Las lágrimas son esclavas de su forma.
Son circulares, siempre. Solo adquirirán forma poligonal si las alumbramos en suficiente cantidad como para introducirlas en un recipiente anguloso a cuya forma se adapten. Con las lágrimas lloradas durante una semana, padeciendo la pena más honda que pueda padecer un ser humano se podría llenar una cubitera de diez cubitos, y aún, antes de congelarla, se derramaría parte del líquido salado por el suelo de la cocina, sin poder evitarlo, sin poder evitarlo.
Con esos cubitos de agua de sal y forma angulosa podríamos enfriar cinco Dry martinis y ahogar el soponcio, y aún así, las lágrimas seguirían cayendo a la copa y rellenándola infinitamente, licuando el alcohol, dirimiendo su poder amnésico.
Entonces podríamos recurrir a gasificar cada gota, a incendiarla con un soplete antes de que acabara de resbalar por la mejilla, a hacerlas arder, a evaporarlas, quizás a llenar con ellas una cazuela y ponerla al baño María con un poquito de menta y hacer vahos sanadores, imaginando así que desaparecieran de este mundo y la risa al fin pudiera tímidamente sorprendernos.
Podríamos aspirar nasalmente, con mucho ímpetu, el vapor de lágrima dolorosa y reabsorber la pena por la boca, para sudarla con el sudor de la frente, por cada poro de la piel. Y aún así, las lágrimas sudadas, evaporadas, congeladas como una prole bastarda, que salió sin esperarlo, que retornó pese a todo, otra vez al ojo alicaído y muy cansado, volvería a adoptar esa forma esclava la de la insuficiencia circular y el fallo de la alegría, la de el dolor, la lucha y la inevitabilidad.
Las lágrimas visitan una ciudad de cuidado intensivo que deja al arte sin lugar en la vida y enmudece la letra ahogada en sal y silencia la música tras el gemido gangrenoso de la pérdida y la incertidumbre. Y quien llena cubiteras de agua de mar y quien ya no ve las estrellas, ni la luna porque las lágrimas todo lo emborronan, no quiere tal vez un jamás, pero desea ya un para siempre y en verdad no sabe lo que quiere, siendo que también en verdad a la naturaleza nada le importa su opinión, ni sus lágrimas, ni tan siquiera el dolor de los demás.
Las lágrimas nunca serán poligonales, esa limitación las hace esclavas y también brillantes, lúcidas y profundas, tanto que surcan la piel y dejan una huella taciturna, como si un tigre se afilara las uñas en tus pómulos.
Otro día, hablaré de la sonrisa, de la pensada, de la ejercida.
Hoy, me disculpáis, no tengo ganas de firmar.
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