«Abraham Maslow mantiene que la comunicación entre la persona y el mundo depende en gran medida de su isomorfismo (similaridad de estructura o forma); que el mundo sólo puede comunicar a una persona lo que esa persona merece, de decir, lo que esa persona es capaz de captar, el nivel a que está. (…) El significado elevado sólo es perceptible a la persona «elevada. Cuanto más alto es, más puede ver.»
Luis Racionero. Textos de estética taoísta.
Empezaré diciendo algo que ya sabéis: mido metro y medio, por eso en los conciertos me pongo en primera fila y en los museos me paso de la raya y hago sonar las alarmas instaladas delante de los cuadros. Y añadiré, para evitar confusiones y dogmatismos, que ya no creo en el Arte con mayúsculas desde que he caído en la cuenta de que los artistas han sido voceros del lujo, servidores iconográficos del poder establecido. Es decir, que han dado brillo a ideologías papales, militares, principescas y en general han contribuido a establecer este status quo repleto de violencia simbólica y sometimiento invisible e inocente desde el que os escribo y me leéis, por ejemplo.
Así que a partir de ahora Arte se escribe aquí con minúsculas, arte. En ese sí que creo, de momento.
Ayer estuve de galerías. Visité la de Luis Adelantado, La Gallera, Valle Ortí y Rosa-Santos. Y noté un par de cosas.
Una: que en las galerías hay inversores. Jamás he visto inversores en las galerías. Los inversores son fácilmente reconocibles. No llevan mochilas al hombro, no huelen a bocadillo de chorizo recién envuelto en papel continuo antes de pisar el sacro sanctorum. Los inversores llevan las manos limpias, sin restos de aguarrás, aunque hace calor en la galería, visten abrigos muy largos y muy oscuros, si les miras a los ojos les ves eso, los ojos pequeños tras la barba, y los pies, bien calzados y brillantes, ahí donde se acaba el abrigo, sin ánimo de deshilacharse.
Los inversores no tienen ni idea de arte. Por eso los galeristas los tratan con afecto, como si fueran un familiar hambriento y les dicen lo muy buenas que son las obras que hay colgadas en las paredes, lo bien compuestas que están, lo mucho que se enamoraron del autor la en la Feria de Basilea, y les hablan si acaso, del color.
Tú mientras, ellos se van al despacho a hablar discretamente de precios y puntos rojos observas las obras. Dices, vaya, este chico ha necesitado sitio para hacerlas, son grandes… Y hay muchos pegotes densos de óleo, varios tubos por pieza, eso es un dineral, y además hay colores fluo, qué fácil es entonar con los fluo, y qué eficaz, piensas, puro formalismo, vacío pero decorativo, con gesto pero sin acritud, todas las roturas medidas, en su sitio, como un posado, como quien no se despeina al follar y luego dice, sí querido, me ha gustado… Sí, las piezas son bonitas, agradan, son carne de despacho de notario, o de abogacía, pero no se lo dirás al inversor, ¿Quien eres tú, acaso, que hace nada ibas aún con tu bocadillo de chorizo en la mochila, para decirle a ese pobre rico ignorante que invierta o no en pintura, ahora que las inversiones en cemento se han venido abajo?
Y Dos: También he notado que los artistas lo saben.
Que hacen piezas grandes y piezas pequeñas, a la medida de los distintos largos de los abrigos de los inversores. Porque hay inversores con cazadora, hay obras a lápiz que miden menos de un metro de lado.
Esto en las galerías privadas. Y luego está el bárbaro de Alex Francés que lo tendrá complicado para vender esas fotos de dolor callado y todo lo que sigue en los pisos superiores de Rosa-Santos, no lo contaré para no angustiaros. ¿Será un artista de verdad? Yo que sé. Pero entras y sales de allí escaleras abajo como expulsada.
En la Gallera, saloncito público, se presentaba una instalación de Ouka Lele. Personalmente he admirado su obra, su trayectoria, incluso envidio insanamente su vinculación con la Movida de los ochenta. Pero esta instalación me decepciona. Sobre todo el lo tocante a esa especie de making off improvisado del piso superior. La tramoya sobra y la pintura de horrible factura, con todos mis respetos para la artista, también. Degradan la obra. Cosifican las piezas, le resta intensidad, autenticidad, aura, validez conceptual y riesgo formal.
Y si lo comparamos con, por ejemplo, el «Death self» de Marina Abramovich, pues mejor no opinar.

Esto implica que, si te consideras artista pero no pudiste desarrollar tu talento en los noventa, ahora la presencia de inversores:
A) Puede ser una buena noticia para disponerse a pintar. Yo estudié Bellas Artes justo después de que Barceló y Tapies y otros artistas abstractos de menos calibre se forraran vendiendo sus obras a inversores con ánimo de culto. El mercado del arte se saturó tanto con fraudes y dudosas inversiones en piezas de horrible calidad que los que estudiamos en los noventa no tuvimos la más mínima ocasión ni de intentar poner en rueda nuestra vocación. Nuestro desnudo, marchito y desvalido talento, ¿Podrá ahora florecer al abono del dinerito de nuevos inversores ávidos de margaritas?
B) Puede ser una mala noticia para disponerse a pintar. Porque es el momento de pintar para la galería, de pintar o esculpir, instalar, performar o crear, para satisfacer el gusto de los demás. Especialmente el gusto de aquellos que jamás se mezclarían con artistas, aunque sin embargo les gusta presumir de sufragar y admirar su obra y por qué no, su vida si además esta es pretendidamente borderline y licenciosa. Es decir, es el momento de crear para los que entienden de economía, pero, por más que se cultiven, no entenderán jamás un pepino de arte. Si tenías talento, debiste fortificarlo, creer en él antes de ser pasto del despiece y la mercadería.
Acabo con otra frase del libro de Racionero: » Las buenas vibraciones de la obra de arte suben al observador a su misma onda. Es así como se realiza la empatía o resonancia artística Por eso mismo la función del arte es «subir el viaje» el to be high de la terminología hippie. No denunciar, como pretende el falso arte actual, sino extasiar. No describir las vulgaridades de la vida diaria, ni siquiera las injusticias, por loable que sea hacerlo, porque para eso están las ciencias sociales. El arte debe trabajar sobre el interior de la persona llevándola a niveles de humanidad superiores. En el límite, la obra de arte puede llevar al perceptor al samadhí o éxtasis; normalmente le sube a niveles de consciencia y emoción superiores, como una lámpara que recibe mayor corriente y alumbra con más fuerza»
Quizás es mucho pedirle al arte expuesto en las galerías valencianas este trimestre. Yo sentí esto, en China, concretamente en el museo de arte de Shangay frente a estas y otras flores de Wu Changshuo, (es la imagen inicial que he tenido que reducir a tamaño mosca para que este dichoso software me la aceptara, cosas de la tecnología).
El caso es que los chinos conocían la existencia del Chi, y sabían dirigirlo. También he sentido el to be high con más frecuencia en el gerundio de pintar, es decir pintando, que en el participio, pintado, pero eso, que soy activa y no pasiva, es asunto propio.
Feliz noche.
TREMENTINA LUX

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