Quién soy y qué hago

Soy TREMENTINA LUX, soy artista plástica, teórica y práctica de la comunicación audiovisual y los estudios de género. Pinto, escribo, leo, locuto, diseño, fotografio, reflexiono y analizo. Todo esto, sobre todo, me hace evolucionar como profesional y como persona, me motiva y me divierte. Creo este contenido para ti, que me lees y para mí, que también me leo. Soy del mundo y vivo en Valencia.

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EL ÁNGEL CAYÓ

Santa María Della Salute es una preciosa iglesia barroca del S. XVII situada a la entrada del Gran Canal, en lo que se conoce como la Punta della Dogana, por supuesto, en Venezia. Famosa por su cúpula monumental rodeada de ángeles y volutas de marmol, posee además, en su interior valiosísimas obras de Tiziano y Tintoretto. Durante varios siglos disfrutó de ‘buena salud’, pero en el S.XX comenzó a acusar un serio estado de abandono y los ángeles, comenzaron a precipitarse, sin previo aviso, sobre curiosos, fieles y paseantes. Cuentan las crónicas que en 1970 Arrigo Cipriani propietario del Harry’s Bar, en cuya planta baja Hemingway tomaba sus dry martinis, colocó en la puerta Della Salute un cartel con este curioso aviso: ‘Cuidado: caen ángeles.’
John Berendt, en su novela ‘La ciudad de los ángeles caídos’ se hizo eco de este suceso y también de una curiosa actitud vital que me sirve perfectamente para enjabonar este post: ‘ En Venecia todo el mundo actúa. Los venecianos nunca decimos la verdad. Queremos decir exactamente lo contrario de lo que decimos.’

Este post habla de eso. Primero, de los ángeles caídos, entendiendo por ángeles esas creaciones que acaban en el ostracismo de una acera, si son de mármol, o en la invisibilidad de un cajón, si son de imagen o de letra. Y segundo, de la capacidad de decir exactamente lo contrario de lo que se dice o de vivir sin hacer lo que creemos que es vida.

Animada por mi editor, os muestro en este post el curioso caso de un ángel caído, no al suelo, sino en el exilio de una cubierta de libro, y os cuento su historia, en paralelo a la historia de otros casos de creaciones inéditas, ese gran volumen de piezas cuyo valor añadido consiste en su poder de resucitación del genio.

El texto para el que recibí el encargo de realizar una imagen de cubierta se titulaba ‘The lost paradise’ de Cees Nooteboom, eterno autor a las puertas del Nobel. Narra una historia de amor entre dos personajes expulsados de sus propios paraísos, Erik, un viejo crítico literario y Alma, una joven brasileña de ojos claros. Años después de su primer encuentro coinciden casualmente en un balneario austriaco y Erik descubre que Alma es aquella chica vestida de ángel que le tanto le impresionó en Australia. Con referencias constantes a figuras como John Milton o Baudelaire y al arte contemporáneo, Cees Nooteboom plantea cuestiones sobre la identidad y el amor entre seres de diferente naturaleza. ¿Es posible el amor entre un ángel y un humano?
La premisa para la creación de la cubierta partió de una preferencia de Marketing: se buscaba algo diferente a las portadas internacionales que trabajaban para este título, imágenes clásicas de la Anunciación. En concreto, se partía de la idea de realizar una imagen en clave alta que presentara un primer plano de una mujer atractiva, etérea, con los atributos propios del personaje, vestida de ángel, algo similar al evocador y delicado anuncio de una conocida marca de perfume. El casting no fue sencillo, pero al final encontré a la Alma perfecta, morena, voluptuosa, de hechizadores ojos verdes, y lo más valioso, dispuesta a sufrir con buen humor las inclemencias de una larga sesión fotográfica, medio desnuda en pleno invierno, soportando focos y extrañas posturas con un par de kilos de plumas en su espalda, mientras su ex-novio preparaba una deliciosa Fideuà, así de duro es el trabajo aquí, en la terreta.

El resultado fue bueno. Al visionar la sesión y tomar decisiones tuve que modificar únicamente la mano que le da la vida, el roce de Erik, el climax de la historia, y posicionarla al estilo Buonarrotti, porque, por un curioso efecto del objetivo, la mano original parecía diminuta y en una postura semioticamente pobre. Eso y un poquito de retoque y postproducción hicieron el resto. Mi ángel estaba listo, aunque debo decirlo, yo tenía mis fundadas dudas de que el resultado fuera aceptado por una cuestión: el ángel performer, en la novela de Nooteboom, está en un ambiente urbano, sucio y degradado, y además, nunca muestra su rostro. Paradójicamente una belleza que podía redundar en las ventas, traicionaba de plano el clima narrativo del texto.

Pasaron los días, la editorial estaba satisfecha con el resultado, pero el autor y su agente se pronunciaron en contra y dado su peso específico, esta opinión fue determinante. A veces, debido al alto nivel de exigencia y la especialización profesional de todas las partes, el consenso es complicado. Había que buscar otra alternativa y la consigna fue: ‘sabemos lo que no queremos, a partir de aquí, barra libre…’
En esos momentos el proceso creativo se vuelve delirante. Abortar todo el trabajo previo, primero genera un estado de malhumor, después un resquicio de ‘a lo mejor puedo aprovechar algo’ y por último un sabio: ‘al cuerno, vamos a darle la vuelta a la tortilla’. Llegados a este punto es necesario redescubrir en el manuscrito otras claves gráficas vitales. Así pasé de la explicitud a la sugerencia, de la clave alta a la clave baja, y del protagonismo absoluto de la figura humana a una naturaleza muerta. Es decir, me dediqué a buscar cajones abandonados en rastros y vertederos hasta dar con ‘el verdadero cajón australiano’ que contiene las plumas, a modo de pista, del ángel caído, y desplumé pollos y gallinas hasta encontrar la pluma más fotogénica. Y después busqué la belleza de la textura cementosa, en garajes y tejados, es decir, visité cielo e infierno, el ultramundo y el supramundo urbano hasta conseguir mediante luces rasantes y mucha paciencia, el paraíso deseado. Y luego, al final, me vestí de ángel y me subí a unas escaleras y me convertí en piedra, mientras disparaba el automático, pasando frío y mirando a la luna, fue un obligado ‘yo me lo guiso, yo me lo como’, cuando los recursos escasean y la urgencia apremia, el ingenio, aumenta. Todo este montaje dio como resultado lo que el propio autor holandés consideró como ‘La más extrana (con n) portada que jamás había visto en su título, pero, me agrada’, dijo.

A ese título le tengo mucho cariño, por varias razones. El resultado fue bueno y peleado, y luego tuve la suerte de dedicárselo en un trueque de firmas, a alguien a quien admiro y que por aquella época, ahora lo se, tuvo que lidiar con su propio ángel caído.
Es la invisibilidad de los inéditos. Hay obras inéditas, actitudes inéditas y personas que viven su vida de forma inédita, es decir, sin publicarse nunca. A menudo tenemos la suerte de contar con el descubrimiento de fragmentos y obras de figuras geniales, o no tanto, a quienes deseamos seguir disfrutando. Las obras inéditas cuentan con el factor sorpresa, con las virtudes de la imperiosa novedad venida de ultratumba, de cuando ya todo parecía imposible. Es el caso de Dylan, o de Oasis, o de algunas cartas de Lorca o Lovecraft, o de algunos cuadros de Dalí, Goya, Picasso, el Greco y de textos de la gran María Zambrano, Norman Mailer, Kafka o de Roberto Bolaño. Y eso, nos emociona.

Descubrir esos ángeles ocultos pasa por ser un milagro, como sucedió el día en que una paloma se adentró por un hueco de la cúpula de la Catedral de Valencia y dio a los restauradores la pista para sacar a la luz los maravillosos e inéditos ángeles pintados al fresco por Francisco Pagano y Pablo de San Leocadio hacia 1472.

En fin, ya veis, hasta hoy este ángel que encabeza el post ha estado metidito en su cajón, así que la asociación no es nada gratuita. Si podéis, sacad el ángel que lleváis dentro y levantadlo, aunque no tengáis claro su sexo, para que alce el vuelo con las plumas de la visibilidad y nos permita gozar.

Alguien se viene a Venezia?
TREMENTINA LUX

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