Quién soy y qué hago

Soy TREMENTINA LUX, soy artista plástica, teórica y práctica de la comunicación audiovisual y los estudios de género. Pinto, escribo, leo, locuto, diseño, fotografio, reflexiono y analizo. Todo esto, sobre todo, me hace evolucionar como profesional y como persona, me motiva y me divierte. Creo este contenido para ti, que me lees y para mí, que también me leo. Soy del mundo y vivo en Valencia.

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Sobre el teatro, la resistencia y la vulcanología

Era una noche cuya negra sombra
Cubría la tierra
Y el cielo azul ardía en luminarias.
Nos despedimos entonces,
Las entrañas ardientes de deseo.
No he vuelto a disfrutar, después de separarnos,
Y la vida me deja indiferente.
Ar-Rusafi de Balansiya

….
Éramos pocos, casi los mismos de siempre y entramos en el cráter de los Manantiales sin protección de amianto. El texto de Arturo Sánchez Velasco se hizo Vesubio y los espectadores fósiles, envueltos en la ceniza de su prodigiosa y bestial palabra. Nos cayó la erupción de la puesta en escena, nos sepultó una inteligencia dramática tan obscura que era casi existencialista. Y nos quedamos así, eternamente sentados sobre la ironía o los platos rotos o el aniquilamiento de la resistencia. Gente quieta, como en una Pompeya que ha cambiado, de un hoy para un mañana dejando restos de actitudes calcinadas, algunas incómodas, otras idiotas, otras simplemente humanas.

Sí, eso entiendo que fue Turquía, la nostalgia y la rabieta de los Berlinenes en los tiempos del muro, la nostalgia y la impotencia del exilio en tiempos de Balansiya. La pérdida del ideal o lo que queda de las ideas cuando todo se ha perdido… aunque todo siga ahí, impertérrito, a tu lado.

Hay elecciones forzosas y otras que nos pillan por sorpresa, todas tienen fecha, aunque sucedan de forma viscosa a modo de magma subrepticio. Todos vivimos o sobrevivimos en el exilio. De la infancia, de los seres queridos que dejaron de estar o de querernos, del arte o el amor o el odio que no practicamos. Cada minuto supone un exilio del anterior. Incluso nos llega el exilio de la línea, expulsados de la frase en este punto y aparte.

Llegados a este párrafo nuevo, te pregunto: Si fueras fosilizado sin tomar conciencia de la fosilización, como un croissant vienés en el horno de los acontecimientos… ¿Qué harías?

Es muy probable que no hicieras nada. Los cuerpos sepultados en ceniza no hacen nada, aunque parece que vayan a hablar, a saltar, a meterse en el himen de su amante. Nada. Se quedaron en eso, en un crujiente “ya voy”. Son un simulacro de acción y si los tocas, se deshacen.

Arturo Sánchez escribe como si escupiera lava en plan volcánico, o como si horneara celosamente, en un sótano de madrugada, cornudos brioches con forma de media luna en la Viena asediada por los Turcos. Con permiso, Arturo.

Durante unas horas nos convertimos en vulcanólogos aficionados, como Plinio el Viejo. Turquía, con ese despropósito gráfico de cartel a corazón abierto nos parecía un fenómeno importante que merecía ser contemplado más de cerca, aún corriendo el riesgo de morir un poco. Así, curiosones y poco precavidos nos arrimamos a lo que parecía una folletinesca erupción efusiva y poco a poco, con la emergencia de verbos piroclásticos, fuimos tomando conciencia de que Turquía iba a ser un texto estratovolcánico en toda regla y que la lava final nos iba a dejar secos.

Según la wikipedia el concepto de existencialismo en sentido amplio, es confuso y oscuro. En mi opinión la puesta en escena de Turquía raya el existencialismo. Despliega con una abierta capacidad de síntesis otro texto que emerge en perpendicular y arroja sobre el público fumarolas y solfataras, es decir vapor de alma y ácido sulfhídrico, mala, muy mala baba al estilo griego. Angustia, destino, impotencia y algo, bastante, de metamorfosis cómica. Qué gran habilidad para ir de lo íntimo a lo universal.

Y no sabes si es un registro naturalista o poético o una fundición de ambos. Te desconcierta y te extasía. Hay tanta violencia gestada con tanta economía de recursos que resulta admirable. De incalculable calor es el uso del lenguaje no verbal, del silencio, del cuerpo semidesnudo, de lo trascendente (entendiendo por trascendente que trasciende) como esa horrible tortilla de patatas a la española y el clímax logrado en la cena.

Sí, Turquía, creo, habla de la pérdida, de la rabia, de la ocultación.

Sin embargo, las palabras más arrojadizas están en boca de un fracasado, exiliado, moribundo… Son verdades que se truncan falsedad por efecto de una falacia ad hominem. ¿Esto es ironía, cobardía o intencionada falta de dogmatismo? Me inclino a pensar que Arturo nos dice, piensa lo que quieras, pero ahí va eso. Porque Turquía habla de la barbarie, de la abolición del diálogo, del talento y de la cultura en esa terreta presa de los fastos. ¿Y que personaje puede estar legitimado para denunciar esto?

Siempre que alguien se exilia, alguien se queda, doble tragedia. Los que se quedan son también exiliados, conversos descreídos o esclavos del sistema, porque han renunciado a su credo, que es en este caso, el credo de Flaubert. Tal vez Turquía es una muestra de que aún se practica una resistencia romántica, casi naif, de catacumba cultural y cirios a la bendita Escuela de Frankfurt.

Y ahora, para concluir, me perdonáis si me paso de escatológica.

Mi primer novio se llamaba Elvis. Tenía los ojos azules, el lápiz largo y diestro, y era Australiano, rubio y miope, para más señas. Teníamos doce años. Cuando empezamos a salir Elvis no me cogía de la mano. Caminábamos cada uno por una acera y llegábamos a casa sin haber mediado palabra. Ahí, él me preguntaba, ¿te puedo dar un beso? Y yo asentía y ponía la mejilla. Así transcurrieron las dos o tres citas que mantuvimos, hasta que en una de ellas el australiano me explicó que lo que hacían en clase los otros chicos era lo más parecido a ver salir de tu cuerpo un volcán de lava blanca. Yo, que tenía otro tipo de cuerpo, me miraba y no entendía muy bien de qué hablaba, ni de que cono podía salir esa lava. Suerte que me enamoré de él por sus habilidades con el dibujo y que tuvo a bien utilizarlas para concretar un poco la imagen del placer que la erupción les provocaba a él y a los otros chicos del colegio. Creo que fue el principio de mi afición por la vulcanología.

Puede que Turquía se parezca en mucho al placer onánico y sísmico del que hablaba el joven Elvis. Turquía es un material excelente, de una fertilidad abrumadora, un material fecundo que vocifera en tierra de nadie, que no puede convencer sino a los convencidos. Un derroche textual de excelente seminalidad que cae en nuestras manos y se enfría en ellas, procurando mucho placer, pero sin garantías de engendrar… ¿O sí…?

Ya lo decía Groucho Marx o Woody Allen, no recuerdo: nadie mejor para hacerse el amor a uno mismo, que uno mismo. Gracias Blanc Flac Cía por inyectarle chocolate a este croissant monótono que puede llegar a ser la vida. ¿Os volveremos a ver?

TREMENTINA LUX
Pdt: La foto no viene a cuento, pero es que sigo en China ;-))

“Turquía”. 
Teatro de Los Manantiales.
 Autor: Arturo Sánchez Velasco 
Director, puesta en escena y música: Miguel Ángel Altet Interpretes:
Mercé Tienda
 Ruth Atienza
 Miguel Ángel Altet
 Sergi Juesas Iluminación
Marc Gonzalo

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