Quién soy y qué hago

Soy TREMENTINA LUX, soy artista plástica, teórica y práctica de la comunicación audiovisual y los estudios de género. Pinto, escribo, leo, locuto, diseño, fotografio, reflexiono y analizo. Todo esto, sobre todo, me hace evolucionar como profesional y como persona, me motiva y me divierte. Creo este contenido para ti, que me lees y para mí, que también me leo. Soy del mundo y vivo en Valencia.

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London oister exciting

LONDON: THE MOST OYSTER EXCITING

Cada vez que alguien es considerado una partícula extraña, dentro del cuerpo suave de la ostra se produce una actitud defensiva y con los años se forma una nueva perla negra en el cielo londinense. Una perla siempre sin excepción engarzada en un collar de actitud cohercitiva, opresora y vigilante.

I
La tenor ha salido al balcón, viste de organza blanca, su boca adquiere una posición oval, cabría en ella una rosa y sus espinas. Tiene una presencia sacrificial y un rostro nórdico. Canta. Está en un templo egipcio, columnas y capiteles, esfinges, flores de loto y polietileno. Los adoradores suben y pasan de largo sin escucharla, buscan las hornacinas para el rezo, deidades del consumo moderno, los siervos de Gucci, las vestales de Prada, monaguillos de Chanel. A la altura de las ingles de la tenor hay una TFT publicitando una depiladora electrica, a su izquierda dos maniquies con bolsos de Ferragamo, frente a ella una marea humana de todas las razas, lenguas y colores asciende en armonía unida por la religión capitalista, son arquélogos de los saldos, descubridoras de las ofertas, desenterradores de railes de ropa a 30 libras. Abandono el lugar fascinada por el estadio más Kitsch que mi mente puede albergar sin caer en el Sindrome de Sthendal. Relato surrealista? No.. Harrods en rebajas.

II
La noche atlántica se hace sobre las piernas sin medias. Respingos de enormes manos anglosajonas se ceban en la caricia de la nalga y el pulgar erecto juega al sube y baja. Las pintas se derraman en las aceras y en los bares una moqueta de cristal troceado cruje bajo las botas en la fiesta australiana. Pieles blancas, música latina, carnes desinhibidas, impúdicas, gritonas, minifalderas. Las camaras vigilantes se magrean en las esquinas y giran su cabeza de voyeur canalla siguiendo el rastro de una mujer que se pierde tras los patos laqueados. Despacio, al frente, se acerca un automovil a paso humano. Sobre su techo un falo giratorio de grandes dimensiones finaliza en un glande esférico a modo de globo ocular. Es una cámara movil que escruta la juerga. Aparta a su paso a los borrachos. Es gris. Obsceno. Se camufla, se confunde, su brutal observancia de los comportamientos humanos bebidos en ocio nocturno y sexo a deshoras se ampara en el supuesto tranquilizador de la vigilancia del tráfico. Deliro Orwelliano? No, Sábado por la noche en el Soho.

III
La luz fuera es cinematográfica, el reflejo del sol en el Tamesis es de una belleza tan poco habitual que confunde las pupilas. Por la noche la penumbra en los puentes es sublime. Dentro del cuerpo suave de la ostra, está el metro, perseguido por sus arterias. La línea amarilla ha quedado fuera de servicio, la verde interrumpida hasta Baker Street, la rosa no conecta Paddington con Hammersmith, la azul es una orgía de civilizaciones apretujadas, la marrón se desvía en sentido contrario según informa un mensaje de rotulador en un improvisado papel. Es una gimkana tejer los enlaces para llegar hasta Aldgate Est con la oystercard. El Gatwick Express que pasa cada 15 minutos tardará 30 en llegar, lo dice el display luminoso, el Stansted express está off y en el aeropuerto nada de líquidos, sólo una bolsa de mano, dos cámaras fotográficas al entregar el checking y please, a la humillación con cortesía, put your shoes here. Puntualidad y educación británica? No, mercadotecnia cultural.

IV
Londres está cambiado. Nada que ver con aquel Londres donde tuvo lugar la primera antiglobalización, tan naif, tan ingenua. Desde una mirada personal fundamentada en la alteridad Londres sigue siendo la ostra, pero era más fresco antes de que todo sucediera. El todo de la agenda pública, el todo del que todo el mundo habla. Ese todo absolutista ha conducido a un Londres controlado, escudriñado por miles, millones de cámaras, dentro y fuera, en los no lugares e incluso en los lugares íntimos, perlas negras mal disimuladas. La ciudadanía temerosa se ha convertido en cómplice de su propia vigilancia. Se desea la seguridad a costa de tener ojos para mirar a los otros, sin ser consciente de los ojos mecánicos miran sin discernir, sin presuponer la inocencia, sin respetar la libertad a no ser grabado, registrado, monitorizado mientras besas, paseas, bebes, sospechas, hablas a favor o en contra, compras, duermes o te expresas. El caos circulatorio del transporte público conduce a un pánico latente y a un malhumor manifiesto, los tuneles se abren y se cierran a diario generando una sensación de dependencia hostil de la burocracia, de indefensión ante el sistema. ¿Quién hay detrás de esas pupilas omnipresentes, anónimas, todopoderosas? ¿Quién utiliza esa mirada no consentida, justiciera… y para juzgar qué? ¿Es eso la seguridad?

Quizás por eso no hay apenas graffitis, ni tribus, ni músicos en el metro, ni espectáculos callejeros. ¿Hay miedo a expresarse, ¿tal vez? ¿Han ido desapareciendo tan paulatinamente que nadie lo ha notado? ¿Están y no lo he sentido? Candem se ha transformado en un atractivo turístico estructurado donde se venden plagios, el oligopolio de las grandes firmas del diseño avaladas por volúmenes de compras millonarias está acabando con la creatividad a pequeña escala. La población está excitada y se mueve veloz, pero no fuma en ningún interior, la población es disciplinada y víctima en potencia de la industria del control, la seguridad y la obediencia, el gran negocio en cifras del S. XXI.

Es posible y agradable pensar que la Tate Modern, capaz todavía de autocuestionarse, (es emocionante ver la permisividad hacia la recuperación de la figura de las copistas, en un sitio donde un rotulador es un arma, los bancos frente a los Rothko, la grieta de la duda como factor clave del pensamiento, la ausencia de arcos y cacheos) y otros espacios urbanos más suburbiales sean la reserva espiritual y humana de un Londres Orwelliano, que sólo conseguirá renovar su libertycard a través del arte entendido como vida.

Es necesario que Londres salga de la costra de terror fáctico, casi paranoide en que está sumida y vuelva a ser la ciudad excitante, libre, viva y sorprendente que era. Tal vez debería enfocar sus cámaras al continente y tomar nota de esos modelos de ciudades donde aún prevalece un clima de confianza humana, presunción de inocencia y propulsión creativa, Barcelona, Colonia, Gante, Amsterdam… en lugar de seguir buscando su reflejo deformado y deformante, al otro lado del charco.

Where is my lovely London, please?

TREMENTINA LUX

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