Quién soy y qué hago

Soy TREMENTINA LUX, soy artista plástica, teórica y práctica de la comunicación audiovisual y los estudios de género. Pinto, escribo, leo, locuto, diseño, fotografio, reflexiono y analizo. Todo esto, sobre todo, me hace evolucionar como profesional y como persona, me motiva y me divierte. Creo este contenido para ti, que me lees y para mí, que también me leo. Soy del mundo y vivo en Valencia.

Translate:

Redes Sociales:

Como Red Sonja, dicen…

“X Confesó toda la verdad, ha sido condenado a 30 años de prisión. Luego dicen que la verdad nos hace libres.” Tim Roth, “Miénteme”

El verdadero artista es una fuente luminosa link al vídeo

Empiezo este post con una pregunta: ¿Os habéis planteado alguna vez cuál es el grado de impostura en vuestra vida?

Somos lo que Erving Goffman denominaba pura fachada. Según con quien me relaciono y según las expectativas que esa persona proyecta sobre mí, actúo. Actuamos siempre guiados por lo que se espera de nosotros. Si estoy en la cola de la pescadería y me llega el turno pediré amablemente que me pongan, por ejemplo, un par de sepias, y que me las limpien. Le daré las gracias por ello, pagaré y me iré tranquilamente.

Esta petición, normal en este contexto, sería descabellada en cualquier otro. Sería estúpido, pongo por caso, en un pub, de madrugada, cuando acabo de conocer a alguien a quien me interesa conocer más, decirle amablemente que me pusiera un par de sepias bien, requetebién limpias, pagarle por ello e irme por donde he venido. Pensaría que estoy de atar, desequilibrada, y en esa medida mi extraño comportamiento quedaría asimilado en su esquema mental. Me acabaría prejuzgando.

La pescatera o pescatero es, por otra parte, la clase de persona que sería entrevistada en un noticiario si yo cometiera una atrocidad inesperada. Diría: “Era una persona de lo más amable, venía, hacía cola, compraba sus sepias, además le gustaban bien limpias, era muy aseada, y se iba siempre dándome las gracias. No entiendo que ha podido pasar… Era, de lo más normal”

Y ahora os lanzo otra pregunta: ¿Os habéis planteado alguna vez cuántas personas os conocen realmente?

Para mostrarnos a alguien tal y como somos, con toda nuestra complejidad, sería necesario que esa persona no esperara nada de nosotros. Que no tuviera ninguna expectativa ni ningún prejuicio a la hora de relacionarse. Un punto cero, una neutralidad casi imposible, fruto de la indiferencia o del amor más desinteresado que pueda existir, léase tradicionalmente, el amor de madre… ¿o tampoco?

Los padres y las madres esperan cosas de sus hijos. Los hijos tienden a satisfacer en grado sumo esta expectativa, o en el caso de los rebeldes, a defraudarla. Sea cual fuere la opción de comportamiento elegida, vendrá modelada por la propia necesidad de agradar o desagradar a un patrón ya existente, la manipulación educativa y emocional de los progenitores.

Con la pareja sucede algo similar, agravado por la trama social urdida en torno al concepto clásico de familia, el estereotipo del amor cortés, la hipoteca y los amigos comunes.

¿Los amigos…? pues depende. También esperan algo de nosotros. Un comportamiento que aprueban o reprueban según su propia moralidad, economía y frikismo psicosocial. Además vamos todos tan deprisa que ¿quien tiene orejas para escuchar? -Espero que tu todo ok, ¿estás bien?, bien, respondemos… y ¿quien tiene tiempo de prestar oídos a lo contrario a menos que demos el alto?

Nunca pongáis a prueba vuestras más sagradas relaciones porque esto no es una cuestión de sinceridad sino de encajar en el rol social establecido. Es en esta nueva serie, “Miénteme” basada en el lenguaje no verbal y los aspectos más divulgativos de Palo Alto donde se pone de manifiesto otra gran sentencia, el problema no es mentir, sino, por qué se miente.

Se dice que Shakespeare era un especialista en las pasiones humanas. Es una constante eterna que las pasiones entren en conflicto con el orden moral establecido. Lo gravante es que en lugar de cuestionarnos la viabilidad o la impertinente rigidez del orden moral seguimos ocultando y blindando nuestro yo más profundo, mostrándonos parcialmente aquí y allá para ser aceptados, asomando solo la patita que los demás quieren ver sin escandalizarse.

Poco a poco o quizás de un día para otro, descubrimos que estamos viviendo una vida que no sabemos si deseamos. Nos vemos envueltos en una trama novelesca absurda, quizás anhelando alqo que la pescatera, los amigos, la familia y los lectores reprobarían. Y en esa medida la verdad no nos hace libres, tampoco la mentira, porque somos esclavos de un auténtico desconocimiento de nuestro yo más primitivo.

Estamos solos, paradójicamente, por no querer estarlo. Y construimos nuestra identidad a base de retales de opinión. ¿Puedo definirme sin hacer referencia a una interacción con otro ser humano? No.

¿No os habéis percatado de que hay quien saca lo mejor y lo peor de vosotros mismos? ¿De cómo podéis ser torpes o inteligentes, sensuales o desmañados en el mismo día, según con quien estéis?

Y a lo mejor, con los años, llega un día en que la distancia que nos separa de nosotros mismos (esa construcción imaginaria) es enorme. Tanto como los silencios y las palabras dichas en la cárcel de las fachadas. Y así, si quererlo, nos convertimos en impostores. Viviendo una vida usurpada. Habitando en un puro fachadismo, sin que nada al otro lado de los vanos, nos asista.

Quienes han llegado hasta aquí acaban definiéndose más por sus frustraciones que por sus logros, y quienes no han llegado viven normalmente en una feliz ignorancia o en la fortuna de ser quienes aspiran a ser dentro de un sistema macdonalizado y disneylandio.

En las personas con una importante vida pública estas cuestiones suelen cobrar cierto protagonismo. Cuando uno sube a un escenario, o habla siempre desde los micros o las tarimas, sabe que quienes le observan o le escuchan esperan mucho y se defraudan fácilmente, porque el componente afectivo es sumadamente volátil. Viven siempre una vida de riesgo. Al borde del triunfo, la indiferencia o la metedura de pata. No basta con pedir dos sepias y dar las gracias.

Además como decía Colette, estas personas viven siempre marcadas por el deseo de agradar, con lo que resultan especialmente quebradizas. Los roles les favorecen, juegan con la ventaja de estar arriba, pero es para no perder esa ventaja cuando conviene aprender a blindarse.

Hoy he recibido una nota. Alguien cercano pero desconocido me ha equiparado a Red Sonja, (yo tampoco la conocía, es una guerrera buenorra, alquímica y pelirroja de la saga de Conan, casi nada). Otro desconocido parcial, al hacer un comentario jocosamente amoral me ha espetado: “Me gusta tu forma de pensar…” Podéis imaginar que esto me ha resultado inspirador y aliviante.

Y os planteo otra pregunta, para acabar por hoy… ¿No puede llegar a ser fantástico que nadie nos conozca…? ¿Incluso que cuando todo nos parece un desaguisado, alguien que nos aprecia, nos reinvente?

Dicen que en la punta de la nariz tenemos tejido eréctil, por eso pica cuando se excita la conciencia. Pues, solo por esta vez, y para hacernos felices, mentidme…

TREMENTINA LUX

There are no comments published yet.

Leave a Comment

Translate »