Os escribo desde China. Desde una pequeña región de agricultores. Aquí es de noche, ahí, será de día, las cinco, más o menos de la tarde. La vista desde el hotel me recuerda mucho a «Lost in traslation», pero es más decadente. Estoy en el piso 17. Un enorme rascacielos con una M roja de neón parpadeante se comporta frente a mí como un faro en el pasillo enmoquetado del ánimo, arroja luz sobre las dudas.
Miro por esta ventana falsificada. Hace diez años aquí sólo había arroz y bicicletas.
Ahora una Pagoda solitaria enmudece frente a un bestial y agresivo skyline y su lago, antes de jade es ahora una lágrima verdosa en un océano de asfalto. Los coches y las motocicletas eléctricas se agolpan en los cruces sin semáforos donde tocan el claxón a peatones que se lanzan suicidamente hacia la otra parte del universo, como en El Cairo. Desde la oscura y alta noche del piso 17 se escucha el tráfico. Es incesante. En las aceras de las grandes avenidas se hacinan los comercios repletos de apariencia. En las calles paralelas se hacinan ellos, en la más absoluta miseria.
En apenas cuatro metros cuadrados viven y trabajan. La especialización es su secreto. Unos montan peluquerías, otros venden maromas de barco, otros hélices, otros tabaco, otros papel de arroz y pinceles para trabajar la técnica de la pincelada única según las enseñanzas del monje Calabaza Amarga. En otros bajos hay pastelerías, tracas chinas, fruterías, pollerías con los pollos aún vivos picoteando el grano en la acera, donde mueren también algunas ratas envenenadas y los niños juegan en sus tacatacas.
Hay restaurantes y también hay prostíbulos, es fácil identificarlos, pueden estar al lado del supermercado o del puerto o de una tienda de ropa con un cocodrilo que mira hacia el otro lado… Pero siempre hay un sofá cubierto por una sábana, con o sin chinches, depende del nivel, una escalera que da al piso superior, con o sin luz, y varias chicas viendo una teleserie mientras esperan repantingadas a sus clientes, comiendo pipas de calabaza… tal vez, amarga.
La China milenaria, armoniosa, taoísta, serena, ha dado paso a esta China de cemento y caos capitalista donde todo son prisas, humos y falsificaciones del lujo. La fábrica del mundo posee enormes autopistas donde desbaratados camiones azules transportan ingentes cantidades de materia prima. Sin cesar, sin cesar.
Las gentes pasean en pijama por las calles, los niños defecan en las papeleras de los supermercados, beben agua caliente, barren con escobas de bambú las autovías, pagan a los ancianos para que recojan los chicles del suelo de los aeropuertos, donde no está permitido sacar cangrejos del país. Comen deliciosas algas, tortugas y otros caprichos empaquetados cuya composición, casi siempre dulzona y de presentación kitsch, es imposible identificar. Han llegado al hoy sin abandonar el ayer, están hechos un auténtico lío.
La gente es amable, servicial, amistosa hasta límites inverosímiles. La sorpresa, la admiración la curiosidad no me abandonan, a diario. Cada callejón esconde un milagro. Aquí soy la diferente. Ellos son mayoría. Hacen sentir al diferente en su casa, son integradores. Te acogen haciendo Tai Chí en el parque o jugando a las damas o invitándote a su restaurante y siempre sonríen con respeto y educación, incluso cuando conducen como salvajes.
Y os diré que lo que dicen de internet, parece ser cierto. El acceso a la mayoría de las páginas, blogs, redes sociales, imágenes… está restringido y han llegado a abrir algunas cartas que intentaba enviar por correo ordinario y a devolvérmelas amablemente, con una sonrisa de resignación. Son tan serviciales!
Siento no tener más tiempo para escribir, ni más palabras. Es apasionante porque es presente.
TREMENCHINA LUX
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