Anoche me acosté tarde viendo la Gala de los Goya.
Me dormí un par de veces y me he despertado confusa.
No hacen arte, porque el producto que hacen está destinado a las masas, y por definición el arte es un producto único. No son necesariamente personas de clase alta, personas distinguidas, son históricamente, comediantes, algo nómadas, algo socarrones, algo pendencieros, actores, ya se sabe, hombres y mujeres públicos, una profesión y un modo de vida que merece en si mismo y sin “representaciones” toda la admiración y el respeto posibles.
El caso es que estaban allí, y decían que había mucho talento en la sala, y no lo dudo. Y sin embargo, todos los hombres vestían igual, metidos felizmente en el burka de su traje negro, su camisa blanca, su corbatita negra y la celda de sus perfectas prótesis dentales. ¿Por qué quienes llevan el protocolo de todo esto siguen pensando que los espectadores y las espectadoras no estamos interesados en ver los muslos, por ejemplo, del señor Bardem? ¿Le haría eso parecer menos señor? ¿Afecta a la consideración de las señoras que ellas sí luzcan escote o jamoncillos?
Afecta. Hoy la prensa idiota se ceba con las “mejor” y las “peor” vestidas. De ellos no dicen nada porque no pudieron ni arriesgarse a vestir diferente al resto, o porque al ir uniformados sólo es pertinente hablar de su talento, es decir de su mente, no de su apariencia o de su cuerpo. Bonita forma de enmascarar el disfraz. Incluso el fantástico hombre salvaje de “También la lluvia” se calzó el disfraz oficial de señor de clase alta civilizado, pelo corto, gafitas de chico lector y todo lo demás. Qué decepción. Al final del show, mediante un audiovisual todos y todas posaron por un momento de riguroso traje blanco para darnos una especie de sermón, venía de arriba, de lo divino, otra convención deficitaria e insultantemente dañina: La blancura es igual a la pureza.
Esa misma tarde vi el video clip de“Life on Mars” de Bowie. Con su pelo rojo puntiagudo, sus colmillos irregulares y benditamente amarillos, un ojo de cada color, un traje azul eléctrico… y pensé caray, ¡eso sí que es talento!
Creo que las Galas como esta se han creado para dignificar una profesión que es suficientemente digna sin recurrir a andamiajes y que eventos como este no hacen sino perpetuar diferencias de clase, de género y de raza. Sólo hay que verlos sufrir, con esa sonrisa impostada ante la cámara verdugo, tan preocupados por el qué dirán cuando el contrario recibe el premio y felicita a los perdedores. Luego, me pareció entender que Alex de la Iglesia con sus fantásticos implantes dentales decía que a los internautas no les gusta que les llamen así, que son personas, “gente”.
¿Gente? ¿?… Y ellos, ¿Qué son?
A la gente, a los espectadores, lo que nos gustaría es hacer también una gala similar. Juntarnos todos y todas, subvencionados por el subvencionador de turno, vestidos por las grandes firmas y llenos nuestros cuellos de sogas de oro, guapos, guapas y maquillados por expertos, por un día, aunque fuera todo una pantomima.
Estar en ese, nuestro derecho, a dignificar nuestro acto de visión. ¿No?
Ir a la sala, o estar así, de esa guisa en casa mediante vídeo conferencia, y que una academia de espectadores, con presidenta y todo, fallara los premios. Al mejor espectador, al que más veces ha visto sin pestañear esos productos de la industria cinematográfica. Al que mejor se sabe los guiones, canturrea las músicas, se traga las historias del amor romántico e interioriza los modos de vivir y relacionarse con sus coetáneos que los divinos comediantes con sus historias, han decidido que son los que deben ser. Premio al que cuando sale del ver una película de amor se vuelve depresivo porque no encuentra a su media naranja, premio a quien cuando visiona una película hiperviolenta con Dolby Surround aplica en casa y en el trabajo y en el fútbol y por doquier esa violencia, tan bien hecha, tan magnífica, con esos efectos especiales que bien han merecido un premio de la otra academia.
Hace poco leía sobre el revuelo que la edición de bolsillo de “El amante de Lady Chatterley” provocó en 1961. Penguin Books fue llevada a juicio por planear una edición de bolsillo. Al final fue absuelta porque los expertos testificaron a favor del valor literario de la obra. Pero lo que se deduce, leyendo las declaraciones del juez, es que el conflicto radicaba no tanto en el contenido del libro sino en la audiencia potencial que iba a tener. Distribuido en bibliotecas públicas, jóvenes muchachos y muchachas, señoras y servicio iban a tener acceso a la lectura, y por ende podrían verse abocados al vicio y la inmoralidad. ¿Risible situación? tal vez..
El arte institucional es arte porque unos pocos controlan los códigos, lo obsceno es lo que ese grupo de poder no quiere que pase a manos de otro grupo menos dominante. Un desnudo en un museo es arte, un desnudo en un kiosko, pornografía. Es la distinción de la que hablaba Bourdieu.
Es decir, en otro orden de cosas, que la ópera del Palau vale un dineral porque ya no es suficiente el filtro de la educación, hay que poner barreras monetarias para que el populacho no disfrute de los lujos de la naciente y resignificada clase alta. (Digo Ópera pero puedo decir Ave, Fórmula Uno, America´s Cup, prostíbulos de lujo que se anuncian en los autobuses públicos, casinos espectaculares e Iglesias megalómanas en los terrenos municipales de la antigua Fábrica Cross… Es que en Valencia vamos camino de las Vegas pero sin divorcios express.)
Tengo la sospecha de que poco importan hoy en día los contenidos, tengo la sospecha de que las descargas son ilegales porque los grupos de poder no quieren ahora que otros grupos difundan o distribuyan libremente los contenidos. Y para perpetuar todo ese estatus, injusto e innecesario, hay galas en las que todos agradecen a su madre el premio que la aldea les ha otorgado y hacen discursos poco o nada imaginativos en los que las palabras quedan apresadas en la iniquidad.
Y una se pregunta: Entonces, ¿Qué han dicho? Si “ellos”, los divos, dicen que somos gente, internautas, espectadores necesarios ¿Descargamos o no? Por que no nos llega el dinero para verlas todas (verlas es lo que las convierte en películas, dicen) y además comer palomitas. ¿Será nuestra enagenada pasividad espectatorial lo que les molesta? ¿Será nuestra actividad autogestionando nuestro gusto, democratizando nuestro sagrado derecho a visionar, lo que les inoportuna? El caso es que siempre habrá quien hará negocio a nuestra costa, la cuestión es quien se hace rico mientras nosotros nos quedamos con la alfombra de casa y sin Gala de los Espectadores proactivos.
Leí una entrevista a Isabel Coixet muy interesante al respecto de la alfombra roja, otro símbolo de realeza. Libertad para el bufón, digo yo, libertad para la próxima.
De todos los señores me quedo con Karra Elejalde, el discurso más lúcido y canalla de la noche. Y de la barbarie del IVAM ya os hablo otro día, me voy a patinar.
TREMENTINA LUX
En efecto,menos glamour y más Caca de Luxe.