La vida de expat es curiosa. La semana pasada me despedí de una amiga que se ha ido a Japón, ella es India. Mañana mi amiga V. viaja a México. M. ya está en Chile, S. en Korea, L. en Singapore, V. en Bélgica y B. muy cerquita de París, M. de camino a Londres, E. en Bilbao, M. a punto de disfrutar de su casa en Costa Brava y D. Se queda aquí, en Tamil Nadul. Me costó mucho aprender sus nombres, y ahora apenas unos meses después, no puedo ya olvidarlas. Yo esta noche, de madrugada, regreso a Valencia. Los días previos, gripes sin fiebre y extraños arrebatos emocionales me han colapsado. El miedo a volver a mi tierra, y que me guste, ha hecho de mi cuerpo un manojo de tormentas y antinflamatorios. Volver a ponerme minifalda, volver a sentarme en las terrazas con una copa de vino blanco, volver a abrazar a la gente que se va de vacaciones a Menorca, Gandia o Xeraco, volver a descubrirme cantando en los conciertos o sudando en las calas nudistas del Mediterráneo, volver a abrazar un barrio que se ha vuelto peatonal, andar, ir en bici por el río, jugar en las plazas verdes, y tener síndrome de Stendhal en los museos, comer lo que me gusta, amarme en lo que me reconozco y sobre todo, amaros.
Volver
Si migrar es amar, regresar es el terror, y también la gratitud extrema. El terror de los regresos consecutivos, de todos los abandonos que por el camino se producen, en forma de desagüe, girando hacia un lado en una parte del mundo, hacia el otro lado, aquí. Hacer sisíficas mudanzas, la maleta ¿Qué llevarse? ¿Qué dejar? ¿Qué volver a traer aquí? La gratitud de tenerlo todo, y no poder tener apego a nada.
Aquí he aprendido a convivir con niñas esclavas que se meten en tu coche vendiéndote cuentos mientras sus padres miran hacia otro lado, o no miran, o esperan la ganancia del día antes de que su tío las viole en casa o a que, casada con doce años, su suegra le queme el Saree en la cocina porque su dote era escasa, (23.000 muertes por dote al año). Aquí he aprendido a salvar tortugas marinas cuando confunden el plástico con una apetecible medusa, a convivir con el lujo descalzo y también con la miseria descalza, a convivir con los animales, vacas, toros, monos, cuervos, sobre todo cuervos, ardillas, mosquitos y hormigas, sobre todo dentro de casa, el dentro y el fuera no está claro que existan separados. Aquí no bebo, no fumo, no voy escotada o suelta, y no me comporto como estoy acostumbrada, porque tengo, además de ser mujer, la piel blanca. Aquí he aprendido a tener en casa a una persona que huye de la violencia de género en la suya, y a dejarme conducir por un chico inteligentísimo y guapo, fan total de Michael Jackson, que tiene su boda concertada, para el año que viene, con su prima carnal. Aquí he aprendido que los árboles no se talan para hacer avenidas, que las avenidas se desvían como agua, respetando la vida verde milenaria. Aquí he aprendido que el dinero no vale, vale el oro.
Aquí he aprendido a comprar en una tienda de barrio limpia, encantadora, en la que me han conseguido atún en aceite de oliva y otras delicias continentales. La regenta una familia musulmana que todos los días me saluda afablemente, hace esquina con un pequeño templo Hinduista, a un par de kilómetros de la Iglesia católica de Saint Tomas, que se pone a rebosar los domingos de gente cantando durante horas. Aquí he aprendido que la monogamia, el mantenimiento del Status Quo, y el control del cuerpo reproductivo son buenos argumentos comunes, nunca visibilizados, para que las religiones patriarcales puedan convivir en paz, de hecho lo raro es que una persona sea agnóstica o atea. La foto es de un lineal del súper. Aquí voy a yoga por las tardes y vuelvo a casa de noche, iluminadas las aguas por la luna llena del Índico, saludando a mi paso cientos de enormes cangrejos que salen y se esconden y se bañan en las primeras olas de la madrugada.
Aquí he aprendido a decir mariposa en Tamil y las plantas de mis pies lucen negras y poderosas, aquí estoy aprendiendo a ir descalza, a comprar pescado recién capturado con las redes en pueblos como Binibeca, pero con una autenticidad extrema. Aquí ya sé que si quieres pollo estás obligada a conocerlo vivo y elegirlo para ser ejecutado antes de meterlo en la sartén, porque no hay neveras en las pollerías. No como mucha carne, la verdad. Aquí, me he dado cuenta de que las patatas fritas no nacen en los botes, se hacen en pequeños puestos callejeros, al instante, y se comen siempre calientes y crunchies. Aquí, hablo inglés, Hello! reconozco seis o siete variedades de mango, como Masala, Puri, Dosa, Mangostanes, Jacks, Lichies y Jamun como lo más normal del mundo y sé ya que las bananas pequeñas son ásperas e incomestibles. Aquí mi estómago y mi sistema circulatorio me han dado el alto, varias veces, y he descubierto que puedo beber té con Ginseng para combatirlo
Volver…
No sé si me gusta. Tener amig@s de verdad en todo el mundo. Uso la palabra «casa». Pero ya no sé que significa, o donde está, » mi casa». O quizás, esto me demuestra que lo he sabido siempre. Que mi casa es el cuerpo que habito y los cuerpos con los que comparto esta habitud, ahora, ayer y mañana. Que mi casa temporal es forma temporal y que solo deseo el abrazo, la caricia y el beso. Y que ahora, mi abrazo, mi caricia y mi beso, se hacen extensivos, enormes, inconmensurables, van around the world. Porque no me queda otra, estáis aquí y en todas partes. Volver es imposible, como lo es irse, y sin embargo, esta noche, vuelo. !Cuánta gratitud!
Nos vemos pronto. Brindo desde aquí, desde la nada en que me lees, por el reencuentro, por todos los reencuentros y los tiempos y las distancias que no existen sino siendo siempre y al unísono, una sola cosa. Mi mejor vino blanco para ti.
Te quiero, te beso, te abrazo.
TREMENTINA LUX
Qué maravilla, Julia. Yo te espero también para brindar contigo (con vino blanco) por lo de siempre y por todo los descubrimientos diarios. Tengo ganas de verte y de ver cómo transmites todo lo vivido en persona. Un beso.