Estamos sentadas en un banco. Por la noche. En un parque. María Magdalena la joven se nos aparece y nos besa la mano. La mano de María Magdalena es gruesa y roma, con la piel tensa y brillante, ennegrecida por el incendio. Sus ojos verde malaquita rasgados por la calle, su pelo siena tostado al sol. Nos pide fuego y nos enseña la Virgen que lleva en el bolso, siempre con ella después de que su bisabuela la rescatara de la basura a donde la habían arrojado.
He estado en el CCCB viendo Quàntica. Por eso sé que María Magdalena es una Björk a la que las cosas le han salido diferentes. Una Björk que no canta ni compone, sino que besa manos a desconocidas en los bancos de los parques, de noche. Una Björk a la que no cuidaron de pequeña.
También sé que yo estoy sentada en la terraza de mi casa de hornacinas verde cerámica en Cadaqués. Que soy una Dali a la que su Gala moldea cada día para que pueda jugar con un pescado o con cubos de agua inversos, o con globos de plata en los pasillos encalados estrechos de los jardines de Portlligat. Que hago rico a mi pueblo de pescadores jugando, hasta el punto de que los pescadores desaparecen y solo quedan turistas en la vista y por eso mis Bosones de Higgs me hacen estar en un banco en otra parte del mundo, de noche, con la mano atrapada por una preciosa no-Björk que acaba de escapar del incendio. Y mientras, como ella ya no canta ni compone, y yo no miro los pescados con cara de genio espantado, los pescadores vuelven a tejer en Cadaqués y el invierno es duro de narices con la Tramuntana rompiendo les nanses.
Juntas somos conscientes de la más pequeña excitación posible. Estamos sentadas en el banco por la noche porque vengo de que un bonito maestro me vende los dedos con esparadrapo para poder trabajar la malla de una cofa en Costa Brava. Vengo de dormir con A. una mujer bella y valiente que conduce enormes camiones que alzan en volandas los contenedores de madrugada, entusiasta, serena, cuidadora, potente, sabia. ¿Dónde queda todo cuando no nos brillan los ojos? La exposición a una falta de libertad y juego creativo nos expone a una pérdida de nuestro espín, nuestra carga eléctrica e incluso nuestro color, nos volvemos inestables y nos desintegramos rápidamente.
María sigue hablando, me saca del pensamiento de los atardeceres en el mar con su gesto, María Magdalena hace esa señal, la de los grilletes en las manos, y dice que a su compañera de cama se la han llevado así: esposada. Que ella creía que era su amiga, nos dice esto con lágrimas impostadas y nos llama reinas, las reinas de la noche, a C. y a mí mientras nos pide un cigarro por favor y yo pienso en lo bonito que es rodearte de almas amigas que te pregunten cómo te ha ido el viaje, el viaje de la vida si acaso.
C. está sentada en el banco conmigo, o yo con ella. Nuestras partículas han coincidido en el banco del parque por la noche porque ella sabe ahora que el pie de Mateo el grande tiene el tamaño de su tibia, que es lo que está ahora chupando Gurú, el perro de María con insistencia daliniana. C. me dice que un día al apóstol le supuraba la piel a la altura del corazón y que al tocarse encontró una espina blanca que le salía de dentro, que se la quitó con unas pinzas y a partir de esa noche pudo dormir.
He afilado los mimbres con cuchillos y tijeras de podar. Las estructuras en espiral son las más ancestrales que se conocen, son nudos de caza y presa, son nudos que gobiernan el mundo en el que las sepias se atraerán, se fecundarán y morirán en una trampa de pesca sostenible, en plan las nueve revelaciones. Por eso hay un profeta en la consigna de la estación que mira mi cofa y la admira, que adivina de forma inverosímil que hago yoga y medito por mi forma de apretujar los zapatos y las chanclas y toda la ropa en la mochila y al salir me doy cuenta de que en sus ojos estaba el brillo del que hablaré dos párrafos después y que todo parece tener un tinte bíblico.
Recuerdo ahora, ya de día, que María Magdalena llevaba una camiseta verde de algodón con un mono evolucionando, pero no consigo saber hacia qué, por más que la miro solo veo un monolito romo al final, una mancha secular que no hizo aquello para lo que estaba destinada, erguirse. La camiseta es verde, verde bosque, como lo era el Amazonas antes de que el capitalismo y el patriarcado enterrara sus cenizas en un batido de soja transgénico.
Puede que el momento en que a un ser vivo le brillan los ojos sea el momento en que todas las partículas cuidan las unas de las otras para permitir un único posible ilusionado universal. El momento en que se teje una malla triangular im-perfecta, el momento en que el cuerpo saca la espina de forma natural, el momento en que compones, pintas, escribes, hundes tus manos en las formas del barro, amas, el momento en el que el cuerpo se mete a tientas en el mar de noche para fundirse con las rocas, el momento en que la lluvia cae sobre el Amazonas, el momento en que respiras y te cuidan y cuidas, el momento de todos los besos en la manos, el de la sonrisa y la confianza en quien no conoces y eres tú, el momento en que celebras tu cumpleaños antes de nacer.
El momento estelar iluminado en que te das cuenta de quien eres y para qué viniste a pasar en la tierra una temporadita breve, el momento en que dejas de estar atrapado en tu Shangri-la particular y te lanzas a confiar, compartirte y creer en lo imposible. El momento en que esta revelación no se te olvida de nuevo. Que María Constantina, generosa e invisible, nos levante una vez más en estos tiempos de extinción.
Feliz día con gratitud.
TREMENTINA LUX
There are no comments published yet.