Quién soy y qué hago

Soy TREMENTINA LUX, soy artista plástica, teórica y práctica de la comunicación audiovisual y los estudios de género. Pinto, escribo, leo, locuto, diseño, fotografio, reflexiono y analizo. Todo esto, sobre todo, me hace evolucionar como profesional y como persona, me motiva y me divierte. Creo este contenido para ti, que me lees y para mí, que también me leo. Soy del mundo y vivo en Valencia.

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LISBOA

A la vera del Río Bochín

Ayer, de madrugada, estaba leyendo en el sofá “El bosque de la noche”. Debí quedarme dormida, no lo recuerdo, andamiada como estaba por cojines de lentejuelas y personajes circenses. Leía en ese momento el fragmento en el que el bochín sujeta entre los dientes un clavel rojo mientras afila su cuchilla y resonaba en mi memoria la sentencia, dos páginas más atrás en la que dice: “El hombre lo que quiere es, una de dos: encontrar a alguien que sea tan estúpido como para poder mentirle, o amar hasta el punto de que el objeto de su amor pueda mentirle a él”… Y no recuerdo más…

Desperté con los brazos extendidos como palomas y no reconocí mi alrededor. Quiero decir que durante unos segundos no tenía sentido el orden espacial, no parecía entender la distancia entre un objeto y el que le precede, ni el arriba, ni el abajo, ni las ventanas, ni los muros, ni las luces, ni las sombras y no hablemos del tiempo, el tiempo transcurrido o el porvenir. Mis ojos se habían abierto, pero mi conciencia preguntaba angustiada: ¿Dónde estás? ¿Qué es esto…? Por un momento, sentí pánico.

Veía sin ver o veía sin entender. La parte motriz de mi visión funcionaba, la parte consciente, interpretativa, la que dota de sentido a lo que vemos y tan real nos parece, no. En la nuca se acomodaba un hormigueo, también en los brazos. Me senté de un salto, empujada por una extraña furia de supervivencia que aún empeoró más la situación y seguí observándolo todo, mareada, muy mareada obligándome a recordar, diciéndome, – si estás aquí, es porque has llegado… Pues dime, ¿qué es esto? ¿dónde estás? Debes saberlo ¿no?… Tenía autoconciencia del engaño, de mentirme quizás a mí misma (tanto me amo) tenía palabras y nada más. Y solo con las palabras y esa visión desposeída de significados no lograba superar la trampa perceptiva, no lograba ver “la verdad”, estaba dentro de un laberinto de Escher, víctima de la la hostilidad de lo doméstico.

Cerré las ventanas en un acto instintivo y me fui a la cama, también por instinto. Cerré fuerte los ojos y traté de olvidar, me di cuenta entonces de que ni si quiera recordaba, de que no sabía donde estaba porque no sabía nada de mí y esa pérdida transitoria de memoria me hizo mucho bien. Me dormí, plácidamente sin ayer, disfrutando de la sana ausencia de la ley, de la ley y la gravedad.

Hoy he despertado instalada en el mismo “donde siempre”. Recuerdo el trance, como un suceso inexplicable. Veo mi casa, el mirador donde la luna se arrastraba entre las venecianas y reconozco la estancia. La profunda fosa que anoche se abrió en mi conciencia ha cicatrizado dejando solamente la huella que una inquietante sospecha. Creo que me dormí en una mala postura y alguna parte de mi cerebro quedó momentáneamente separada de mí, como si el bochín hubiera comenzado a segar mi cuello, aristocráticamente, sin dejar caer el clavel de su boca.

Este verano he practicado el nudismo y el nomadismo en Portugal, desde el Algarve hasta Viana do Castello y traspasando fronteras, junto al Río Verdugo, en Pontevedra, el mundo, mi casa. Al final, después de quince días sin ropa y sin hogar acabé en Madrid viendo la exposición de Juan Muñoz. El desplazamiento, el nomadismo y la alienación son sus temas principales, y los he experimentado mucho, placenteramente, como si el destino jugara a ser redundante.

Anthony Vidler habla en el catálogo de “entornos vagabundos” para referirse a lugares que rechazan los tópicos del hogar con el fin de expresar las incertidumbres de la tierra de nadie, que son los equivalentes más directos de la otredad que anida en el fondo del yo moderno… Creo que para entendernos se trata, haciendo un paralelismo, del pánico y el vacío que expresaban las hermanas Schlegel ante la invasiva presencia de la nueva urbe y sus rescoldos de humanidad en “Regreso a Howards End”, libro entrañable y lucidísimo que os aconsejo leer en una en una Manor House, en Sintra, de noche, que es cuando la plaga turística se ha ido a desovar.

En Portugal he descubierto que las diosas que habitan en mí, según Jean Shinoda Bolen, una psicoanalista Junguiana que acabo de conocer (hay teorías para todo…), están mutando. Que he dejado de ser un poco Perséfone, un poco Atenea, un poco Hestia, para ser muy Afrodita, que aunque suene Chic, es lo pero que puede pasarle a una mujer en esta sociedad mediocre. Sí, he descubierto que soy alquímica, creativa. Vamos, que lo he sido siempre y lo soy más ahora que no tengo raíces y de noche, cuando leo en el bosque me da por perder la conciencia. Aunque según Bataille, al resistirme, al rebelarme, no tengo porque perder la cabeza… ¡Ah! lo sospechaba: bochín travieso… ¡Devuélveme mi yugular!.

Por eso hoy me he levantado cuestionándomelo todo. Lo primero que me cuestiono es porque las mentes creativas se ponen al servicio de las historias arquetípicas. Porque los guionistas siguen planteando sus guiones basados en el conflicto, porque repetimos esquemas morales absurdos que van a seguir castrando generaciones y generaciones. Por qué, si en un momento de lucidez, todo deja de ser lo que parece… ¿Por qué lo que parece puede constreñir nuestra vida, meterla en un botijo, domesticar el flujo de nuestra libertad espiritual y afectiva? ¿No es acaso esa perpetuación de una realidad castrante, el mayor de los engaños? A los que creáis el futuro con vuestras creaciones, va dirigido esto.

Tachad lo que ya se ha dicho, escribid otro camino.
La desnudez nómada del alma, lo superfluos que somos en la inmensidad del universo, esa es la única verdad. A disfrutar.

TREMENTINA LUX

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