Quién soy y qué hago

Soy TREMENTINA LUX, soy artista plástica, teórica y práctica de la comunicación audiovisual y los estudios de género. Pinto, escribo, leo, locuto, diseño, fotografio, reflexiono y analizo. Todo esto, sobre todo, me hace evolucionar como profesional y como persona, me motiva y me divierte. Creo este contenido para ti, que me lees y para mí, que también me leo. Soy del mundo y vivo en Valencia.

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TACONES EN LAS GRADAS

«Comprendí entonces porqué los animales tienen cuernos. Resultó ser todo lo incomprensible que no cabía en sus vidas…una idee fixe… que sumergida repentinamente en la luz, se congeló formando una materia intangible y dura».
Bruno Schulz. «La época Genial».

Ayer un compositor electroacústico comentaba lo difícil que es visualizar el sonido. Cuando creas con imágenes, de alguna manera, dice, vas imaginando el resultado, con el sonido, esto no sucede. El acto creativo es verdaderamente un misterio. Visualizar un texto, una imagen o una composición musical antes de que exista es aproximarse a una falacia hecha con el tejido neuronal del hemisferio derecho, es decir, fruto de ladrillos de la imaginación más ingobernable y oscura.

Las estrategias creativas pasan además, por mecanismos de extrañamiento y Brainstorming, por contraponer conceptos que jamás funcionarían juntos, por asociar ideas inasociables, en fin por darle vueltas a la realidad social construida, con el objetivo de desmontarla para obtener algo que produzca el cortocircuito de las ideas. Quizás por eso algunos consideran la creación un acto peligroso.

Cuando por fin, las notas o las letras o los grumos de pigmento conforman algo, eso, que está entre tus manos o dentro de tus oídos o ante tus ojos, a este lado de lo físico, no se parece en nada a aquello inmaterial que lo inspiró. Su traducción a un producto tangible pasa por ser, en esencia, la construcción de límites, rejas de verdad donde la pieza se convierte en algo que existe para los demás, aunque para uno mismo haya quedado reducido a una cosificación chiquita de lo que pudo ser, una especie de cuerno congelado a la luz de lo cotidiano.

Anoche trataba de releer a Bruno Schulz, porque una vez alguien me piropeó calificando mi prosa de Schulziana, en lo que al uso de los adjetivos se refiere. El uso y el abuso de los adjetivos está muy mal visto por las tribus de filólogos. Utilizar adjetivos en plan salvaje, como quien hace un rif de guitarra es equiparable a glosar a Freud en un aperitivo del Colegio de Psicólogos. El caso es que Freud fue más creativo y elocuente que sus estériles detractores y como decía ayer Loquillo en Discópolis, hay una gran diferencia entre hacer dedos en un sólo de guitarra o marcarse un rif. La sabiduría reglada se convierte a veces en un sumun de prejuicios consensuados, por eso se entiende que el bestia de Francis Bacon presumiera de ser autodidacta, la fisicidad ya impone bastantes límites a la creación.

El caso es que cada vez que Bruno defendía el papel con un adjetivo, en la ciudad se escuchaba un claxón, incluso varios. Cada vez que goleaba una metáfora, pum, un enorme petardo. Cada vez que entre comas hacía correr tras el sustantivo una selección de calificativos, en las calles vibraba la multitud enfervorecida y a mi me parecía entender…»Clepsidra, Clepsidra…».

Que gran ciudad, pensé, que se rinde a la inteligencia de un poeta polaco cuya obra quedó destruida por la guerra, que admira con sensibilidad desmedida las partituras más complejas, aunque sean electroacústicas, que visita en masa los museos donde se exponen piezas que cuestionan el orden social e incluso lo subvierten, que hace colas en los teatros alternativos, y los conciertos indies, que sale al asfalto a festejar un adjetivo soberanamente bien puesto. Que demanda arte incluso a altas horas de la noche.

Recordé entonces, por un momento, a ese hombrecillo que el otro día recibía tratamiento de jefe de estado en un programa televisivo donde mucha gente le hacía preguntas breves. El hombrecillo, que no tenía mundo suficiente para saber lo que era un mileurista sin preguntarlo tres veces, estaba allí, con su traje chaqueta y su escasa cultura, a merced de personas que llegaron a cuestionarle el sueldo de un futbolista, a lo que él contestó, justo antes de cambiar de canal, que era la ley de la oferta y la demanda y que aún le parecía poco.

Bien, yo me imagino que llegará un día en que los estadios de fútbol como el foro romano, estarán llenos de turistas con tacones de oro. Que ese juego que ocupa las mentes sin alimentar los espíritus se explicará largamente en los libros de historia. Que las gradas, degradadas, serán patrimonio de la arqueología. Y que esto, como la desaparición de los circos romanos, los ritos minoicos, los héroes griegos y los juegos mayas habrá supuesto el fin de una civilización y el principio de otra. Si las personas llegan a plantearse que es posible sentirse más emocionado y libre creando que interiorizando el triunfo ajeno como propio y sufriendo, no precisamente en silencio, por su conquista, se habrá dado un gran paso.

Habrá supuesto que no se tiran más poetas a los leones, que no se sacrifican más artistas porque no se les demanda, habrá supuesto que no es divertido propinar más puntapiés a los dramaturgos raritos, ni darle chupinazos a los escultores, que no habrá un sólo posible Vang Gogh más muerto de hambre y glorificado cuando sus muelas ya no puedan masticar. Que no habrá una sola gimnasta o un sólo atleta que pase por deportista de segunda. Que el deporte habrá dejado de ser un negocio espectacularizado. Habrá supuesto que el Estado y las personas no le tienen miedo a lo que conlleva ponernos todos a pensar activamente a cuestionar la sabiduría reglada, a gozar del libre acto de crear aunque eso implique meterle un penalti al capitalismo materialista.

Habrá supuesto que podemos salir a la calle a compartir a gritos nuestra alegría a las doce de la noche porque un compositor ha dado al fin con la estructura apropiada para sus sonidos o porque alguna aprendiz de letrista ha encontrado tras mucho romperse los cuernos el adjetivo preciso.

Y que toda la sociedad, taconeará cómplice nuestra alegría.

TREMENTINA LUX

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