He acabado de leer «Dos mujeres en Praga» de Juan José Millás. Os lo recomiendo, aunque al final decrece. Ayer estuve dando una charla a un auditorio que, me guste o no, me lleva quince años de diferencia, es decir, a miembros de otra generación, más joven, sí, más joven, aunque en ocasiones es justo al contrario… Y no me preguntéis qué hago yo dando charlas a Nadie, porque no lo sé.
El caso es que estas personas a las que a veces me suelo dirigir están ahí por vocación artística. Llevan rastas en el pelo, se llenan de piercings, suelen ser críticos en sus actitudes y juiciosos en la mostración de una fachada en la que impera la subversión, el escepticismo frente a lo establecido. Aunque es precisamente así como encajan en ese orden. Es su uniforme dentro del orden el que reafirma su rebeldía. Estamos atrapados.
A veces interrumpo el discurso y los interpelo. Les pido que piensen, que hablen, que manifiesten sus dudas, que las generen. No soy quien para decirlo, pero parece que no se les da bien dudar, no se les da bien poner en duda algo. Y eso que se dedican a crear historias. Normalmente cuando se ven en este apuro siempre recurren a la moda. Dicen, – Claro si todo el mundo lleva pantalones de campana y a ti no te gustan pero están de moda, te los acabas poniendo… Parecen incapaces de dudar sobre algo menos epitelial, incluso incapaces de adscribirse en un momento dado a la religión de los pitillos. Así que decidí soltar una duda que cayó sobre sus frentes como un coágulo venenoso:
¿Qué pasaría si descubrierais que vuestra santa madre o vuestro santo padre practican el amor extraconyugal? Y que lo hacen o lo han hecho a menudo, y que más allá del placer y del dolor está la necesidad, la satisfacción. ¿Qué pasaría si descubrierais incluso, que sois hijos legítimos de una pasión ilegítima, es decir, bastardos?
– !Lo mataría!
– !Hay personas despiadadas que se meten entre las familias!
– !Se aprovechan de la debilidad!
– !Son culpables, que lo paguen!
– !Lo mataría!
– !Eso es imposible!
Y en las respuestas había odio hacia la posibilidad. Un odio repentino y ancestral que los envileció. Entendí que son jóvenes. ¿Y no es esta la edad de la duda irrazonable? ¿No debería incluirse en la educación cívica un amplio bloque de Relativismo Intercultural? Los conceptos que a nuestra realidad social le parecen naturales, obvios, lógicos, moralmente coherentes no lo son a ojos de otras culturas, lo que implica que son construcciones convenidas, en absoluto absolutas, incluso a veces crueles e intolerables porque entran en conflicto con la naturaleza de nuestras pasiones más legítimas. Estaría bien conocer los fundamentos de esas normas, en ocasiones moralmente viles, que nos permiten vivir y convivir «libremente» en sociedad.
Pensé todo esto, pero solo dije: – Ah ¿sí?, ¿Por qué…?
Lo que equivalía a abrir el ojo izquierdo según Millás y dejar entrever que como grupo somos verdugos del individuo y que como individuos estamos destinados a ser víctimas del grupo al que pertenecemos. Culpables, sí, culpables de repetir estribillos emocionales sin pensar, sin dudar.
Tampoco entiendo porqué existiendo el pdf hay libros descatalogados en manos de editores que no tienen ningún interés en volverlos a reeditar. Como «El arrebato de Lol von Stein» de la Duras, título, según dicen, antiedípico incluido en la antología «1000 libros que leer antes de morir» y que a lo mejor ayudaban a mostrar un talante menos ridículo en estas cuestiones.
El autor, o la autora en este caso, escribe para ser leído y para vivir de ese acto de comunicación en que le va la vida. El editor se convierte en un guardabarrera de la cultura que decide los textos llegan al público y los que mueren en la mesa de disección. Hasta ahí, hemos podido entenderlo durante varios siglos. Pero si en este nuevo entramado tecnológico su mediación acaba por obstaculizar la misión, entonces ¿Qué sentido tiene ese sistema?
Si no nos dejan leer este y otros textos que subvierten con inteligencia el perverso orden cultural al que estamos sometidos internalizando todas y cada una de sus consignas, repitiendo todas y cada una de las conductas, criminalizando a los demás por algo que algún día puede que sea nuestro crimen, entonces… ¿A qué clase de progreso, como seres humanos, nos estamos sometiendo?
Por eso os recomiendo «Dos mujeres en Praga» de Juan José Millas. Porque pone a los editores en su sitio y establece preciosas categorías «lo que no» y «lo que sí» bastante útiles para entender al ser humano en su verdadera/falsa dimensión. Está tan endiabladamente bien escrito que no es inspirador, pero abre los ojos, sobre todo el izquierdo.
Y os recomiendo también el discurso del beligerante y certero Peter Greenaway en RN3, aunque el podcast está cortado justo en el momento en que la cosa merecía la pena, es decir, cuando cuestionaba el papel del periodista a la hora de abordar su trabajo con responsabilidad creativa, otro tipo de guardabarrera. A ver si entre todos conseguimos que lo cuelguen íntegro aunque esto suponga el descrédito de un entrevistador que, en mi humilde opinión de oyente, no supo estar a la altura del genio. -!Lo mataría! debió pensar para sus adentros miestras escupía coágulos venenosos del estilo, pues no se crea que me ha gustado todo su cine, señor Greenaway…
Que dura es la vida, y que bonita… Feliz día y que los tópicos os acompañen.
TREMENTINA LUX

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