Quién soy y qué hago

Soy TREMENTINA LUX, soy artista plástica, teórica y práctica de la comunicación audiovisual y los estudios de género. Pinto, escribo, leo, locuto, diseño, fotografio, reflexiono y analizo. Todo esto, sobre todo, me hace evolucionar como profesional y como persona, me motiva y me divierte. Creo este contenido para ti, que me lees y para mí, que también me leo. Soy del mundo y vivo en Valencia.

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New York

AYER ESTUVE EN NUEVA YORK

Només amb una disfressa es pot ser un mateix.

Ayer no encontraba un solo taxi libre en todo Manhattan, de hecho me pareció ver a Vila Matas compitiendo por hacer el alto un poco más allá, cerca del 200 de Claremont Avenue. Recibí la invitación al evento a través de un sms al movil: la dirección, la hora, un saludo afable y una excitante imagen de los labios entreabiertos del Duque Blanco.

Conseguí llegar unos minutos antes de la ceremonia, llovía, creo, y eso hizo que apareciera con mi pelo naranja, algo “screwed down hairdo, like a cat from Japan”. A Iman, que me abrió las puertas del estudio le hizo mucha gracia este aspecto escultórico y pronto la anfitriona somalí me ofreció un canapé y un Gin Fizz recién preparado, con una espuma ácida y refrescante, al estilo de los que tomaba Mastroianni en la Dolce vita.

En el interior espacioso y bien iluminado de su estudio Jeff Koons saludaba a críticos y marchantes. Los amplios ventanales retroiluminaban algunos de sus mejores lienzos colgados para la ocasión y había risa y euforia y cierta incertidumbre chic en el ambiente.

Paul Auster estaba absorto en la contemplación, o eso me pareció, de una especie de perro salchicha metalizado que de alguna manera le devolvía, como fruto del azar, una mirada sápica. Anduve hacia él pero desapareció entre la algarabía de escritores y artistas y gente de “le monde”, los enterados, entre los que era imposible codearse sin poner la teoría en un plano celestial y adquirir maneras de clase alta.

Una conocida galerista del Soho tomó mi antebrazo y de su boca dibujada en carmín de granza se evaporó un delicado inglés con acento de whisky: “Oh querida, parece usted recién venida de Marte, que encantadora… veo el arte moderno encaminado a un final inevitable, víctima de su propia lógica interna, ¿no cree?”. Entre otras cosas, le contesté: ‘todo arte habla del arte, así que puede estar tranquila querida, mientras haya arte… en mi opinión, no dejará de haberlo…”.

Algunas frívolas conversaciones más tarde saludé a mi columnista favorito del New York Times que andaba buscando una servilleta con que deshacerse de los restos de caviar que trepaban a sus dientes, y antes de que anocheciera estuve departiendo con Julian Schnabel sobre mis últimos trabajos pictóricos y el proyecto cinematográfico que él llevaba en mente.

Creo que fue entonces, bien entrada la soirée, en la distensión artística y canallesca del alcohol, cuando David Bowie anunció el inicio de la ceremonia. William Boyd, el popular escritor británico, ganador de premios como el Whitbread y el Somerset Maugham presentó su libro, la biografía de Nat Tate. Para entonces yo tenía a Paul sobre mi hombro susurrándome: “los escritores somos seres heridos, por eso creamos otra realidad”, a lo que yo, -que nada creo tampoco en la casualidad-, asentía cómplice y algo chiporroteante, al estilo de Sylvia, en la Dolce Vita.

Llegué al spleen de mi buhardilla ya de madrugada, no recuerdo como, ni con quien, pero en la almohada estaba escrito el nombre de Nat Tate, ese pintor, genial y atormentado, amigo de Braque y de Picasso, amante de la Gugenheim y suicida nato, al que Bowie como editor y Boyd como biógrafo habían sacado del exilio de la historia para arrojarlo como un despojo sobre la mesa de los canapés, para que críticos, marchantes y coleccionistas, héroes de la divina aldea del arte, dieran buena cuenta de su obra, recién cocinada, recién redescubierta y la sirvieran como un manjar al hambriento público de Manhattan, que digo Manhattan… del mundo entero!!

Marguerite Duras decía que ella nunca ha mentido. Excepto a los hombres, que a los hombres, claro, hay que mentirles, como si esa clase de mentira fuera la mentira natural, la necesaria, a mi esto, que por una parte la admiro y por otra estoy convencida de no saber mentir, me rompe los esquemas.

Además, desde que hace unas semanas encontré en internet un test sobre el uso de los hemisferios cerebrales en el que una bailarina, dependiendo del hemisferio que utilice para verla, gira en un sentido o en otro, ando cuestionándomelo todo. Y me lo cuestiono fundamentalmente porque la he visto girar en ambos sentidos controlando a voluntad mis hemisferios derecho e izquierdo. Y luego, dos días después, ya no he sido capaz de volver a realizar la proeza, la proeza de gobernar mi cerebro, de tenerlo adiestrado para no engañarme a mi misma creyendo que el mundo gira al revés de Copérnico.

Así que ahora me cuestiono la duda y me cuestiono la certeza, me cuestiono la verdad y me cuestiono la mentira. Me cuestiono incluso la necesidad de las categorías contrapuestas, es decir o mientes, o dices la verdad, o eres homosexual o bisexual o heterosexual, o bueno o malo, o un eneagrama 1 o un eneagrama 4.

El caso Nat Tate fue lo que se conoce como un Hoax, un fraude urdido en este caso por un experto timador literario y su amigo, el Gran Camaleón. Nat Tate jamás se suicidó con 31 años, sencillamente porque jamás nació, o al menos, no nació más allá de la ficción de la letra. Fue el caso más claro de la verdad extática al estilo de Herzog, un concepto clave que fusiona ficción y no ficción y que viene a decir que: “Hay estratos de verdad más profundos, que existe una verdad poética, misteriosa y elusiva que puede ser alcanzada solamente a través de la fabricación, la imaginación y la estilización”.

Fabricamos lo que somos, a diario, según con quien nos relacionemos. Nos fabricamos a cada instante y adoptamos moldes diferentes para presentarnos a los demas, es la fachada de la que hablaba Goffman. No se si somos conscientes de ello, lo incongruente es que exigimos que los otros se queden quietos en sus categorías estancas, las que les hemos adjudicado según nuestro criterio, o nuestro prejuicio. Incluso esta exigencia nos la imponemos a nosotros mismos, para entendernos y poder decirnos: “somos así, soy así”. Somos culpables o inocentes, fieles o infieles, honrados o mentirosos, sujetos a las normas o por el contrario en los márgenes de lo socialmente peligroso.

Y empiezo a pensar que o todo es verdad… o nada lo es. Que en el instante mismo en que algo se imagina, se fabrica, se desea, se lee, se piensa, se siente, se roza, aunque acabe en el tiempo mismo de la imaginación y se desmienta, merece entrar en la categoría de verdad. O por el contrario, en la de una ficción total.

Empiezo a encontrar falsa la habilidad del tiempo para manipular los hechos y verdadera la capacidad de una palabra para fabricar un acontecimiento. La capacidad por ejemplo de que la palabra “excitar” me excite, o la palabra “triste” me entristezca, siendo atrozmente veraz e incuestionable el sentimiento inspirado por una mera sucesión de carácteres.

Así, ayer, el día en que descubrí la historia de Nat Tate me convertí en una invitada de la broma que puso en cuestión al mundo del arte. Y estuve allí, y ahora lo recuerdo, volví a mi buhardilla abrazada por Kinski, el fiel Nosferatu de Herzog, y su abrazo silencioso, que tal vez acabó en lujuria, me investía del poder sanador de la ficción: “Oh my darling, all I need is love”.

TREMENTINA TATELUX

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