Quién soy y qué hago

Soy TREMENTINA LUX, soy artista plástica, teórica y práctica de la comunicación audiovisual y los estudios de género. Pinto, escribo, leo, locuto, diseño, fotografio, reflexiono y analizo. Todo esto, sobre todo, me hace evolucionar como profesional y como persona, me motiva y me divierte. Creo este contenido para ti, que me lees y para mí, que también me leo. Soy del mundo y vivo en Valencia.

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Contra Reverte con amor

Que Arturo Pérez Reverte escriba en el semanal de El País fue una las razones para dejar de comprar este periódico, pero no fue la única, ni la más importante, sería un agravio comparativo olvidar que Javier Marías también escupe su prosa en estas mismas páginas, entre publireportajes y glosas de la obra literaria de uno y otro. Un delirante ejercicio de autobombo del lobby simbólico éste, tan lobo con piel de cordero, que encima, me costaba dinero.

El caso es que cuando ya creía que me había librado de uno y otro me los encuentro en el Facebook o en el Twitter, recomendados por un amigo, o una amiga (que también pasa), ajena a la misoginia y el cinismo febril de estos dos especímenes, reales, en su academia de la lengua parda.

Es el caso del artículo que me ha impedido mirar para otra parte. El cínico Reverte lo titula “Prefieren no mirar” y lo tienen disponible no sólo en papel sino en la red, eso sí, no intenten comentarlo, que no se puede. De ahí que, mira, me haya molestado, irritado, hasta darme por escribir esto. Qué cosas.

Se lo resumo, qué es fácil de resumir. Su estilo ya lo conocen. Letras como metralla, lenguaje bélico, yoismo desmedido, simplejo de superioridad detonado con insultos varios al vulgo en frases estratégicas y muuucho cinismo, vamos, y además bien escrito, soez y admirablemente puntuado.

Por eso conecta tanto con el público, por lo simple y lo refractario. A todo el mundo le gusta estar por encima de los demás. ¿Quien no ha pensado alguna vez que los demás son gilipollas? Bueno, pues él lo deja claro, para que la parte más edípica del lector-lectora, se identifique con este dispendio verbal procaz, gratuito e ilimitado. Si los tacos están en la Rae, es para utilizarlos, coño.

Bueno, el tema. El tema es viejo y polémico. Que si mostrar o no cadáveres en los informativos a la hora de la comida. Resulta que al parecer un grupo de ciudadanos “irritados”, molestos y con la sensibilidad herida por la mostración de niños degollados en Siria se ha quejado a los medios de esta conducta, dice Reverte, porque al parecer les han causado un “problema de tipo emocional”. Lectores sensibles. Dice.

¿La hipótesis que defiende? Que sí, claro, que hay que mostrarlas. Que le da la “risa torcida” cuando ve estas quejas, que la “peña” que acude con quejas “no se ha enterado de nada, rediós.” Que no hacerlo es de “menguados” y no tolerarlo también. Rediós, atentos y atentas, con acento en la ó.

¿Los argumentos? Que él pisó suelo rojo que hacía “chof chof”, en Sarajevo (ojo, a principios de los 90, que ya ha llovido, ya) estando allí para “mostrar” la barbarie y que su entonces jefa, “tener jefa era una desgracia como otra cualquiera”, “se ponía como una fiera”, “no mandéis esas imágenes que son muy fuertes.” Menos mal que no sé quien, un hombre,“le cubría las espaldas”. Todo entre comillas, que es suyo y no de las tripas, sino desde la cabeza, escribe desde ahí aunque no lo parezca, incluida la mala leche del palabro “individua” para referirse a su exjefa, pobre, con lo reacio que es a aceptar cuestiones de género tener una jefa debió de resultarle agónico.

Es decir, sigo, que en este párrafo crucial Reverte se sube al podio del experto, para que nadie le tosa, en plan soldado de la libertad de expresión, bendito pretexto para la mostración de lo abyecto. Así, dicho esto, nadie se atreve a cuestionarle la sangre en las botas, ni de si las tiene ahora en el armario, sucias o limpias, o si las guarda bajo su sillón de académico.

Pero diremos que esta posición endiosada no es legítima sino falaz, al menos en este asunto. Es decir, pasearse entre la carne descompuesta de los muertos y tener el arte de la narración brutal de esos hechos mediante onomatopeyas, no le legitima en absoluto para tener o no tener un juicio crítico sobre la conveniencia de mostrar o no las imágenes de niños muertos, de forma masiva, por televisión, a la hora de comer. Es decir, puede que sea un experto recordando su experiencia como reportero en Sarajevo y escribiéndola pasados casi treinta años, pero en la materia a la que se refiere, es un falso experto y como tal debemos entenderlo.

Pero no sólo es un falso experto, sino que además es parcial e interesado. El reportero de guerra está en la zona para ver y para hacer ver, no para actuar, no para ayudar a la gente. Esta dicotomía, entre el paparazzi amarillo y el paparazzi negro es algo que más de un reportero de guerra quisiera borrar de su historial y que no pudiendo hacerlo acaba con su vida. Pero también es una coyuntura que muchos otros fuerzan, sin escrúpulos, con el objetivo de tomar el terrible posado que les glorifique. Voila, menuda mochila explosiva, menudo lastre. Para quien necesite narrativa audiovisual al respecto: One hundredth of a second

Al grano. ¿El error metodológico del artículo? Desde una perspectiva crítica del discurso varios. Desde la suya, ninguno. En realidad no creo que el Señor Reverte cometa errores de ningún tipo. Simplemente es un cínico. Ser cínico no es insultante para el cínico, es según su Rae y la de sus colegas, mostrar cinismo. A saber: “Desvergüenza en el mentir o en la defensa y práctica de acciones o doctrinas vituperables. Impudencia, obscenidad descarada.(…) Afectación de desaseo y grosería.”

Desvergonzado es un rato, que defiende acciones vituperables está por demostrar, pero con paciencia es demostrable, lo de la obscenidad verbal le puede, eso es obvio, ídem con la grosería. En fin, lean y cotejen.

Desglosando, ¿Por qué digo que miente desvergonzadamente? Porque su tesis afirma que: “Esos menguados olvidan la función de las imágenes de guerra atroces es precisamente esa: sacudir la sensibilidad del lector, del espectador, lo más que se pueda. Decirle: mira, gilipollas, esto es real.” Y sigue: “ Lo que ocurre es que esta sociedad anestesiada, egoísta (…) está empeñada en que nadie le altere el pulso.” Y acaba, “lo que pide o exige es vivir cómodamente sentada en el sofá zapeando entre anuncios con gente que baila y sonríe, Sálvame y el puto futbol.”

A ver. Ahora, cuando tengo que ponerme seria con argumentos de peso intelectual es cuando llega el cínico y te dice que serás menor de edad toda tu vida. La cosa es que está en lo cierto porque su público asiente en cada taco, su sangre se enerva y se convence de que todos excepto él son gilipollas y alcanza el climax hasta clikar ¡Me gusta! ¡Comparte! Comparte que algo queda… Y el mío tiene que irse a leer manuales de comunicación audiovisual y puericultura en cada concepto que suelto porque no entiende ni papa a la primera, a menos que esté algo formado en teorías de la información y sensibilidad, un cóctel poco habitual.

Intentaré ser breve. Lo primero es la confusión. Una sociedad no se anestesia sóla. Y una imagen no es el hecho en sí sino la mostración parcial, interesada, en tiempo y encuadre, de ese hecho, que el periodismo construye como acontecimiento otorgándole preferencia sobre otros hechos que jamás lo serán. La imagen no es garantía de verdad, de ninguna verdad. Este es el debate madre desde los tiempos de las imágenes tomadas en Auschwitz por el Sonderkommando y el posterior debate ético-estético llevado a cabo por Georges Didi-Huberman, a favor de la dimensión visible del horror y Gerard Wajcman, como opositor a la misma.

Por otra parte la telebasura ha espectacularizado la muerte, sí. Y el periodismo de guerra no sólo no es ajeno a esto, sino que está desde el inicio: “Usted pone las imágenes y yo la guerra” le dijo W. Randolph Hearst a uno de sus fotógrafos en la época de la guerra de Cuba. Esta telebasura puede ser fabricada, el caso de los realitys o desvelada, el caso del periodismo negro con tinte amarillista. La cuestión es que llega un momento en que la imagen, sea cual sea su naturaleza no es real, sino enteramente ficcional y por supuesto, no es ideológicamente neutral sino que está manipulada por definición. Así que el problema no sólo radica en el texto, sino en el contexto, y en el control intencionado de ambos.

Reverte debería saber que hay sobrados estudios sociológicos que demuestran que las personas sobreestimuladas con imágenes violentas y de violencia dejan de mostrar sensibilidad ante la violencia real y paradójicamente acaban incorporando la violencia en sus vidas, como una herramienta de socialización y resolución de problemas imprescindible. La violencia se instala en las situaciones cotidianas, en el domos. Esta violencia puede ser física, verbal y también simbólica. Reverte cuando escribe presuntamente para combatir los efectos de las guerras, escenario sublime y apoteósico donde los haya de las de-mostraciones de fuerza viril, horror y violencia extrema, hace uso al menos de dos de ellas: la violencia verbal, mediante los insultos, y la simbólica mediante el contenido antitético de sus peroratas, digamos que quiere despertar a cañonazos a los “imbéciles” que habitan junto al héroe, el periodista sin mácula, a esos imbéciles que no se enteran de lo peligroso que es este “puerco mundo”. Vaya.

A ver si va a ser puerco, y no bello precisamente porque Reverte lo dice, que también dice que “prefiere a un analfabeto libre que a un esclavo culto”, caray, esto si que se lo gloso, es el culmen del cinismo oximorónico.

El caso es que las personas anestesiadas son aquellas que ingieren, apetito y gusto se unen en la hora de la comida (ya lo decía Bordieu), bestiales imágenes de cadáveres amontonados, día tras día, en el monitor de su casa, mientras chupetean las rajas de sandía y cae el jugo de su boca al mantel, confundiéndose huesos y pepitas.

La televisión actúa como una vacuna ante la realidad. La televisión es autorreferencial, crea un universo independiente de la realidad, un universo escópico, idílico, no sólo espectacular sino especular, es decir a imitar. Un universo que genera pingues beneficios. Circo, si, circo.

La realidad, señor Reverte, no está en las letras, por más chof, chof que escriba usted que hicieran sus botas, ni en las imágenes planas, sino al otro lado, a este, en el lado de la carne. A quienes consumen a diario esas imágenes no le interesan los ideales, sino el morbo, el espectáculo, el voyeurismo sórdido, o ni eso.

Por el contrario, quienes no pueden tolerarlas no están ni mucho menos anestesiados, sino despiertos y saben que aún contemplando el dolor ajeno, nada, absolutamente nada, pueden hacer a este lado del maldito monitor. Y creo que esto es lo que a usted le molesta, le irrita, de eso se queja, de que aún haya gente despierta, sensible al verdadero dolor de los demás y consciente del asqueroso grado de alienación a que los medios y las élites simbólicas como usted les someten con sus repugnantes discursos, producidos y reproducidos para salir de casa cada día y decir: -mira que suerte tenemos, aunque llevemos una vida de esclavos al servicio del sistema, hoy no nos ha matado nadie en la cola del pan.

Esas gentes sensibles, cuando apagan la televisión o se quejan están diciéndole a los demás: -despierta, estás comiendo basura, si deglutes mientras ves eso, sin afectarte te estás convirtiendo en mierda, aunque seas una abuela amable con tus nietos, o un amante de los perros. Y no es fácil, la anestesia de la sobreinformación y la tergiversación de los discursos públicos es de un alcance infinito.

Las personas cuya sensibilidad se ve herida por estas imágenes no han sido, digamos, vacunadas. Esas personas no necesitan ver la violencia para sensibilizarse contra la violencia, les basta ver por ejemplo esto para que la brutalidad les parezca inaceptable. Puede que vean poca tele, puede que lean pocos libros de capitanes que viven de su espada, esas personas no violentas, capaces de mantener una resitencia pasiva, son peligrosas para el sistema. Las personas que consideran que estas imágenes son intolerables probablemente hayan visto la muerte tan de cerca como dice Reverte haberla visto, tan de verdad, y es por ello que lejos de ser unos menguados tengan una sensibilidad que Reverte, tan dificultado para aceptarla en los demás (al caso Moratinos me remito) y tan menguado para mostrarla y demostrarla en sí mismo, debiera como poco, sino admirar, respetar.

Dice que puede que nada puede hacer que se odie tanto a los nazis como la brutal visión de los campos de Auschwitz o de Dachau. Es cierto. Tan cierto como que si algo le sobraba al nazismo, y por qué no, a este mundo y a sus artículos, es precisamente odio.

Es muy sencillo. No necesitamos más mostraciones de muerte y más demostraciones de odio, sino de afectos, eso tan temido por el columnista. Apaga la tele, deja de comprar el periódico, olvida las novelas de este siglo, lee poesía de la bárbara, y ensayos, abraza a la gente que te rodea, cuida niños, cuida ancianos, cambia sondas y pañales, cuenta cuentos, acuna y arropa por las noches, entérate de tus emociones, de las de los demás, acéptalas, crea, juega, comparte, diviértete, implícate con las personas, entiéndelas, empatiza, sonríe, llora, escribe las esquelas de tus muertos, lee textos propios en sus entierros. Esta es la verdadera información que necesitas para vivir, y es expansiva. Verás el odio caer y los insultos serán insultantes. Es un camino lento, utópico, infantil, pero seguro. No es el camino del cinismo, fácil, pero escurridizo y tramposo, sí, puerco, peligroso y sin resolución. El mundo tal y como lo desean.

No hay sabio más sabio que aquel que sabe de su infinita ignorancia y la comparte. Desconfía del resto aunque sus letras te escupan desde un diario progresista de tirada nacional.

Pues eso, que agonía dedicarle un post a este impresentable, menos mal que está escrito con amor…

TREMENTINA LUX

Y si queréis vínculos pues, Susan Sontag, “Ante el dolor de los demás”, Carlos Elías Pérez con “Telebasura y periodismo”, Pedro A. Cruz Sánchez con «La muerte invisible»… En fin, cientos. La foto es un homenaje porque sí, a nuestros bosques quemados, otra historia de violencia mal contada. Ya pondré los enlaces otro día y corregiré las faltas, las puntuaciones y los acentos, hoy estoy anárquica.

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