Mi realidad de primer orden
Yo nací en el Barrio del Carmen, en Valencia, en los años 70. Esto significa que me crié entre amigas que cayeron en la heroína y nunca se levantaron. Que se embarazaron a los 14. Que nunca estudiaron una carrera. Que crecí entre cruces de navajas, vecin@s que venían a mi casa a ver el «Un dos tres» en la tele que mi padre había fabricado y benditas calles llenas de alma: oliveras, hueveras, lecheras, costureras, mercerías, cristalerías, hornos, garitos nocturnos de jazz, conventos, colegios de monjas y colegios públicos desprestigiados, todo junto a un mercado nutricio, el de Mosen Sorell, que se expandía los martes con telas de colores una manzana entera y un poco más allá.
Aprendí en la calle Beneficencia a ir en monopatín, en bici, a hacer la voltereta lateral, a jugar al balontiro y a comer pipas. El día de mi cumpleaños abríamos la puerta del patio y mis amig@s subían en número infinito a comer tarta y a correr salvajemente por los pasillos de mi casa. Aprendí a subir a cenar en verano cuando mi madre me llamaba por el balcón.
Aprendí que la calle era un lugar de socialización. Sin tráfico, sin amenazas, y que la gente de mi barrio era tribal.
Una zona de significado limitado
En marzo, un día llegaba el camión con volquete. El camión traía la playa a mi calle. Era la señal que inauguraba un estado de excepción. Esa noche las luces se encendían y los niñ@s bajabamos con nuestros sobres sorpresa llenos de soldados y tacitas de té a revolcarnos en un gigantesco y mágico montón de bendita arena de mar.
Así pasaban varios días. Hasta que uno de ellos tu madre te levantaba por la mañana mirando por el balcón y diciendo entusiasmada: !!Levanta!!! !!Que ya está ahí!! !!Ya han plantado la falla infantil!!! Y durante esa semana, toda la tribu en pleno, en un mar de calma y confianza, te alimentaba, te divertía, te cuidaba.
El esquí
Durante los primeros diez o doce años de vida no conocí a nadie en el barrio que esquiara. En Valencia no nieva nunca. Yo vi la nieve por primera vez a los veintitrés. Hacia los años ochenta una amiga comenzó a irse en fallas a esquiar. Entonces no había grandes almacenes de ropa deportiva, ni estaciones de esquí cercanas. Mi amiga se iba a Pirineos la semana de fallas, y se perdía la arena de mar y el olor a llama. Y Belén, que así se llamaba, parecía feliz por ello, tanto como yo de no entender cómo se lo podía permitir. Así que aprendí que el carísimo equipaje de esquí comprado en el Corte Inglés y el traje de fallera cosido amorosamente por mi madre, iban a convertirse ya desde ese momento en pesados símbolos de experiencias vitales excluyentes. Y que mis moños y mis zapatos con pompón llevaban en la invisible contienda, pese a la gratificación inmensa que me proporcionaban, todas las de perder. Intuí que jamás podría contagiar a Belen de algo que ella no había aprendido a querer. Y que a los veintitrés ya es tarde para aprender con soltura, a esquiar. Sin embargo, nunca sentí envidia, sino compasión.
La emigración y la gentrificación
Fue en los años ochenta también cuando dejé de tener amig@s que subieran a mi casa el día de mi cumpleaños, se fueron a vivir a Paterna, a Moncada, a la periferia. Un día me quedé sola, frente a la tarta con las velas encendidas, con mi madre, mi padre y mis primos intentando consolarme. Fue en los años ochenta cuando cerraron la lechería, la olivera, la huevera, los hornos, la cristalería, la mercería, cuando el mercado se encogió. Cuando las casas sin amo empezaron a caerse y los especuladores empezaron a expulsar «El bicho» (la gente de mi tribu que no sabía esquiar) para poder demoler y crear bloques de edificios fuera de contexto, sin sentido ético ni estético, costosas jaulas de cemento en el corazón de la ciudad, que no respetaban nada más que las alturas.
Mi realidad de segundo orden
En los años ochenta yo tomé el pasaporte y me fui al Luis Vives a estudiar. Eso modificó drásticamente ciertas verdades aprendidas, sobre todo las seculares. De ahí salté a Bellas Artes, en los noventa, y fue entonces cuando descubrí que había gente a la que no le podías contar que en marzo te ponías los moños en lugar de los esquís. Lo que en un momento parecía fácil y benigno, ocultar que te lo pasas de muerte en fallas, siendo fallera y que no por ello dejas de pensar revolucionaria y artísticamente, sino todo lo contrario, se convirtió a la larga en una dolorosa identidad estigmatizada, en un penoso proceso de biopoder que me llevó a interiorizar que o bien era fallera, léase mujer florero, o bien era digna de pertenecer a la aldea, digamos, de la gente culta. Que ambas cosas eran contrapuestas y excluyentes, y que reunidas en una misma persona me hacían en el ámbito culto, socialmente inaceptable. Para entender mejor este párrafo puedes leer «La presentación de la persona en la vida cotidiana» de Erving Goffman y «Vigilar y castigar. Nacimiento de la prisión» de Foucault.
La realidad de primer orden, esa que aprendemos de facto mediante emociones en la más tierna infancia, es inalienable e incuestionable. La de segundo orden es la que se superpone a la primera y que se aprende con la apertura y las experiencias adultas. Una discordancia fuerte entre ambas puede ocasionar socializaciones problemáticas, si en valores y actitudes la aprehensión social de ambas formas de entender la realidad cotidiana que nos rodea no es coincidente. Eso es lo que a mí me paso, socializada en la cultura popular de niña (la religión fallera como zona de significados limitados excepcionales) y socializada en la alta cultura, (la religión del arte) de mayor. Para entender mejor de lo que hablo te remito a «La construcción social de la realidad» de Peter L. Berger -y Thomas Luckmann.
Fue en los ochenta y los noventa cuando empezaron a llegar al Carmen personas que querían garajes y que no bajaban a jugar a la calle, ni entendían que los demás quisiéramos seguir haciéndolo donde legítimamente habíamos aprendido a hacerlo como hij@s y niet@s de los habitantes más aborígenes. El territorio, en su función, dejo de ser funcional y 358 días al año, nos encerramos, como ellos en nuestras casas.
La caliente salida del armario
Estamos en los dosmil y pico. Ahora las fallas, esa fiesta femenina, ancestral, horizontal, humilde, de barrio, están desbordadas por una pésima gestión cultural mercantilista que pretende convertirlas en lo que no son, una fiesta vertical, eminentemente turística y discordante con los intereses vecinales, una dinámica autodestructiva. En este panorama hay artistas que se interesan por construir el monumento y librepensadores que aportan, muchas veces desde dentro, enfoques sensatos sobre el fenómeno. Es al albor de estas prácticas de emancipación intelectual de la cultura popular, de hibridación, donde yo he encontrado la oportunidad para demoler un muro tejido de intolerancia y salir del armario.
Cosas que he podido hacer
Dentro de la fiesta la mujer ocupa una posición ejecutiva en igualdad de condiciones con el hombre. Pero la figura simbólica de la mujer florero está hipertrofiada y genera tópicos y estereotipos alejados de la realidad que son inoculados cruelmente en la sociedad y que llegan con especial fuerza y credibilidad a la parte de la sociedad más cultivada, y por tanto más aferrada a la distinción maníquea entre la alta y baja cultura.
Yo he sido la primera vicepresidenta de mi comisión, soy delegada de cultura desde hace más de una década, en el 2001 escribí mi primer texto feminista en un llibret y no lo hice antes porque no se me ocurrió. He escrito, pintado, levantado al tombe el monumento, gestionado partidas, cosido disfraces, discutido y defendido mi posición ideológica, allí dentro. En la gruta matrilocal que somos cambio de identidad tantas veces como quiero, y soy querida y aceptada, sin reservas por ser como soy, desde hace cuarenta años… No soy una excepción, todas asumimos la co-responsabilidad en la gestión, intergeneracionalmente, durante todo el año y además, si nos da la gana, nos ponemos moños la semana de fallas. He tardado catorce años en disponer de un foro culto en el que poder decir esto y mostrarme como fallera y feminista ante personas que saben esquiar. Y me sentía como la mujer barbuda. Todo ha sucedido rápido, en un fin de semana. El jueves salí del armario como invitada en unas jornadas que Podem València organizó sobre fiestas populares, y el sábado en mesa de debate «Museu és ciutat» del IVAM, para ver qué podemos hacer entre todos con el bendito solar…
Y ahora a lo que iba: La invención del primer Llibret-Jugat: «Volem Fer Falla. Un Joc Quimèric».©.
Y ahora escribo porque este año tenemos un proyecto brutal capitaneado por una Presidenta, y porque gracias a la generosidad y la confianza de mi tribu, que ha permitido la edición del prototipo, he creado, en colaboración con el artista Giovanni Nardín, el primer Llibret-Jugat de la historia de las fallas. Y como es un proyecto innovador y candente y comercialmente muy atractivo quiero que quede constancia de que si a alguien le interesa el proyecto, plagiarlo es delito. Hay que ponerse en contacto con los autores porque legal y moralmente tenemos los derechos reservados a través de la Ley de propiedad Intelectual y también en Creative Commons mediante el epígrafe Renonocimiento no comercial sin obra derivada.
El Llibret clásico es una edición anual que recoge aspectos administrativos, explica el monumento con los bocetos de l@s artistas y menciona patrocinios. En «Volem Fer Falla. Un Joc Quimèric».© este contenido ha sido reinventado y convertido una baraja inicial de 72 cartas que sobre todo pone en valor el Patrimonio Cultural Inmaterial de las Fallas, de su paisaje y de su paisanaje a través de una estrategia lúdica, didáctica y experiencial.
La dinámica del juego, así como sus componentes, ha sido creada ex-profeso para derribar barreras simbólicas y dar a conocer una realidad mucho más profunda y cargada de significados. El objetivo del juego es dar a conocer y poner en valor la dinámica del ejercicio fallero, durante todo el año, con sus complejas tensiones entre personalidades opuestas y la intervención de agentes sociales bien distintos. De dentro hacia afuera, con honestidad y conocimiento.
El juego es intergeneracional, cooperativo y competitivo, posee anclajes verbales propios del lenguaje de la tribu, ilustraciones originales de Giovanni Nardin e ilustraciones cedidas para esta ocasión, por Victor Valero. Ha sido maquetado por L´Equip Massacor y lo hemos presentado al público y a los medios de comunicación el día 12 de Marzo, en el Palau de Pineda. Lo tendremos disponible para que puedas jugar estas fallas, en nuestra demarcación. Así que te esperamos, felices y fuera del armario.
Y que sepas que nunca dejaré de sorprenderte, porque soy una y múltiples y todas están en mí…
TREMENTINA LUX
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