Quién soy y qué hago

Soy TREMENTINA LUX, soy artista plástica, teórica y práctica de la comunicación audiovisual y los estudios de género. Pinto, escribo, leo, locuto, diseño, fotografio, reflexiono y analizo. Todo esto, sobre todo, me hace evolucionar como profesional y como persona, me motiva y me divierte. Creo este contenido para ti, que me lees y para mí, que también me leo. Soy del mundo y vivo en Valencia.

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MAHABALIPURAM

Tres historias en Mahabalipuram

S. El patriarcado y la sororidad

S. trabaja para una asociación humanitaria. En realidad sería necesario encontrar otro término. Trabaja no es la palabra, porque la palabra trabajo viene de Tripalium, un instrumento de tortura medieval y además, por trabajar, se suele cobrar un salario. S. invierte su tiempo a jornada completa, sus capacidades y su pasión profesional en la gestión de esta asociación. S. es guapa. Muy guapa. Cuida de un grupo numeroso de mujeres, les ayuda a conseguir comida, trabajo, salario y estudios profesionales en corte y confección, también gestiona una guardería para cuidar a sus hij@s mientras ellas están ocupadas. La guardería tiene un precioso patio de tierra fresca, con mosquitos, hamacas y pequeños escorpiones, dentro hay habitaciones de colores, una cocina con pocillos de aluminio y una pizarra pintada en la pared. Es alegre y confortable.

Todas las mujeres que están en esta asociación fueron, o son, víctimas de la violencia patriarcal. Fueron casadas en matrimonio concertado siendo niñas, parieron varios hij@s, en muchos casos sus maridos son alcohólicos, no trabajan y las maltratan, sin lindezas ni medias tintas. Ellas están, no solo en situación de extrema pobreza, sino de exclusión social. Nada pueden hacer por separarse, salvo mendigar, prostituirse o morir de inanición. Algunas vuelven a casa cada noche y duermen con sus maridos agresores en la misma habitación. En otros casos son viudas. Las viudas aquí también son repudiadas, eso significa la nada social. S. es la única que habla de esto con valentía.

En esta asociación, las mujeres están juntas. Y juntas son personas. Y juntas se cuidan y se ríen. Se llama sororidad y empoderamiento. Cada una hace lo que mejor sabe hacer, limpiar, cocinar, enseñar a coser, jugar con los niñ@, sacar patrones, especializarse en blusas, hacer cestas, cuidar de las otras, alentarlas cuando entristecen. Algunas de ellas son tan buenas en su nuevo oficio que han abierto ya su propio taller.

S. es muy guapa. Habla muy bien inglés y es increíblemente firme, decidida y buena comunicadora. S. se responsabiliza de pagar la renta de los espacios que ocupan. Yo he visitado la guardería, el taller y el instituto. S. necesita un Lakh y medio al mes (unos 2000 euros) para que a las demás no les falte techo ni comida. Ahora mismo todo lo gestiona con su móvil porque no tienen tampoco un laptop. Algunos meses consigue dinero y comida, algunas personas le ofrecen su ayuda en trabajo humano. Pero realmente lo que necesita es pagar la renta cada mes. Ahora su casero quiere subirle el alquiler porque está un sitio turístico y piensa que por sus terrenos puede ganar más. Ella no habla con agrado del turismo. En su mirada  (y en lo que calla) quizás está el conocimiento de la barbarie. El saber que Mahabalipuram ha sido un punto caliente del turismo sexual internacional, de hombres pederastas que visitan falsos orfanatos estacionales y quedan bien en la foto dejando un donativo. Creo que ahora han cerrado bastantes y eso ha hecho decaer este asqueroso turismo que no venía, precisamente, por los templos.

S. lucha cada día por conseguir el dinero. Tiene una gran responsabilidad porque con los productos que confeccionan en el taller no es suficiente y algunas mujeres necesitan abandonar el proyecto y volver a la calle para sobrevivir. Esta situación le resulta dolorosa. Por eso ha intentado ir a Chennai, a la gran ciudad, a dar a conocer su trabajo. Alguna vez ha llamado a la puerta de ricos empresarios que podrían donar mucho, o hacerse buenos trajes. Sin embargo, ya no quiere trabajar con hombres. Por lo que entiendo ha vuelto a la pequeña villa, Mahabalipuram, donde la conocen y la respetan. Solo confía en el trato con las mujeres, en la ayuda desinteresada que proviene de las mujeres. Ya lo he dicho, S. es muy guapa.

M. El capitalismo y el miedo

Mahabalipuram es un pueblo pequeño a una hora en coche de Chennai, que ahora se llama Mamallapuram. Tiene playas, acantilados, preciosos templos monolíticos, vacas a millares y ciudades de piedra antiquísimas. Presenta la que es, probablemente, la única colina de granito volcánico en varios cientos de kilómetros y un extenso jardín boscoso a su alrededor. Tiene la energía sacra de la India ancestral. Es difícil explicarlo. Mahabalipuram está imantada, es meditativa y te hace feliz.

M. regenta un maravilloso restaurante pintado de azul eléctrico y amarillo limón. M. dejó sus estudios a los 10 años y empezó a trabajar, ahora es el manager de su restaurante y tiene 34 años. Sirve un pescado fresco exquisito, se lo traen las barcas por la mañana, a las seis, sirve cocina india e internacional y ha sido recomendado por la Lonely Planet. Las personas que vienen de Europa aprecian el restaurante de M. porque en él se respira el gusto por las raíces autóctonas y la diversidad. Pero anoche estaba prácticamente vacío.

A M. no le funciona el datáfono. Veinticuatro millones de billetes de 500 y 1000 rupias, el 86% del papel moneda de la India, ha sido retirado de la circulación, dicen, para combatir el dinero negro. Pero la verdad, la única verdad, es que M. no tiene datáfono y no tiene clientes esta noche, ni los tuvo la noche pasada, ni probablemente  los tendrá en las próximas semanas y meses.

Ayer me contaron que los hombres ricos están pagando en dinero viejo los salarios de varios meses a sus miles de empleados. También me contaron que algunos trabajadores de los bancos se están quedando un 5% de cada Crore negro que un rico empresario ingresa (unos 140.000 euros). La única verdad es que las mujeres que venden flores en los templos, los vendedores ambulantes de cocos y frutas, el señor que repara zapatos, el tailor de la esquina, los conductores de autoricksaws, los artistas de la piedra y todos los minoristas que comercian sin datáfono (el 90% de la India) ha dejado de poder comprar y poder vender, durante semanas, como M.

M. dice que cuando empezó con el restaurante los europe@s venían a Mahabalipuram. Que ahora solo van a Delhi, Mumbai y el Taj Mahal. Que el mundo “de fuera” tiene muchos problemas, que las personas tienen miedo, que no vienen a India, que si vienen, van al Norte, en autobuses, que los llevan como ganado, de un sitio a otro, que les dicen donde duermen, donde comen, donde compran, y que los turistas ya no entran en (maravillosos) restaurantes locales como el suyo. El turismo ha dejado de contribuir al desarrollo local, ha sido secuestrado en nombre de la seguridad y se ha convertido en negocio para grandes empresarios. M. dice que no sabe cuanto tiempo podrá mantener abierto su restaurante. Ingerir es vivir.

M. es muy guapo y muy despierto. Habla inglés y alemán perfectamente y actúa con una eficacia asombrosa, le gusta hablar con sus clientes, habla conmigo, que soy blanca y mujer, sin asomo de racismo ni sexismo. El intercambio con personas de otras culturas le ha permitido abrir su mente, como la mía, y ahora somos capaces de conversar con empatía, mirándonos a los ojos, percibiendo en nosotros solo las profundas raíces comunes de nuestra humanidad. Si diferencias, sin distancias, sin miedo.

El señor Mahen. Del arte mágico transcendente al arte de saloncito

A las 18:00 anochece siempre en el sur de la India. Así, casi sin avisar. A esa hora cierran el yacimiento arqueológico de Mahabalipuram. No hay luces, y las primeras veces que lo visitas los caminos resultan confusos. El Señor Mahen se ofreció a ayudarme a salir, indicándome el camino hacia la (única) salida que quedaba abierta. Confié, le seguí, hablamos por el camino.

Le dije que soy artista. Que pinto, que vivo en India, que soy muy afortunada por no ser turista en esta tierra. El me dijo, yo soy escultor y nos dimos la mano con efusión, que es con la parte del cuerpo con la que ambos trabajamos. Intuí en ese momento que la salida hacia la que me dirigía no era la única que quedaba abierta, sino que era la única que conducía a su taller de talla de piedra. Y entonces es como si hubiera vuelto a Egipto, al poblado de los artesanos. Supe que me encontraba de nuevo en un lugar telúrico, un epicentro de energía creativa, en el que naturaleza ha condicionado el oficio artístico de generaciones enteras. Entendí que el Señor Mahen encarnaba el saber hacer de sus ancestros, los que construyeron esos templos monolíticos, que ahora abandonábamos con la magia de la noche para adentrarnos, sin retorno, por ese tipo de estrechas y oscuras callejuelas llenas de vida que asustan a los turistas.

L., su jovencísima mujer, preparó un té masala muy caliente servido en vasitos de aluminio y me sentí privilegiada por beberlo en su casa. Su hija y su hijo vinieron a conocerme. Señor Mahen tiene un saloncito en penumbra, con miles de esculturas talladas en mármol rojo con vetas verdes, están en el suelo, ordenadas por tamaños, sonriendo, bailando, meditando. Me enseñó todas y cada una de sus creaciones, Ganeshas, Shivas, Durgas, Hanumanes, Krishnas, contando los huecos de la piedra y confesando que cuando la piedra se le rompe, cambia la postura y continua. Pasamos horas hablando de arte.

L. llevaba la cara pintada con polvo de cúrcuma para blanquear su piel. Su cocina y su habitación colindan con el muestrario de esculturas de su marido. El Señor Mahen le pidió el té a su mujer enérgicamente. También le pidió enérgicamente que aplicara agua en una estatuilla para que yo pudiera observar la subida del color del mármol. Su mujer le obedeció, vestía con un precioso saree de colores y no la vi sonreír jamás.

Le compré un Ganesha al Señor Mahen pagando con el único dinero disponible que tenía. Se lo compré porque no es alcohólico, porque trabaja, porque su mujer viste sarees bonitos, porque en su casa hay una cama de madera, utensilios de cocina, y leche para el té, porque su hija es bailarina y venía de bailar, y porque su hijo está aprendiendo el oficio de su padre, de su abuelo y de su bisabuelo. Porque sé lo difícil que es vivir del arte y defenderlo. Porque admiro que pueda sacar adelante a su familia tallando elefantitos, monos y culebras de mármol doce horas al día, aunque L. no sonría y él no sea especialmente guapo en cuestiones de género. El Señor Mahen no aceptaba moneda antigua, porque dice que en el banco, cuando lleva un billete de 500 rupias lo marcan como dinero negro y no le dejan ingresar más, así que el arte de su Ganesha quedó también notablemente devaluado por la demonetización.

Tres conclusiones y una idea central

Es muy probable que un día cercano venga una multinacional textil, cuyo nombre conocemos, gestionada por un rico empresario y se lleve consigo a trabajar a un taller clandestino a todas las mujeres que han aprendido a coser.  Manos esclavas que coserán la ropa que compran las niñas esclavas también del “estoy mona” y la anorexia en el “primer mundo”.  Y encima, gracias. De guardería para sus hij@s, visto lo de los orfanatos estacionales, mejor ni hablamos.

Puede que un día cercano venga una multinacional de la hamburguesa, le coloque un gorrito de papel en la cabeza  y contrate por un salario de mierda a M. para que empaquete comida basura importada de un matadero industrial, diseñada para turistas que no tendrán miedo de comer en un McD en India, justo donde antes estaba el maravilloso y extinto restaurante de M. Y encima, gracias. De las vacas sagradas ni hablamos.

Puede que un día venga un operador turístico y contrate precariamente al Señor Mahen y a L. y a su hija bailarina y a su hijo aprendiz de artista para que vendan elefantes de plástico fabricados al por mayor en China.

Y la mierda la energía sacra de Mahabalipuram y de la India milenaria y del planeta entero.

Nuestra diferencia con S., M. o el Señor Mahen es haber nacido en otra parte del planeta, nuestras circunstancias vitales. No podemos mirarlos con un estúpido alterego primermundista, pensando: -pobrecitos, eso no va conmigo o -va conmigo y les ayudo en plan colonialista-paternalista, no. Piénsalo ¿Tan lejos te queda la violencia contra las mujeres, los niños y las niñas? ¿Tan lejos te queda el trabajo precario y el expolio de la autenticidad de los sitios y los modos de vida? ¿Tan lejos te queda la devaluación de lo que nos hace más humanos, es decir, del arte, de nuestra capacidad de crear?

Salid de vuestro confort, salid de vuestro sofá, apagad los telediarios, dejad de hacer vuestras las opiniones de los voceros del miedo a la diferencia, no suscribáis ni una sola gracia misógina en vuestros chats, abandonad la intermediación de los chalados psicopáticos que nos dirigen, ávidos de poder y destrucción. El mundo está lleno de personas generosas que aman, cuidan  y crean. Invertid en ellas, amad, cuidad y cread. Conoced el mundo, conoced la humanidad, que se acaba ya.

Mi casa es vuestra, bienvenid@s a Mahabalipuram.

TREMENTINA LUX.

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