Esta es mi madre, hacia 1948. Un día en el colegio les tomaban una foto en blanco y negro. Con un decorado de naturaleza al fondo, con la imagen del niño y el cordero pascual a la izquierda, con una pluma bonita y un uniforme prestados. También con la bola del mundo y otros símbolos de poder. Mi madre ese día estaba feliz. La foto de mi padre no la tengo, porque le pilló la guerra civil y el decorado se rompió. También en la foto pupitres pintados, con niñas ordenadas regularmente, encajadas en una cuadrícula cartesiana.
Instrumentalizar la educación
La educación nos hará libres, decían. Pero acabaron por instrumentalizar la educación y nos encontramos introyectando lo que era un logaritmo, una neperiana, una matriz, diseccionando ranas muertas y mirando por el microscopio de la miopía batallas ganadas, diptongos, triptongos y complementos circunstanciales de lugar. Y la educación reglada nos acostumbró a vaciarnos, a la quietud forzosa, al sonido de la campana, a las evaluaciones de contenido muerto, estanco. A empollar absurdos temas cuya utilidad futura ni siquiera nos planteábamos mientras las plantas y los animales aprendían comunicación, simbiosis y mutualidad sin aulas. Y llegó el futuro y aquí estamos, con el Planeta devastado, con cientos de certificados, sin saber lo que es metro y medio de distancia porque siempre nos tuvieron lecto-escriturándonos, deglutiendo y vomitando en pupitres cartesianos.
Aplicar la coerción
Durante la era analógica las personas creyeron en la educación, se organizó la construcción social en torno a ella, en alcanzar un pensamiento crítico y una posición social merced a la educación universal. La educación garantizaba la construcción conjunta de un mundo mejor. Pero… eso ya lo dieron por acabado. ¿Notaste? Si viviéramos en una sociedad de personas realmente educadas en un sistema educativo realmente educador toda coerción carecería de sentido.
Cada prohibición impuesta aniquila la utopía de la educación, el sueño de la libertad a través del conocimiento compartido y el cuidado mutuo. Cada restricción fulmina la esperanza y la evolución. Una sociedad que prohíbe en nombre del bien común es una sociedad destartalada. Una sociedad que demanda prohibiciones no es una sociedad, sino un conjunto de personas alienadas necesitadas de adiestramiento. ¿Eso aprendimos en los pupitres?
¿Y qué podemos hacer?
Salir disfrazadas, cambiar por dentro, co-crear, eso aún se puede. De momento comparto a mi madre-niña sobre un fondo de pinos vivos, verdes, en movimiento por el aire, transmitiendo un saber inconmensurable, con toda esa ilusión en el futuro, con ese brillo en la sonrisa de todos los posibles por venir, comiéndose el mundo con las pupilas negras dilatadas. Tan analógica ella, con su ADN intacto. La pongo ahí porque me dice: -hija, las escuelas no están frente a las pantallas, como nunca debieron estar ente los muros, eso son solo decorados del mandamás de turno. La educación está en la energía sutil que nos llega cuando interactuamos con otro ser vivo, incluso cuando este ya ha muerto.
Amor universal y responsabilidad, comadres. Que la naturaleza nos acompañe y la educación nos alimente.
TREMENTINA LUX
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