La habitación de la torre está oscura. Pero con sus sonrisas se iluminan el rostro. Van a tientas como ciegos y encuentran al otro como se encuentra una puerta. Un poco como niños asustados por la oscuridad, se precipitan el uno en el otro. Y sin embargo no tienen miedo. No hay nada que se oponga a ellos: no hay ayer, no hay mañana pues el tiempo se ha derrumbado. Y es sobre sus ruinas donde ellos florecen.
Rainer Maria Rilke. «La canción de amor y de muerte del alférez Christoph Rilke»
Vengo de noche, con el cuello del abrigo alto, hasta la nuca. La calle, húmeda. En los visillos del sexto piso, árboles, sombras de una densidad ambulante, ahora sí, ahora no. Charcos de la última lluvia, a las ocho de la tarde. Los coches se aceran, vuelven a casa niños con metralletas. Abuelos obligados al corsé del cerdo al horno. Hice una Tarte Tatín, esta mañana. La casa huele a canela. Es el ingrediente que llamo mío. Caliente, poco dulce, y esos árboles danzando también en el segundo, luces que se suicidan de madrugada.
Después he subido las escaleras que un día bajó atestados. Hace mucho, pero a veces, lo recuerdo. Ahora son nuevas, ya no estás. Los años transcurridos, ¿transcurrieron? No hicieron falta metralletas, debió ser triste, hay pocas bombillas en esa escena. Comí aceitunas de barro, se descolgaron los bordillos y ahora reímos tus barbas canas que esconden indicios de olvido. Y un Velázquez, creo, el de las lanzas. La encuentro, la cierro, la puerta.
No pienso lo que digo. Lo digo. Le doy mis manos, para que ande. Nunca diré su edad. No la se. La confundo. Podría escribir cien capítulos, y confudiros. Decir, nació ayer, decir, murió ayer. Podría, sí. También decir, soy como ella. Me confundo al mirar su cabeza mirando sus piernas. ¿Y no será la misma? ¿Y no seremos, lo mismo?
La Tarte Tatin es un postre francés. Se come caliente. Y frío. Es manzana, es vainilla. Las tres edades. Masa, quebrada, contraste. En uno, lo Uno.
Piso los charcos con mis tacones de noche. Se escuchan, mis tacones. Le estoy llamando. Camino en su voz, que está quebrada por la ruptura del verano. Y sigo hablando, en ese semáforo ámbar, indecisa, la palabra.
Podría hablar de Ella. Diría, en sus encías no hay dientes. Y no sabríais cual fue su edad. No puedo decidirme. Elegir un lugar. Hablo del lugar como un tiempo. Hace diecisiete años, tienes veintidós, es el tercero, fue ayer, acabas de llegar. No lo sé.
Se pone en rojo, cruzo, ella se queda en verde. A veces me pregunto dónde estás, después de decirte: fuimos lo mismo. Florece, sí. El crisantemo no sabe si está en la losa, en palacio o en la cuna. El lugar, no importa.
«Se darán cien nombres nuevos y se los quitarán todos, sin ruido, como se quita un pendiente» Otra vez, Rilke. Fin de la página 29.
Esto se aprende. Palabras secas en una noche desconjugada. Los verbos salen de casa, y se vuelve para no haber nacido. No sé conjugar verdad pero estoy aquí, creo, y la percibo. Los sí-quieros se han derrumbado y no hay miedo. Lo que tenemos de Universo cabe en nuestro ombligo.
TREMENTINA LUX

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