«Toda voluntad que se obstina constantemente en alcanzar lo inalcanzable y en hacer posible lo imposible, logra en el arte y en la vida un irresistible poder.» Stefan Zweig. «Retrato de Toscanini»
«Amo al que pretende lo imposible» Fausto, 2ª Parte.

Dos post más abajo era tajante aseverando que “El día en que entre en mi casa un piano de cola saldrán de mi vida todos los hombres”
Tal vez sea hora de rectificar. Y no es que sea sabia, es que soy humana.
J. es un colega de profesión. En uno de los lugares que frecuentamos hay muchas puertas. La mayoría de ellas se abren con llave, o están cerradas bajo ella. A veces J. está en el mismo restaurante que yo, a la misma hora, pero lo evito, evito comer con él. No suelo evitar a nadie. Evito a J. porque J. es puro sexo. J. transpira tanto sexo que cuando me he sentado a comer junto a él, el arroz y la ensalada y el postre me saben a testosterona. J. es un hombre atractivo, pero no exageradamente atractivo, es alto y tiene una voz grave aunque suele utilizarla para proferir tonterías. Pese a todo J. tiene un considerable status que sin duda contribuye a que la mousse de chocolate carezca de interés cuando me veo en la obligación de comer junto a él.
Nos han presentado varias veces. Apostaría a que nos han presentado unas cuatro o cinco veces y siempre fingimos no conocernos o conocernos solamente de vista. Siempre que personas comunes nos preguntan – ¿Os conocéis? Fingimos ignorar los nombres y todo lo que a nosotros se refiere. Falso. No sé que motivaciones le llevan a negarme, supongo que se trata de la respuesta más inteligente a mi inverosímil y recurrente negativa, una actitud la nuestra que ya empieza a oler a deflagrante ironía, vamos que la mentira nos estalla en la cara.
Yo no sé si os ha pasado esto alguna vez. Encontraros frente a alguien así. Alguien con una apariencia normal, que convive con normalidad sin saber que cada vez que se mueve quema el aire a su alrededor.
Hoy durante la charla en el café junto a un nutrido grupo de colegas con los que mantengo una, casi diría entrañable amistad, presumía de iniciarme en el piano. Presumía de los cambios que experimento en mi estructura neuronal. Presumía de ser ya capaz de leer un texto de dos líneas en una sola, como las partituras, presumía de mirar más al cielo que al suelo, de acostarme todas las noches tras haber practicado largamente en un discreto teclado y presumía de que esto me proporcione placenteros sueños que no viene al caso relatar aquí. Presumía incluso de notar como mis dedos se desperezan y mis manos renacen a una nueva forma de tocar, de coger o de acariciar, de acariciar, dejémoslo aquí. Y me reía de tanto presumir, mientras también hablábamos en serio de Stefan Zweig y la brutalidad de “Carta de una desconocida” texto que nos tiene enganchados y que Ophuls filmó con maestría.
J. que inevitablemente estaba allí hoy, presumía a su vez de haber leído un libro “Los amores imposibles” o “Los amores inverosímiles”, o “Los amores no sé qué…” (no puedo prestarle atención a un sexo parlante, discúlpame J.) que le había gustado, creo que le había gustado.
En esas estábamos, hablando de fumar o de dejar de hacerlo, cuando de repente J. que llevaba calladito un rato mirando a la chica de la mesa de al lado, hábilmente repantigado en su silla como quien no quiere la cosa, con las piernas bien abiertas al sol mediterráneo, con las gafas oscuras cubriéndole las segundas intenciones y envuelto en una almendra de sexualidad mística, me mira fijamente con su entrepierna y me espeta:
-¿Sabes que aquí hay un piano? Aquí. (Silencio)
Y trago saliva porque leo que ha interpretado de donde proviene la fuente de mi placer y eso es lo que me está proponiendo. -¿Quieres ver el piano? Y sigue -Tengo la llave de la puerta, sé donde hay aquí un piano y sólo yo tengo la llave. ¿Quieres tocar ese piano? Nadie lo toca. Vamos a verlo. ¿Quieres verlo? Y apura el café de un trago haciendo ademán de levantarse y yo me trago mi ingenuidad y pienso: -Este tipo tiene recursos para todo, este tipo es capaz de sacarse un piano del camal para seducir a lo que se le ponga por delante… Y el café me sabe a delicuescencia, que no sé lo que es pero me viene fonéticamente al pelo, el café me sabe a que entramos y de repente tras esa puerta soy capaz de ponerme a Mozart por montera y echar perder las partituras y desdecirme: El día en que le siga el juego a J. me caben en la vida un piano y más de un hombre a la vez.
¿De cola? Pregunto. -No. Responde torpemente, como pillado en falta, -No, electrónico… ¿Quieres verlo?
Antes de despedirnos J. se ha girado sobre sus tobillos para guiñarme algo, (no sé qué me guiña porque insisto, es todo sexo y no puedo distinguir) y exclamar con su voz grave otra delicuescente frase: -Recuerda, cuando quieras me lo dices (pausa, voz engolada) y te enseño mi piano…
-Sí, otro día, sí, claro…
Creo que volveré a fingir no conocerle, es mucho más interesante ver la cantidad de recursos que despliega cada vez que nos presentan, otra vez. Gracias J. por este post.
TREMENTINA LUX
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