Esta semana he estado componiendo un texto con el sistema de tipos móviles que inventó Gutenberg hacia 1450. El texto no era mío. Es un texto de un amigo que tiene el «don de la palabra precisa». Su canción, montada con las piezas fundidas en plomo, estaño y antimonio, pesa aproximadamente cinco kilos y he tardado más de doce horas en tenerlo listo para pasarlo a prensa y estamparlo sobre las ilustraciones.
El sistema de tipos móviles actualmente sólo se utiliza para la creación de libros de artista. Es un oficio complejísimo y en extinción que no ha sobrevivido, fuera de los museos, a la tecnología digital. El valor añadido de elegir hoy este sistema anacrónico suele estar justificado por la experimentación artística, como demostró la Bauhaus. Confiere a la tipografía la belleza del entintado manual, del golpe seco de la plancha sobre el papel y la autenticidad de lo ajeno a las prisas mediáticas: tiempo y dedicación.
Ahora valoro mucho más el uso racional de los adjetivos. Por su peso en plomo. Cada tipo móvil es un carácter invertido especularmente. Los espacios son de plomo y las interlíneas, también. Hasta el blanco se traduce en tiempo y gramos. Los silencios, es decir, el relleno entre un mensaje y el siguiente, son las piezas más pesadas y difíciles de encajar, en ellas está el secreto de la unión perfecta, sin fisuras.
Las familias de tipos están guardadas por orden, no alfabético, en un comodín. Cada cajón puede pesar más de diez kilos y contener miles de caracteres, los necesarios para imprimir el Quijote. Digamos que los tipos móviles, para una generación acostumbrada al download digital, son por naturaleza inamovibles.
Mi trabajo ha consistido en buscar en el taller las familias más idóneas y rescatar del cajetín una a una las letras para montar esa canción. Al juntarlas en el componedor, las letras, como las personas, han formado frases con sentido. He tenido la sensación de que alguna vez he podido ser una O en un cajetín esperando que la mano del Demiurgo me juntara para estamparme de bruces pronunciando por primera vez el «amor» y que otras veces, en otra vida he podido ser esa misma O componiendo el «odio» y pese a todo, estar ahí, encordada, con la cabeza bien alta resuelta a esperar el golpe de gracia.
Unas letras tienen restos de tinta roja. Otras negra. Señal de que han vivido varias frases y cuando las pongo juntas, de nuevo, ese resto de identidad pasada, las hace reconocerse y engarzan con avidez. Las letras con acento son distintas. Las mayúsculas también. Están en otra zona de la caja. Hay menos y tienen en la línea un mayor protagonismo. Llevan el peso de la entonación, por ejemplo, en escapÓ. Las letras cuando se desgastan mucho por el uso, se pueden volver a fundir, tienen la oportunidad de ser algo que nunca fueron, ser otro carácter, una coma, una cenefa, una exclamación, incluso aumentar de tamaño o pertenecer a otra familia.
Estoy segura de que al autor, que tiene algo de trovador nómada, le gustaría ver su texto así, tan de verdad, montado con la solemnidad del plomo sobre la tablilla, atados con cuerda los párrafos para evitar que al trasladarlo a máquinas ninguna letra se escape a su destino de formar parte de su canción y ser estampada en una prensa Heidelberg. Es asombroso lo placentero que resulta ver traducida la voz a plomo y acariciar las astas y los remates y presionarlas contra el dorso de la mano, hundiéndolas en la piel para comprobar la huella de su correcta ubicación. La carne por un instante, cede ante la letra, es letra.
Las cosas hechas a la antigua usanza dan mucho que pensar. Sobre lo absurdo de la prisa, sobre el tiempo que pasamos dormitando en un cajetín a la espera de que alguien nos componga, sobre el orden del universo, sobre las elecciones, correctas o equivocadas y sus consecuencias, sobre el uso preciso de la palabra, sobre la palabra como arma arrojadiza, una Bodoni 48 puede ocasionarte un traumatismo y una página entera destrozarte un pie, jugar con la palabra es jugar con tipos duros.
Tardaría meses en escribir este post en tipos móviles. Tardaría un día en componer un sms en tipos móviles. Lo que supone esfuerzo supone meditación y eso, hoy por hoy es un privilegio. Ya os avisaré cuando esté impreso. Porque entonces todo el trabajo de montaje deberá desaparecer, se desatarán las cuerdas y las letras volverán a dormir el sueño eterno del comodín hasta que alguien decida de nuevo convertirlas en sentido, es la poderosa razón del arte efímero, como la vida misma, que no admite «guardar como» con un click.
Gracias desde aquí, por tu don de la palabra precisa y los silencios livianos.
TREMENTINA LUX
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