a nueve, lejos de la marabunta psedudoculta disfrazada de publico guay y por un momento disfrutabas de las voces de Sergio, que fue un gurú de la poesía y la música, y de Nacho que ahora ha publicado un libro sobre Mamet en Akal y dirige un profesionalísimo blog de cine llamado Shangri-la.

A ambos les perdí el rastro personal hace mucho y me hubiera gustado, tal vez, mantener una cierta correspondencia al estilo decimonónico con ellos antes de tener noticias malas en un caso, buenas en otro, a través de los medios.

Puedes enamorarte de alguien por su forma de poner las comas, de escoger las despedidas o de retractilar, (plastificar al vacío para los neófitos, vamos, dejar sin aire la cultura y convertir en reponedores a sus productores), un disco, un libro o un cd, incluso y sobre todo, como venimos comentando en la tertulia de Lydia, por su olor, olerte sin nariz, con el olfato interior.

Así que ya veis, huyo de los aires acondicionados porque los considero un mecanismo de control sobre la libido humana en verano, un estropicio para el olfato, un despropósito de socialización, una Siberia del sexo. Busco el calor de la palabra capaz de plantear el difícil acertijo que nos permita empezar y el olor a café con leche y cereales de un desayuno con Chejov.

Como diría Charles Baudelaire,

Os quiero y os beso.
TREMENTINA LUX.

Por cierto, las frases más felices de este post son obra del Niño Gusano.

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