Quién soy y qué hago

Soy TREMENTINA LUX, soy artista plástica, teórica y práctica de la comunicación audiovisual y los estudios de género. Pinto, escribo, leo, locuto, diseño, fotografio, reflexiono y analizo. Todo esto, sobre todo, me hace evolucionar como profesional y como persona, me motiva y me divierte. Creo este contenido para ti, que me lees y para mí, que también me leo. Soy del mundo y vivo en Valencia.

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Sobre la humanidad

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Vengo de Shanghai. De China. Todas las noches me despierto a las cinco, sistemáticamente, desde que llegué. Si mi reloj biológico sigue anclado al amanecer de Oriente, también lo está mi segundero emocional. Tergiversada, sí, creo que esa podría ser la palabra que busco, estoy tergiversada.

Cuando viajamos a culturas tan remotas a la nuestra solemos hacerlo cargados de prejuicios. Tenemos tendencia a cuestionar sus costumbres y generalmente, cuando se trata de países al otro lado de la occidentalidad solemos tener la arrogancia de considerar sus hábitos como subdesarrollados o faltos de sentido común. Me siento muy afortunada por conocer ya una parte de Oriente próximo y otra del Oriente lejano y por haber dejado en casa siempre esa pesada carga de prejuicios, que tanto coartan el disfrute y la libertad.

En China cualquier detalle llama poderosamente la atención de los occidentales. Os pongo un ejemplo fácil. A muchos les parece indignante que los menores de un año lleven los pantalones abiertos por la ingle y orinen o defequen en la vía pública o en las papeleras de los supermercados con ayuda de sus progenitores, sin hacer uso de pañales, cremas y otros potingues todos ellos costosísimos, irritantes y antinaturales. Supongo que pensaríais lo mismo. ¿Porqué?

Todos los chinos han ido de niños literalmente con el culo al aire, sin que sepamos si eso les ha resfriado, evitado lesiones cutáneas o traído al fresco, vamos que han crecido sanos. Y todos nosotros nos hemos criado con un caldo de celulosa entre las piernas hasta bien entrados los dos años, sin que sepamos si eso arruinó el presupuesto familiar para copas, tapas y puritos o contribuyó, pongo por caso, a la deforestación de buena parte del Amazonas o a la esterilidad, cada vez más acentuada, de los varones occidentales.

Siendo pragmáticos, podríamos decir que nosotros hemos tardado el doble en controlar nuestros fluidos corporales, lo que nos ha hecho no sólo torpes sino dependientes de un consumo de materiales dudosamentes biodegradables que ellos jamás han utilizado. Progreso… ¿Progreso?

No es tan fácil decir, aquí está nuestra higiénica verdad, sin fisuras… A lo mejor podemos aprender algo los unos de los otros. Al regresar una amiga me dijo, “a China le falta mucho por hacer en cuestión de derechos humanos, nosotros le damos más valor a la vida”. Sí, es cierto, le faltan papeles, pero, que paradoja… Porque si algo realmente me ha conmocionado es la humanidad de los asiáticos. Humanidad, en toda su acepción.

Cada vez que viajo a este tipo de países me siento en la gloria. La comunicación con sus gentes suele ser muy compleja, pero sin embargo, la interacción es rica, gozosa y muy pregnante. Normalmente cuanto más al Norte se viaja suele suceder lo contrario. Nos comunicamos con más facilidad recurriendo al anglosajón universal, pero solemos tener una escasa o nula interacción con sus habitantes, la justa, precisa, que no la necesaria para volver a casa sintiendo que has vivido de alguna manera felizmente integrada en una cultura que sin pertenecerte ha desplegado ante ti, con generosidad, sus pétalos de flor de loto. Ya lo decía la Carrá…

Creo, y reflexiono en voz alta con muchísima humildad, que el progreso nos convierte en seres antinaturales, miedosos y deshumanizados. Creo que cuanto mayor es el supuesto grado de civilización tecnológico que alcanzamos mayor es también nuestra obsesión por esconder lo que nos hace humanos, por convertirnos en muñecos. Eso, saber que ocultamos en verdad lo que somos, acaba por generar desconfianzas y por hacer que vayamos por las calles sin sonreír, sin saludar, recelando siempre de aquellos que nos rodean, recelando incluso si la ocasión se presentara, sospechando de su sonrisa y de su amabilidad. Esto se pone de manifiesto de manera traumática durante las once horas que dura el vuelo Shanghai Paris con los agridulces y estirados azafatos de la compañía Air France.

Eso, según mi pequeña experiencia China, en Oriente, no pasa. El pudor. Me refiero al pudor. El pudor por mostrar impúdicamente lo que nos hace humanos. ¿Y qué nos hace humanos? Comer, beber, tener necesidades fisiológicas, hacer ruido, el juego, las actividades compartidas sin pagar entrada, ropa que lavar, niños y ancianos. Nos hace humanos ensuciarnos y limpiarnos, los detritus y los abrazos, las palabras y las caricias, interaccionar con los demás.

He observado que todo esto, allí, no produce vergüenza.

No es vergonzoso tender la ropa en la acera o en el balcón y que toda la ciudad observe el color de tus bragas, la talla de tus calzoncillos, los zurcidos de tus sábanas. No es vergonzoso entablar conversación amistosa con un desconocido, ni utilizar el baño de un restaurante al que no has entrado a comer, ni comer en la acera de casa, ni verle las nalgas a los bebés chinos, ni apartar los pollos antes de cruzar, ni tocar el claxon, ni regatear, intentando pagar lo justo por la injusta realidad de las falsificaciones.

China es fascinante. Debía de serlo mucho más antes de que el desarrollismo capitalista la convirtiera en un desacato de sí misma. Ahora da la sensación que la población todavía mantiene hábitos rurales en la hostilidad del entorno urbano. En Shanghai, por ejemplo, en Nanjing Road hay tal cantidad de luminosos y de grandes superficies que harían palidecer Manhattan. Espejo de la voluptuosidad occidental a la que alcanza y sobrepasa como una atleta descalza.

Sin embargo, en las calles perpendiculares a Nanjing Road habita la sombra, son oscurísimas. Tanto que haría falta una pupila preparada para ver esa realidad. Esos callejones esconden incontables casas hacinadas, sin apenas iluminación, con ropa tendida y grandes generadores eléctricos que abastecen los neones de los comercios, tan lejanos… al volver la esquina.

En esos patios interiores, precedidos por contenedores de basura con noodles de hace varios días, algunos patos y algunos pollos esperan atados el turno de su matanza, mientras en una mesita baja se bebe té y se libra una partida apasionada partida de damas donde juegan dos y miran diez. En otro bajo una mujer destripa peces en un pozal y un muchacho descuartiza un cerdo, en lo que parece ser una carnicería. El agua turbia y la sangre cae sobre los bordillos, donde antes ha escupido alguien que ha salido con zapatos de tacón y pijama a pasear a su perro pequinés. Tal vez una acróbata, una masajista de pies, una prostituta china. Si permaneces observando un rato puedes contar a cientos de personas entrando y saliendo de la penumbra, medio vestidas, a veces medio desnudas, en la calurosa noche del Shanghai superpoblado.

Los contrastes y la prisa son delirantes. El asfalto no puede contener lo que la naturaleza absorbe. Si la tierra absorbe el pienso de los pollos y lo fertiliza, el asfalto no. Si la tierra absorbe los orines y la sopa de tofú del día anterior, el asfalto, no. La Humanidad se encharca pues en el progreso decadente, en una falta de armonía que huele muy difícil y sabe a incongruencia. Si en la naturaleza se ve la luna casi llena, los neones de Nanjing Road y la intensa contaminación impiden ver el sol o las estrellas.

Otro día os hablaré de la comida, es deliciosa, sorprendente, infinita!! Y es fascinante olvidarse del tenedor y los cuchillos en la mesa, ¡adoro comer algas con palillos! También os hablaré del distrito de galerías de arte Suhe de Shanghai. Luego viene Le 104 atribuyéndose méritos de espacio experimental. Buff.

Volver. Volver.

TREMENCHINA LUX
Observadora empática.

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