«Las órdenes de vmd. me encantan, y el modo de darlas es más amable aún; haría vmd. amar el despotismo»
El vizconde de Valmont a la marquesa de Merteuil en Paris.
Las influencias son siempre para las personas empáticas el quit de su cuestión. El espíritu esponjoso tiene una tendencia innata a observar, succionar y probar lo mejor y a veces lo peor de aquello cuanto le rodea. Paradójica, como es la mente humana, las influencias, de dos en dos o de tres en tres, suelen remasterizarse y salir de pronto por donde una menos se lo espera. Con el tiempo lo bueno es que aprendes a esperar y a esperarte cualquier cosa.
Este fin de semana, el de la música, me ha dado por aislarme de ella escuchando tan solo, como prometí en la tertulia de Lydia ese tema que tanto me fascina «Todo lo que nos gusta nos va a matar mañana» y deseando en su tarareo seguir viva para encontrar nuevas razones placenteras con las que derogar, cuanto más tarde mejor, la vida.
El sábado vi «El incidente» de Shyamalan y entre siesta, revoloteo y algún que otro Martini blanco he andado leyendo ese prospecto de poesía analítica titulado «El pensamiento negativo». Aún no tengo sobre él una opinión claramente formada, aunque a mi parecer ese compendio de dogmas, estilísticamente bien resuelto en textos breves sin el compromiso que el largo recorrido exige, cuajadito de figuras retóricas de maestrillo, sorprendente a tramos aunque algo plano en general, funciona bien en las distancias largas, regular en las distancias medias y resulta muy, pero que muy problemático, en las distancias de nariz a nariz, es decir, supracortas como un estornudo.
Ayer, estuve en la playa a pleno sol, pero había tal masa humana acrítica que no cupe. La arena era una textura de carne, el agua una infusión de compresas y el aire un mejunje de aceite de coco. Así que hoy, noche de San Juan, vista la asimilación de las ínfulas de prepotencia disfrazada de impotencia no tengo previsto acudir a quemar ninguna hoguera, ni a mojarme los pies más allá del sudor compartido de mi cama, ni a ver la luna más allá de mi balcón, hoy si, solitario. No lo haré, no vaya a ser que me entren ganas de gritar de miedocridad y desear que la playa entera acuse ese horripilante estatismo y balbuceo previo a la autolesión que Shyamalan augura.
He hecho sin pretenderlo, un cóctel megaplof. Anoche mientras los seleccionados escribían una historia diferente yo me jugaba las letras en este blog y ya de madrugada, con el retardo propio del TDT en las ventanas del barrio la multitud vitoreaba, no se muy bien qué, si el nacimiento de un poeta o la belleza de la palabra gol, tan sencilla, tan fácil de pronunciar, ¿verdad?
Hoy para llegar al mar de la Malvarrosa a la media noche será necesario transitar en la oscuridad pisoteando sin saberlo fulgurantes caderas y traseros enarenados, será condición necesaria torturarse los pies con litronas y medios besos, esquivar amantes enroscados en el fuego de sus colillas, sortear radios retozando en las orquestas y skylines de papel de plata, bocadillos y chancletas, toallas de koalas, maderos, brasas y hasta quintales de bragas, vamos, un alarde de magia.
Juntos el enemigo interior que Shyamalan nos propone con tanto acierto, (es terrorífico saber que serás tu propio asesino inminente) y el manual de negativismo Mejidiano la convierten a una en un ser antisocial, con deseos antimultitudinarios, empeñada en diseminarse en pequeños grupos de afecto básico donde la ira no alcance a las palmeras y los neurotransmisores no dejen en agua de mar el instinto de supervivencia.
El pensamiento incómodo, espabilante y la huída imposible del lobo que cada uno lleva dentro de si mismo se confunden hoy en una sola conclusión: si eres de piedra pómez, ándate con ojo antes de sumergirte en letras procelosas y visiones apocalípticas, no vaya a ser que acabes amando el despotismo.
FELIZ SAN JUAN Y A DESEAR, DESEAR CON MAYÚSCULAS.
TREMENTINA LUX
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