Quién soy y qué hago

Soy TREMENTINA LUX, soy artista plástica, teórica y práctica de la comunicación audiovisual y los estudios de género. Pinto, escribo, leo, locuto, diseño, fotografio, reflexiono y analizo. Todo esto, sobre todo, me hace evolucionar como profesional y como persona, me motiva y me divierte. Creo este contenido para ti, que me lees y para mí, que también me leo. Soy del mundo y vivo en Valencia.

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MARIA

La verdadera historia, o no, de M. Anotaciones para un relato de ficción.

M. se ha enterado de que está embarazada. No sabe cómo ha sido, jura y perjura que jamás mantuvo relación alguna con varón, salvo aquella vez que durmió en el heno con aquel muchacho que pastoreaba por la aldea y se besaron en la boca y se mordieron los sexos y él la estremeció pellizcándole los pezones, suavemente, le dijo, como pellizca los pezones de las cabras tiernas cuando por la mañana le dan leche tibia, de las ubres a la boca, antes de salir con su hatillo, otra jornada, bajo el sol de África.

Recuerda que se durmieron juntos, apoyada su cabeza en ese lecho de vello oscuro y antes del amanecer M. se recogió el pelo en un pañuelo, regresó a su hogar y preparó la lumbre, como siempre, para cocer el pan. Y cada mañana, desde entonces, hundidos los dedos en la miga ha seguido pensando en ese fuego nunca extinto al que nunca ha vuelto a abrazarse y que sin embargo la abraza, desde dentro de la hogaza en que se ha convertido su cuerpo, desde entonces.

M. siente cómo se le hincha el vientre y las nauseas la tumban en el lecho. M. esconde sus vómitos y aprieta con un jirón de lino sus senos cada vez más turgentes. Sueña que los aldeanos la miran como si supieran que dentro el pequeño patalea sus vísceras.

Siente que cuando lo sepan, los hombres de la aldea la lapidarán. Sueña ya con las amenazas, con los jueces que la condenan, con esas piedras que le rompen los labios, con esos insultos que le escupen a la cara, habiendo comido gachas, con esos hombres que la odian porque no les pertenece, a ninguno, con esas mujeres que la odian porque la temen.

Sueña con el sabor de la tierra cuando la arrastran por la calzada seca hacia el hoyo en que la apedrearán, con las magulladuras y la carne abierta en la línea alba, con sus gritos implorando piedad, con los otros gritos clamando que se haga el horror, incluso con el hijo no nacido, ese que aún no puede hablar en las montañas, ese que espera en esa dulce prisión su amarga muerte, la de ambos.

El tiempo está transcurriendo, la ley que los hombres han creado a su imagen y semejanza, en su propio beneficio, es inamovible. Esa es la determinación. La nada es el único mañana. La angustia.

M. sale de madrugada hacia las montañas, sin hacer ruido, silenciosamente, sorteando los ventanucos y los pajares, lleva un hatillo las hierbas y los ungüentos que esa mujer sabia le preparó ayer en secreto, so pena de muerte, y repite una y otra vez cómo hacerlo, cómo llegará hasta la cueva, como encenderá lumbre, como calentará agua, cuanto tiempo cocerá las raíces antes de ingerirlas, cuanto tiempo esperará antes de empezar a sentir que sus entrañas se deshacen, que ella misma se deshace en un aullido eterno que la convertirá en loba para sí misma, para su hijo no nacido. Piensa aún en huir, piensa en seguir caminando, en dejar la cueva atrás, en buscar otras tierras, su propia tierra, en encontrarla y vivir allí, simplemente vivir.

Piensa en la vida en una tierra nueva, en eso que iluminada por un desgarro bautiza como amor libre, y se duerme pensando en esta bondad que todo lo inunda, agotada por el dolor infinito y la sangre que mana, la sangre que lleva su nombre y el nombre de su hijo, al que pudo llamar como al joven pastor, pero lo llamará como a sí misma, exhalado en un último susurro; M. de mujer.

Y se duerme sabiendo que no los encontrarán jamás, soñando con hablarles de amor a los suyos, en las laderas de las montañas y se duerme pensando que todo ha sido un sueño de vida, no de muerte, una vida sin juicio final.

FIN.

Hasta aquí la versión Alfa en que todo acaba. M. ha sentido placer físico en la concepción y arrastra la pena de no poder sentir ese mismo placer social criando a su hijo o a su hija en solitario, sabe que será ejecutada antes o después de parir. Una mujer sabia, que será en un futuro acusada de malas artes y brujería le proporciona los medios para salvar al menos la vida de uno de ellos. La de M.

Cuando digo todo acaba digo todo empieza. M. sale a los dos días de la cueva, más delgada, desmejorada, pero sale y reanuda su vida, en la aldea, sin que se escriba nunca más de ella. Sin que su carne pague el precio de convertirse en símbolo interplanetario. Nada, M. vive y muere sin que en el siglo XXI nadie se entere de ello.

Ahora la versión Beta. En Beta pasan varias cosas. Por una parte M. pudo ser violada por un viejo amigo de su padre, un sacerdote que la obligó a guardar silencio mientras cohabitaba con ella bajo un árbol con la amenaza de ejecutarla si lo acusaba de violentarla. En esta versión M. no tiene fuerzas para salir de la cueva, es la mujer sabia la que va en su busca y le anuncia que pese a todo no ha perdido al hijo que esperaba y que debe salir y afrontarlo. M. sale de la cueva pensando que su vida es un puñetero culebrón, que no sabe de quien es el hijo que espera si del pastor con el que tuvo dos orgasmos seguidos antes de que se fuera a pastorear quien sabe donde, o con el viejo cerdo amigo de su padre, que se corrió medio dentro, medio fuera, en su vulva, con solo mirarla.

En la versión Beta, M. regresa a su aldea y en los días sucesivos deja de vendarse el pecho y el vientre. Se deja ver preñada y es entonces cuando van a buscarla, los hombres la acusan, la apresan y la lapidan, tan horriblemente, o más, a como ella había imaginado. En la versión Beta, M. y el fruto de su vientre mueren lapidados. Sus cadáveres son parcialmente devorados por lagartos y hormigas rojas antes de que el sol los amojame y una paleontóloga los encuentre y los desentierre con un cepillito en mayo de 2007 mientras excavaba en el norte de África, buscando algo que nunca encontró. A partir de ese momento M. y M. pasaron a llamarse SR. 23.906. y SR. 23.907. Están conservadas, restauradas y almacenadas en algún lugar preciso, pero ahora no lo recuerdo.

Y luego está la versión Zeta. Porque no sé que le sigue a la Beta y creo que la Zeta, haciendo honor a su nombre, puede ser la re-finitiva. En la versión Zeta M. es lapidada. Hasta aquí todo igual. Pero milagrosamente, ojo, milagrosamente, digo, no muere.

A los tres días, a la hora del crepúsculo, hecha unos zorros, regresa a su aldea por donde la arrastraron, pero andando, con la boca seca y la sangre pegada por todo el cuerpo, perseguida por hordas de moscas, agarrándose el vientre, asomando los pechos entre la túnica, y llega allí, donde han empezado a salir para verla, desnuda al fin, y se pone frente a ellos, desafiante, como un cadáver que regresara para juzgar a los vivos, con una mirada tan firme y tan fiera que nada hay bajo el techo celeste que pueda ahora detener a M. -Tocadme, dice, -¡Tocadme ahora! Grita. Y las bolas de maleza ruedan entonces a su favor, empujadas por los vientos y la ira de los cielos, como en los duelos del oeste, antes de que se desate una tormenta infernal y todos los hombres se cobijen del miedo eterno que ella, la resucitada, les produce.

La mujer sabia sale a su encuentro; bajo la lluvia y los rayos y las nubes incendiadas, y la asiste en su choza durante semanas. Cuando M. se encuentra en condiciones de viajar la mujer sabia la monta en un asno y la acompaña a parir a una aldea en la que no las conocen. Así pasado un tiempo M. tiene el orgasmo de su vida y da a luz de pie y con placer a una niña.

La historia de M. da paso a otra historia que resumo, la de su hija, que podría dar lugar a un Spin-off.

M. le corta a su hija el pelo como si fuera un muchacho y le rasura la mandíbula para que le resulte más fácil sobrevivir. El falso muchacho, hija de madre soltera, sexualmente ambígua, corre por los templos y aprende las sucias estrategias de los comerciantes y los clérigos, pronto se hace líder de un nutrido grupo de mujeres pescadoras y las convence para expandir el mensaje que su madre le ha contado. La visión amorosa de la cueva. Ama, vive y deja vivir.

Así la muchacha muere al fin ajusticiada por los hijos de quienes lapidaron a su madre, por hablar de esa tierra de amor libre y soberano. Sin juicio final. Y es en esta historia donde la hija de M. resucita, como su madre, al tercer día y desaparece, en la noche de los tiempos, hasta el siglo en que vivimos, amotinada en las mujeres sabias que no fueron quemadas en la hoguera, lapidadas, vejadas, juzgadas y metidas en urnas de plexiglas, como las ingenuas Pussy Riot, simplemente por intentar decir basta. Aunque ese basta, dando botes en una Iglesia con pasamontañas, sirva maquiavélicamente para reafirmar precisamente el orden que pretende abolir.

Acotación para secuelas:

Podía haber otra versión, una en la que M. chica joven y desvalida apunto de casarse hubiera sido poseída por un espíritu sin tocarle el himen ni provocarle placer, siguiendo el estilo griego lluvia-dorada-de-Zeus. En esta versión los hombres de su aldea son comprensivos y no la condenaran por razones sexuales, nada de piedras al hígado, y además, como la criatura iba a salir tarambana perdida educada sin un padre (ya se sabe lo negligentes que son las madres en estas cuestiones en el relato tradicional, véase “El exorcista” sin ir más lejos) pues se incluye en la narración el personaje del hombre bueno que se hace cargo de cuidarla y protegerla a ella y a su vástago, reestructurando de paso la familia monógama heteropatriarcal y olé.

El hijo que M. pare junto a los animales, para no contaminar a nadie con su sangre inmunda, será chico, no chica. Un muchacho subversivo pero excelente, rubito y de ojos claros, no será el típico africano porque el mercado al que va dirigido es occidental, este rasgo puede justificarse con una ascendencia Berebere, Vikinga, por ejemplo, de M.

El caso es que he desestimado esta versión, no sólo porque me parecía poco creíble, sino peligrosa. Me explico, siempre hay imbéciles dispuestos a creer locamente en su poder inseminador cuando en realidad sus espermatozoides van con muletas. Además podría dar lugar a creer locamente en que las mujeres “se toman”, como si fueran un café. O algo peor, a afirmar rotundamente que se puede ser madre siendo virgen, dando lugar a futuras himenoplastias o incluso a masivos feminicidios. ¿Nunca os habéis preguntado porqué las habitaciones de las muchachas desaparecidas en México, por ejemplo, están llenas de vírgenes? Y luego está lo de la lapidación por razón de sexo, esa costumbre tan arraigada de tirar piedras al prójimo para “apartar el mal de ti”… ¿Cómo obviarlo? En fin, no había por donde cogerla, por eso ni la menciono.

Moraleja
A los necios les asusta que las ideas sacras se materialicen en cuerpos, prefieren nutrir a las masas con falsos ideales de bondad, justicia y equidad. Esta es una fábula sobre la eterna pugna entre la muerte de la carne y el nacimiento del símbolo, sobre lo mucho que las narraciones ficcionales apoyan la lucha por el control de los cuerpos y la sexualidad, especialmente cuando no son una sitcom, sino que se convierten en objeto de culto.

Por ello, desgraciadamente, si no inventamos nuevos artefactos simbólicos, o simplemente desvelamos las incongruencias sádicas de los viejos relatos y su intencionalidad política, al servicio del odio y el terror milenario hacia la mujer emancipada, libre, cultivada, sexual e ideológicamente independiente, la historia, como una maldición eterna, se repetirá insaciable, haciendo que nuestras hijas reivindiquen una y mil veces lo ya reivindicado por nuestras abuelas, como en el día de la marmota. Por eso es difícil saber cómo hacer frente a un trágico y devastador «continuará».

Agradecimientos
La historia de M. se la dedico a mi madre cuyo deseo era ser hombre en la próxima vida. Mi madre nunca supo lo poco que yo sé ahora, con cuarenta años. Estoy segura de que le hubiera hecho feliz saberlo para poder contármelo siendo una niña y volviendo a re-en-carnarse, esta vez plenamente orgullosa, en un cuerpo de mujer. M. de madre.

TREMENTINA LUX

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