Si todas somos Lilith, ¿quién es Lilith?
«Lilith consideraba ofensiva la postura recostada que Adán le exigía. ¿Por qué he de acostarme debajo de ti? Preguntaba. Yo también fui hecha con polvo y por consiguiente soy tu igual. Como Adán trató de obligarla a obedecer por la fuerza, Lilith airada, pronunció el nombre mágico de Dios, se elevó en el aire y lo abandonó.» Más info, aquí*.
Cuando hago esto no sé que estoy haciendo una cárcel.
Compro una loneta de algodón. Hace años que no pinto sobre una loneta de algodón. La llevo al estudio. Hace semanas que no pinto en el estudio. Es verano. Ya no tengo bastidores libres. Tenso y grapo la loneta sobre la caja de pino de «Emigra». Emigra ha secado durante este tiempo y la veo más inquietante y severa que antes. Tenía muchas ganas de volver.
Dejé de pintar sobre loneta de algodón por su textura. Me irrita su textura. Y por su absorbencia. Me irrita su absorbencia. Es un soporte que exige demasiada atención para tan pobres resultados.
Es verano. Voy hasta el fin del mundo para imprimir unas imágenes. Y regreso. Preparo una base acrílica marrón chocolate. Utilizo un pincel plano de cerda suave. Y fondeo con deleite y placer todo el interior del contorno de su rostro. Lo lamo con las cerdas, lo repaso, una y otra vez, tapo todos los poros, acaricio y presiono, modelo y repaso sin salirme, la negritud es lúbrica y gustativa. Por más que te cuente el placer que siento pintando esto no llegarás jamás siquiera a imaginarlo. La loneta sin tratar es el límite del amor, su inversión, su verdugo. Lo contiene y lo secuestra.
Todos los posibles están donde estará ella, donde ya está en ausencia. Podría ser cualquiera, podríamos ser todas. Es Lilith. Es la reina de los agujeros negros. Y nos mira sin ojos y nos habla sin boca.
Elogio de la negritud. Cuando entras en sintonía con una imagen se produce un acogimiento de lo innombrable. Y conectas con lo oculto. Tu yo oculto.
Con la puerta abierta del estudio me siento pasar por la calle, con mi monopatín azul. Me escucho respirar y reír. También estoy allí, justo enfrente, el día en que me voy de casa. Y esa otra tarde en que son las cinco y solo ha bajado Marina a jugar, el año que estrenaron Grease y jugabamos a pedir limosna. Estoy en todos los veranos en que estaba sola, justo antes de estarlo. Los veranos del riesgo. Y me asomo al recuerdo, apoyada en la barandilla de madera de mi estudio y estallan en la misma acera todos los posibles. Mientras ella se seca descanso sobre lechos de tafetán.
Empiezo con las acuarelas. La he bajado del caballete y la he sentado en la mesa. Esto se llama miedo. Quiero ir poco a poco. Pienso en la exposición de Kerry James Marshall y en la contradictoria entrevista del catálogo. ¿Cómo oscurecer lo que ya es negro? ¿Como dar volumen a lo negro evitando simplemente el trabajo con la línea blanca? ¿Cómo hacer para que la imagen transmita sin ser huella de quien la produce? Esta última pregunta, como afirmación o aspiración, digo: ¿No es una absoluta gilipollez?
La obra es el soporte de la identidad de quienes la contemplan
Los hombres empiezan a entrar en el estudio. A través del móvil y de la puerta. No me quito de la cabeza «Caliban y la bruja» de Silvia Federici. Todos los hombres intervienen en el trazo, en la dilución de la huella. La loneta es lija para los pinceles de acuarela. Lo sé. Pasa la tarde y llega la noche, se va la luz y llegan las luces. Estás ahí, saliendo lentamente, sufrimos ambas, gozamos ambas. La paleta de acrílicos está enmudecida por un plástico, para que no se seque. Sé que en el momento en que deje la acuarela el parto durará diez minutos. Parece que quiero dilatar toda la tarde. Hacer el tiempo eterno, de contrastes azul y rojo sobre fondo chocolate.
Asumo que estoy pre-académica. Te miro y te introyecto. La saliva es nuestro aglutinante.
Hoy estoy pintando como pintaba antes de todo lo aprendido en la carrera. Como cuando lamía los pinceles antes de pasarlos por las pupilas y buscaba orgasmar durante días viendo lo pintado. Como cuando firmaba a mano. Estoy pintando enfocada a un resultado. A complacerme. Y esto, este proceso, me horripila. Es tanta la cárcel de la forma, el límite de la mentira aprendida que J. y yo nos vamos a tomar una horchata con fartons al Siglo, como cuando el Carmen del S.XXI, con todos sus turistas y sus chiringos pseudo-cools, no existían, cuando las cucarachas aún eran negras y profundas.
-¿Te das cuenta? Nunca pintamos una puta cara en toda la carrera. Dice J.
-Nooo, que vá, digo riendo, -Te equivocas, lo primero que dibujé fue el busto de la Venus de Milo. Y cuando vino L. me dijo: -!Aquí no se dibujan caras! Y me obligó a borrarla. Cinco años dibujando óvalos vacíos…
Vuelvo a Lilith y no publico el resultado final porque no me da la gana.
Las noticias de la humanidad son repugnantes. Y yo dale que te pego a la Secuencia del Amor Universal. Toma ingenuidad. Por eso hoy todas somos Dalila, todas somos Salomé, todas somos Judit, todas somos Mesalina y Medusa y las Sirenas, todas somos Lisbeth, Lucrecia Borgia y Astarté. No lo dudes. En ti está la creación y la destrucción. La ira y el amor. Que no te busquen. Te encontrarán. Aparecerás con tus contrastes de la nada negra y serás el TODO. Todas somos una, «Todas somos Lilith».
TREMENTINA LUX © 2014
#BringBackOurGirls
#SecuenciadelAmorUniversal
#TodasSomosLilith
*Te puedo poner enlaces a las historias de Lilith, Judit, Mesalina, Salomé, etc, pero todos son prejuiciosos y faltos de rigor porque lejos de poner en valor su heroicidad, algo que amenazaría el status quo, descalifican subrepticiamente sus comportamientos. De Lilith, por emancipada, decían que estaba hecha de inmundicia y sedimento, para que te hagas una idea. Así que te recomiendo la lectura de «Las Hijas de Lilith» de Erika Bornay, para abrir boca.
Y de regalo, un vídeo simpático, aquí.
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