Quién soy y qué hago

Soy TREMENTINA LUX, soy artista plástica, teórica y práctica de la comunicación audiovisual y los estudios de género. Pinto, escribo, leo, locuto, diseño, fotografio, reflexiono y analizo. Todo esto, sobre todo, me hace evolucionar como profesional y como persona, me motiva y me divierte. Creo este contenido para ti, que me lees y para mí, que también me leo. Soy del mundo y vivo en Valencia.

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«La Melancolía Remontada» Secuencia del Amor Universal, 6 de 219 ó 276.

«La Melancolía remontada» es el sexto de una serie de retratos titulada “La secuencia del Amor Universal” que toma como referencia los rostros de entre 219 y 276 niñas nigerianas libres.
Pintura y calma sobre la espalda de C.

TREMENTINA LUX
30 de julio 2014

Descripción

Es el día de la amistad. Envío a C. y N. un mensaje. Quiero celebrarlo pintando niñas nigerianas en las pieles de su espalda.

C. Accede. N. no puede. Se muda hoy. N. abandona hoy el estudio. Hoy.

Cuando llego a por las fotocopias de las niñas D. me abre la puerta del estudio, sonríe, ha venido a ayudar en la mudanza. Está oscuro y lleno de ayeres. Melancolía. N. ha dejado para mí una de sus muñecas, sobre la mesa, me la regala, todos los regalos que nos hemos hecho están zurzidos ahí, en su intestino de vampira. Mientras nos abrazamos y le digo -No salgas de mi vida. D. está probándole un marco a la muñequita, intentando encajarla en un espacio imposible, diminuto. Desiste, creo. No lo sé porque cierro los ojos cuando beso. Y pienso entonces, en el beso del adíos, que las muñecas de N. van sin marco.

Salgo con las fotocopias. Las llevo cuidadosamente enrolladas en el transportín de la bici. Pero no quiero doblarlas, así que no las sujeto fuerte. Las perderé, lo sé, como perdí los pinceles en Cerdeña. Y así, en la calle de los adoquines, con los saltos, mirando atrás constantemente, las niñas desaparecen. Doy media vuelta, alarmada, muy alarmada, no están. Hago un zig zag de serpiente, las busco, nada, dos calles después veo a lo lejos como el aire desenrolla los ochenta retratos que empiezan a esparcirse y volar frente al viejo refugio de guerra. La bici pesa tanto que no puedo ir más deprisa que el viento. Contra corriente. Vuelan y vuelan, en todas direcciones. Grito dentro de mi -socorro.

Atraes a los hombres que juegan con fuego.

Frente al refugio un hombre grueso, rubio, que fuma un cigarro liado y lleva calcetines blancos las empieza a parar con los pies, las pisa, como parando un balón. Llego corriendo, gritando, intentando evitar el desastre, -No las pises! gracias! son mías! El hombre comienza a recogerlas pesadamente, su barriga se lo impide, a medida que las tiene en sus manos se asombra tanto que yo asumo el rol de quien hace algo sospechoso. -Son retratos, dice con el cigarro consumiéndosele en la mano, interrogándome, buscando respuestas… -Sí, digo. Y de nuevo se vuelven a volar, y de nuevo las vamos recogiendo, como podemos. -Trátalas bien, me dice, -si no se van a… Y no acaba la frase. No le explico nada. Salgo furtiva, le doy las gracias,las sujeto bien, puede que se arruguen, vendrán conmigo, a la fuerza, creo.

Los callejones más oscuros y las terrazas más empinadas son tu salvia

De camino a casa de C. transito por lugares de mi barrio por los que nunca pasé. Palacios apuntalados, callejones del tamaño del manillar de la bici, meados, con detritus, donde contengo el aliento y vuelo pensando en películas sobre ciudades de Africa.

Subimos a la terraza. Con Salvia y una manzana. Con las pinturas de piel compradas en Londres para pintar carnavales. C. ha estado mirando las fotos de las niñas en la cocina. Todo le parecía imposible hasta que Melancolía la ha mirado. Así, con melancolía recortada y mordida en la boca, C. se tumba desnuda y yo me encajo sobre su pelvis, con la mía, a horcajadas. Comenzamos, es el atardecer de la Luna Roja, suenan las campanadas.

La piel de tu espalda es ancha y firme como las marismas del recuerdo. Siciliana.

La paleta es muy reducida. Falsos primarios, blanco y negro. Comienzo hidratando y encajando. Melancolía es bellísima y profunda. La esponja difumina y estampa, la piel es quizás el soporte más espectacular que jamás he trabajado. Matizo y contrasto y cuando vuelvo sin embargo, la pintura viva desaparece, tras el poro. El poro late, suda, se mueve, deglute las pinceladas. El soporte se ríe. Ahora sé que le hago cosquillas a los soportes.

Llega la incomodidad de los empeines. El cambiar de posición. Llega el momento en que decimos basta, el final donde al fin aparece ella, la que aún no tiene nombre. C. comenta que ha tenido visiones de ciertas imágenes mientras la pintaba. No puede explicarlas. Al levantarse Ella agacha sus ojos y ante nuestra sorpresa, Ella, la triste ahora, se llama Melancolía.

Me siento como un puto soporte, una mujer objeto. ¿Por qué me haces esto?

Ahora es cuando C. se levanta. Desnuda, en la terraza comunitaria. Ahora es cuando vamos a por la idea de C. siempre resonadora, amplificando. -Vamos a salir a pasear y hacerle fotos! Dijiste entusiasmada, querida C. Y llegado el momento C. empieza a posar con incomodidad. Se sujeta a unas argollas en la pared, se coloca junto a los desconchados y las tejas. Junto a las ventanas cerradas y rotas que no dan a ningún lado. Y todo alcanza un punto sórdido, como de tortura. Ninguna entendemos qué sucede, el porqué de las elecciones. Pero el encuadre, el resultado nos desagrada a ambas. Bajo las almohadas y las toallas, por último los pinceles y el agua sucia de las pinturas que ha tomado un inexplicable color turbio, verdoso, especialmente lúbrico.

La ropa que te tapa la boca es el amor callado que te profeso.

C. se intenta vestir para salir sin mancillar el rostro dinámico de Melancolía. Todo lo que hace, sin embargo, la tapa. Hasta que da con un vestido de lycra y tafetán que le encaja perfectamente. Yo pensaba en ese vestido cuando la pinté. Pero nunca se lo había visto. Salimos. De camino a la Plaza de la Virgen recordamos al entrar en el pasaje el «Traslado de la Pussy» y suena entonces la banda sonora de Star Wars.

Hacemos fotos, hablamos, paseamos. Al salir hacia el Palau nos interpela Vodeck, admirado por la espalda de C. Vodeck juega con fuego, todas las noches. Vodeck nos dice, -Los miércoles vengo a darme. Y eso nos agrada. Vodeck tiene las manos llenas de hollín, como los amigos de Mary Poppins, urga en su tabaco de liar y dice que ha estado hirviendo litros de trementina con cera para imprimar sus tambores. Vodeck lleva un maletín en un carrito y un sombrero y un equipo de música, con el que hace sonar Star Wars al final de su espectáculo, cuando pasa entre los asistentes su agujero negro.

Nos despedimos. Cierro los ojos cuando abrazo, mis manos se cierran sobre los ojos de Melancolía. Y estamos las tres. Por un momento, quietas y felices, en el portal.

También los jueves vengo a darme y te digo que te quiero, Melancolía.

C. ha dormido con Melancolía en la espalda, dice que le ha pedido quedarse con ella. Duerme boca abajo. Al despertar me envía fotos, selfies del día después. C. y Melancolía están viviendo juntas una historia de amor mútuo y placer. Se esconden la una de la otra, se sienten el cuerpo y se interpelan, se descubren en la ausencia y se reclaman. Si C. sigue dejando correr la tinta por su espalda, durante más horas, me pregunto qué manos sabias podran entonces borrarle, tan agarrada a su espalda, tan latida y perspicaz y tortuosa y sin embargo plena, La Melancolía Remontada.

Gracias querida C.
TREMENTINA LUX © 2014

#BringBackOurGirls
#LaMelancoliaRemontada
#LasecuenciadelAmorUniversal

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