Soy más bien de gatos. Adoro su independencia, su savoir faire a lengüetazos, sus ronroneos en los pies, ese estar sin paliativos dejándose acariciar la pancha o ese desaparecer por instinto tras la verja del jardín polar. Respeto su salvaje esencia cazadora, que te vuelvan a casa con un pajarillo entre los dientes o descubras en su cama de espuma tres sapos, dos lagartijas, un ovillo de folios y un pobre bicho bola asustado, trofeos de la noche libre. Noches en las que alguna vez el cazador, con ese dandismo felino, tan rapaz y elegante ha resultado cazado, entre los músculos pubococcigeos, de un depredador mayor.
Sin embargo, estos días, es el perro de Pávlov el que me tiene alerta. La teoría conductista, esa que habla del estímulo y de la respuesta condicionada a una campanita que suena avisando que podemos meternos entre las muelas un bistec. La magnitud de un estímulo alimentario, según sus experiencias, puede medirse por el número de gotas de saliva segregadas en un determinado tiempo, o por la medición directa de la contracción o dilatación pupilar en el caso de la luz. Cuando la campanilla no vaya acompañada de bistec, el perro, que tiene una cierta inteligencia humana, dejará de salivar, y diremos entonces que el reflejo condicionado se ha extinguido, aunque pasado un tiempo y volviendo a la situación experimental, el animal podría de nuevo, como si nada hubiera sucedido, volver a su estado de feliz salivación.
Ahora ando resuelta a encontrar la unidad de medida que determine la magnitud de un estímulo creativo. Ando resuelta a observar cuando, desaparecido el reflejo creativo, desaparece el propio acto de crear. Ando determinada a tocarme la campanilla a mí misma, si fuera necesario, con el fin de seguir salivando gotas de letra, de tinta, de óleo y de cartón.
Supongamos que Pirko, el aristogato, fuera mi estímulo creador. Supongamos que viendo juguetear a Pirko y hablando con Pirko y hundiendo las yemas de mis dedos en su pelo pardo la líbido creadora se hace verdad productiva, se sublima en un papel y me pongo rabiosa a dibujar, a pintar, a escribir incluso poemas de aire mecanografiados en los cielos grises mientras paseo por la ciudad. Y si Pirko, tan suyo, tan libre, me envía mensajes de ronroneo, eso, entonces, refuerza mi conducta creativa y hacemos un tándem de prosopopeya.
Digamos que un día Pirko, o mejor dicho una noche, Pirko desaparece, pero yo oigo aún la música de su cascabel y ese estímulo condicionado es suficiente para arrebatarme las meninges kundalínicas y sigo respondiendo con trazos, claroscuros, metonimias y retórica. Mediríamos aquí los centímetros de pincelada, el grosor de la mancha, contaríamos los adjetivos por minuto, la inspiración metafórica en lo cotidiano y hallaríamos así, la razón del existir.
Y si Pirko, el estímulo primario, totalmente imbuido en la noche de los éxitos, desaparece entre búhos, salamandras y fauces nocturnivoras, entonces… horriblemente extraviado el factor primigenio, insustituible y preciado, es preciso descubrir cómo ser gatuna. Ser tu misma tu propia gata, encontrar dentro de una misma el origen de la fuerza, la pulsión hacedora y los bigotes, acariciarse onánicamente la pancha suave y blandita, darse de comer sapos, pajarillos y bichos bola, ponerse un cascabel en el cuello y saltar la tapia del jardín para seguir buscando hondo, al otro lado de la mente, todo lo que eres, esa parte oscura y brillante, ese reflejo, condicionado a ti misma, a tu necesidad de crear para sobrevivir.
TREMENTINA LUX
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