Eva sube al atardecer la escarpada pero dulce pendiente de la cala Murtra. A punto de dejar el camino y llegar a la carretera un gran pino de tres brazos la llama. Eva se acerca respetuosa, curiosa, con la sal untada en la carne, con el sudor del mar en la lengua, con el vello erizado aún por el salitre secado al sol.
Mira las ramas, las yemas y el verde lima de su gozosa fertilidad mediterránea y con la luz naranja cayéndole por la espalda, como un helado derretido entre los pliegues del bikini, lo saluda y se abraza.
Es un abrazo leve, pausado, sentido, con los ojos cerrados, un abrazo de amante conocido de tierna compañía y fugaz resonancia de ayeres y presentes renacidos. Es breve porque este pino de corteza tejedora deja caer en los ojos de Eva, algo. Deja caer algo. Ese algo, como pequeño polvo, como pequeña tierra se posa en las pestañas y en los párpados y obliga a Eva en un acto reflejo a dejar la bondad de las manos en el tronco y sacudirse lo caído. Nunca le cayó nada antes abrazando un árbol calmo al atardecer, junto al mar. Nunca en esa cohesión imperturbable este dato nuevo.
En ese acto reflejo, en ese quitarse algo de los ojos Eva impulsivamente gira su cabeza a la izquierda y se sacude lo que sea, y se pregunta porqué ese algo le ha caído, porqué ese rechazo. Porqué ese rechazo invisible en sus parpados, pegado a la piel como una brizna de nada, porque nada encuentra cuando se sacude, nada cuando mira la palma y el dorso de sus manos aún hormigueando por el contacto.
Y sin embargo, abajo, a la izquierda de este amigo árbol, cuando abre los ojos, la ve. Junto a las raíces, siendo ya raíz como ella es árbol, como ella es mar. Es de piedra, es pequeña, es redondeada, está ahí quieta y llamativa, en el lugar en que ella mira ahora, tras ser cegada por el pino que toca a ambas. Y entiende que esta era la misión: ese ver.
Lo que ve a su izquierda es una lápida. Es pequeña, de piedra gris, con un nombre de mujer inscrito en negro. Un nombre de mujer que Eva recuerda ahora mientras yo escribo este post. Eva, la segunda mujer, la que nació de la mar brava este verano.
Ese es el regalo de este hermano árbol de sangre y savia. El nombre de esa mujer que yace en sus raíces, convertida en verde cegador, en yema tierna, en abrazo vivo. La lápida como único cemento y alimento, conexión infinita entre dimensiones habitadas por el amor. ¿Me explico? Este es el regalo.
Si ponemos cárceles de asfalto en las raíces no podremos yacer resucitando encarnad@s en madre pino, en padre ficus, recreciendo y abrazando a quienes a través de esta lectura nos abrazan. Este bautizo de piel, sílice y madera, al atardecer, entre la vida y la vida, antes de la noche en Cala Murtra. Gracias.
TREMENTINA LUX
Abraza, frota tus ojos, sacude lo caído, despierta.
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